01 abril 2010

Pequeña historia algo arrabalera

Pareció congelarse por un segundo cuando giré mi cabeza hacia él y pregunté: "¿qué hacés?" mirándolo a los ojos con furia. Sacó lentamente la mano de mi cartera, sosteniéndome increíblemente la mirada con un atisbo de temor: "pará, no pasa nada, perdón, perdón. Perdoná", dijo. Y ahí fui yo la que no supe qué hacer.
Mis veintipico  y mi conciencia social de la época, sus ojos oscuros e intensos decididos a afrontarme, a hacerse cargo. Mi furia porque en esa época me sentía una mártir, con mi sueldo de la quincena íntegro con presentismo, volviendo de la facultad a la noche, cansada y encima, esa noche, con los ovarios al plato y la presión por el piso.
"Pará, no pasa nada, perdón, perdón. Perdoná... " Un segundo inmenso entre los dos, y esa expresión de su cara, de disculpas pero no suplicante, sino serio, mirándome de frente.
Que se bajara corriendo, que yo me levantara o lo acusara, que él me encarara mal, podrían haber sido salidas verosímiles y sin embargo:
-¿Sabés dónde estamos? No soy de acá,  ¿vos hasta dónde vas? ¿Sos del centro? Y un segundo después:
-Mirá, en serio, perdón, no te quise joder a vos.
El "a vos" me descolocó, o mejor, me colocó en un lugar distinto, privilegiado respecto a, por lo menos, el resto del pasaje. Y era tan lindo.
Me miró sabiendo mirar, además, como poca gente sabe.
El 141 (que tomaba en Plaza Italia después de bajarme del 37 que venía de la remotísima Ciudad Universitaria) estaba llegando a la plaza Flores. Para mí, insufrible porteña unitaria, el Centro era sólo la 9 de Julio y Corrientes. "No, no soy del Centro", dije secamente -porque suponía que había que sostener el enojo, después de todo me había querido afanar.
Me paré para bajarme y sin mirarlo dije:
-Ésta es Plaza Flores
No giré la cabeza y bajé. Dos pasos después, su voz sobre mi espalda:
-Plaza Flores, menos mal que me avisaste.
Si supiera cómo mezclar esas palabras -enojo, furia, curiosidad, deseo- en una misma oración, podría explicar qué sentí en ese instante.
-Me dí vuelta de golpe y mi "¡me estás jodiendo! (tenía que primar el enojo,después de todo me había...) se superpuso a su:
-N... n... no te enojes. Quiero invitarte una cerveza.
No llegué a pensar ni un "por qué no". Ahí estaba él frente a mí, sonriendo con toda una fila de dientes hermosos y más blancos contra la noche de la plaza, más blancos contra su piel y sus ojos. Su cara y sus gestos me decían todo lo que yo necesitaba saber de él.
La San José estaba llena de gente y yo me ví a mí misma disociada, como mirándome desde afuera mientras nos sentábamos en la mesa y mi yo sentado sólo lo miraba seducirme increíblemente, y mi yo externo se preguntaba qué instancias, momentos sensaciones sentidos deseos  fluidos habían sucedido para encontrarme frente a él, contándome que vivía de robar, mostrándome su campera de cuero, indicándome de qué modo en qué barrio de qué casa la obtuvo, orgulloso, emparejándose con un modo de vida que él podía tener sin laburar como un gil.
Tomábamos cerveza y la charla se animaba, nos reímos, brindamos varias veces y todo había empezado a ser posible, menos -pensaba hasta ese momento- que de pronto me ganara un mareo, un vahído, una naúsea. Y que todo aconteciera abruptamente.
Sólo atiné a levantarme tratando de llegar hasta el baño, inútilmente, porque dos pasos más adelante vomitaba de manera vergonzosa en medio del local mientras absolutamente TODAS las miradas se posaban sobre mí, consternadas.
No miré a nadie. Dí media vuelta, enfocando mis ojos llorosos de vómito sólo en mi cartera colgada de la silla, para tomarla cual posta y huir raudamente del lugar.
Me hubiera encantado verlo de nuevo.

 Mundos - Dino Saluzzi

11 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Uf, ¡qué mal trago!

Laura dijo...

Un relato exquisito.

Ahora me quedé pensando...me encantaría poder leer el mismo relato pero desde el punto de vista de "él".
Está tan plagado de sensaciones personales que me pregunto qué habrá pensado "él" de toda la situación.

Este blog es un deleite.

Un abrazo,
Laura

Horacio Gris dijo...

Muy bueno! qué buena historia, aunque el final sea con vómito incluído

saludos!

Laura dijo...

Es muy potente el relato!
Más allá de la cerveza, (o más acá) pensar que mañana hay que ir a la oficina, decir Buenos días Señor, sí Señor y bancarse, puede causar nauseas vomitantes después de escuchar tanta franqueza, no?

WaitMan dijo...

Qué linda historia.
Y qué final tan abrupto.
¿Ese muchacho no intentó acompañarla luego de haber salido de ese modo?
Lástima, porque pintaba para un caballero.

PÁJARO DE CHINA dijo...

Gra, un placer leerte, ¡un placer cuando me pasás el mate!. Quiero más de estas historias.

La escena del vómito es epifánica.

Yo quizá hubiera vomitado, también, pensando en que si seguía adelante posiblemente terminaba llevando fasos a Devoto a mi pungui-amante.

Igual me gustan mucho más los ladrones que los policías. Estoy bajo la influencia permanente de Pickpocket, de Bresson, y la convicción de que el pungui quiere tener lo que el sistema le promete y le niega (¡quería tenerte!).

Un abrazo muy fuerte.

Gra dijo...

Un mal trago, María Jesús, ¡nunca mejor dicho!

Alguna vez, Laura, pensé en qué habría sentido él, y no me resultó fácil. Supongo que solamente él podría escribirlo, de otro modo sería sólo ficción. O fantasía, que no está nada mal.
Gracias, Laura, otro abrazo.

Horacio, sin el vómito supongo que hubiera sido una linda historia de seducción. El vómito le puso(quizás lastimosamente, pero bueh) la cuota de acidez (cua!) que la hace contable sin demasiado esfuerzo, con un "buen" remate, je (igual, ¿por qué me tenía que pasar a mí?).
Saludos!

Sí, Laura, de hecho creo que hay muchos tipos de náuseas. La del laburo es tremenda, sobre todo si venís de haber tomado cerveza el día anterior. Saludos!

Yo también creo que pintaba un caballero, Wait. En esa oportunidad supongo que se quedó -como decimos en el barrio- anonadado y no supo qué hacer. Yo literalmente salí corriendo, me escabullí entre la multitud de Rivadavia sin mirar atrás. Tejí en mi mente decenas de otros finales posibles, pero la realidá, lo que se dice realidá, fue lo que aconteció.

Gracias Pájaro.
Tu posible vómito hubiera sido entonces producto de una náusea más bien sartreana... Yo pienso que lo mío fue -creo, pero no podría afirmarlo- una vulgar descompostura.
Los ladrones, los que se escabullen de noche o tienen esas hábiles manos que se deslizan en los bolsillos... cómo no preferirlos.
Otro abrazo fuerte.

pichi dijo...

Leeeeenda historia para el cafecito mañanero, tal vez un poco fuerte la parte del vomito, pero este le saco lo cursi al cuento, ademas...amo los finales inesperados,gracias sra. El muchacho se tendria que haber robado un auto,o minimo,una bici para llevarla a uste a su casa..mal ahi eh...

Gra dijo...

Seeeeeeeeeee Pichi.... tenés razón, igual yo tenía tanta vergüenza que no me iba a subir ni a un monopatín. Igual, te voy a hacer una confesión, no digas nada. A este chico sí, casualmente, volví a verlo. Ya te contaré cómo fue porque es otro de esos misterios sin resolver de mi vida.
Un beso!

mujerdeole dijo...

Muy buena la historia Gra.
Dicen por ahí que a las chicas nos gustan los hombres con poder. Muchos dicen esto desde un lugar de mierda, despectivo, misógino.
Pero si vamos a la esencia de esa frase tal vez sea cierta. Y el poder en verdad puede ser y es algo hermoso.
Creo que los chorros, o punguis como dice la Pájaro, tienen un poder maravilloso que pone a muchos garcas con carnet de esta sociedad injusta en jaque todo el tiempo.
Algo de eso viste en la mirada penetrante y la sonrisa franca y te cautivó. Para siempre.
Un abrazo.

Gra dijo...

Es cierto, Mujer. Yo también pienso en que el poder no tiene por qué ser malo. Existe, claro, nada podemos hacer para eliminarlo (Foucault entre otros genios sabía bien del tema) y entonces... la pregunta sería por su naturaleza: ¿qué es lo que nos hace pensar (casi como una condición moral) que el poder es malo? (más que nada si pensás que Dios es -sería- el más poderoso de los poderosos)?
El pibe me cautivó por eso, tenés razón... y porque su mirada tenía el poder de estar despojado de toda hipocresía. Nada menos.
Otro abrazo.