De la falta de educación lo más notorio era cómo se llevaba cada objeto a la nariz y lo olía, sin pudor (el olfato debiera ser por naturaleza el más púdico de los sentidos, ninguno como él tiene la capacidad de adentrarse en intimidades sin intimar realmente, sin inmiscuirse pero conociendo), una agenda vieja, no sólo la sacaba de la bolsa de plástico y la miraba de un lado y del otro, la abría, la leía con dificultad: "tía Ele... E... Ele... na" y su número de teléfono. Y la olía, como si pudiera oler a través del papel viejo y despreciado algo del olor de la tía Elena, cuando era joven y hermosa. Y olió lápices y otros papeles viejos, y cassettes y leyó y olió y apartó delicadamente su selección en un canasto improvisado en su bicicleta. Miró hacia la casa unos minutos y se alejó silbando.
De la mugre lo que más llamaba la atención eran las crenchas: se rascaba con el dedo roñoso la cabeza, casi con delicadeza, buscando el punto exacto en el que -probablemente el piojo- había dejado su marca. Miró cada libro con detenimiento, como si los estudiara. Nadie más que él podía haber establecido el criterio de su selección tan heterogénea, pero allí estaba la pilita apartada de libros, papeles de regalo y cassettes que guardó en la gran bolsa de plástico.
Del aspecto lastimoso, que tanto afea a nuestra bonita ciudad, lo más decadente era su ropa. Un pantalón mugriento y rotísimo, una camisa sólo cerrada por un botón que dejaba ver su panza y en los pies algo que en algún momento fueron zapatillas. Aunque lo que lo hacía peor que los otros dos no era su aspecto sino el hecho de haber llegado tercero. Sus antecesores habían seleccionado lo que consideraban mejor partida, y aunque probablemente su selección podía haber sido distinta, llegar al lugar cuando las cosas ya habían sido revueltas por otros era una especie de derrota. Quizás por la dificultad para ir por la calle empujando un changuito de supermercado, quizás porque sí había llegado primero en otra calle.
Cada nuevo peatón, ciclista, conductor de sulky o empujador de changuito pasó, durante toda la mañana, y seleccionó objetos de la caja que ya era desperdicio para alguien que la dejó en la calle y dejó un nuevo desperdicio para otro que sin embargo olió y realizó su selección también y así, hasta que sólo quedó un retazo de cartón sobre el que el mismo perro vagabundo, que siempre cagaba encima de las plantas, dejó esta vez su sorete, educadamente.
El tipo se quedó mirando por la ventana esperando que la tierra termine de absorber esa porquería.
Signos de una época, de una edad. El hoy fugaz, sus antes y después. Estos días, estas gentes, aquellos mundos posibles.
Mostrando entradas con la etiqueta Vecinos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vecinos. Mostrar todas las entradas
07 marzo 2011
12 diciembre 2010
La inminente amenaza de un silbido a la propiedad privada
Si alguien quiere alquilar este lugar, me avisa hasta antes de fin de mes.
Eso sí, hay que ser de estómago resistente:
Eso sí, hay que ser de estómago resistente:
—Aprovechan ese terreno ahí a la vuelta, eso da justo a lo de Marta, esa casa está tomada. Yo tengo miedo de que vengan saltando por las azoteas. Yo dejo la rendijita abierta de la persiana porque desde ahí se ve si hay alguna sombra y no se veía nadie, pero yo lo escuché clarito.
—¿así? Fiu—fiuuuuuu
—sí, algo así, no sé, no escuché tan bien por el viento y la tormenta, pero que escuché silbidos, eso sí. No sé si venían de la plaza o de dónde.
—Aprovechan cuando hay tormenta para afanar. Hay que mat… yo los odio Tita, no sé, hay que tener mucho cuidado. Los negros silban así, se silban entre ellos. Esos son códigos que tienen, siempre chiflan cuando están afanando. Fi— fiuúuuu, silbó y miró a Tita.
Sic
Etiquetas:
Ideologia,
La gente dice,
Vecinos
16 octubre 2010
Mudanza rai nau
Fue una revelación. Retornando agotada en taxi a casa después de viajar una hora y media en auto para volver después de una reunión de trabajo en Los Polvorines después de viajar una hora y media en auto para ir después de trabajar todo el día en un día difícil como aquellos me di cuenta de esto (después de darme cuenta hace ya tiempo de que mis vecinos están gravemente locos): esta parte del barrio en el que vivo está construida sobre lo que supo ser un manicomio (neuropsiquiátrico o loquero, según se quiera o no utilizar términos políticamente correctos) y entonces -deduje o se me hizo la luz- debe cargar con una maldición, como los cementerios indígenas (o aborígenes o campesinos, diría Javi). Por eso mis vecinos están piantados.
Eso fue porque Daniel que iba adelante en el auto que nos devolvía a la civilización porteña (es con ooonda) contó que el centro cultural del que volvíamos antes había sido un convento y que la Universidad había sido tierra de milicos.
Eso fue porque Daniel que iba adelante en el auto que nos devolvía a la civilización porteña (es con ooonda) contó que el centro cultural del que volvíamos antes había sido un convento y que la Universidad había sido tierra de milicos.
Así que cuando volvía en el taxi después de todo aquello que contaba más arriba, se me vino de nuevo a la cabeza esa conversación reveladora y fue un alegrón, porque, por fin, pude encontrar una explicación racional al extraño comportamiento de mis vecinos.
Ah, ¿no es racional?
¿No es?
Etiquetas:
Cosas que pasan,
Vecinos
05 septiembre 2010
De las conversaciones que tenemos con Saúl
Sólo es posible hablar con Saúl si la conversación lo alude de alguna manera. Si se quiere sostener más que un saludo con él (o si se está dispuesto a hacerlo) es necesario saber que inevitablemente, la conversación lo aludirá, más temprano que tarde. A algunos que lo saben, eso no les molesta especialmente e inician con él una conversación sobre los proveedores de Cable e Internet, sabiendo que probablemente la charla derivará hacia su preferencia de Fibertel sobre Telecentro, pese a que el servicio técnico es lo peor que él conoció —y-no-tengo-veinte-años— y que por más que él va a votar a cualquier Kirchner, esto de las licencias le parece una cagada. Hernán, por ejemplo (yo no termino de saber si por respeto o impericia) lo escucha atentamente, o lo finge, porque sé por propia experiencia que no es posible concentrarse mucho tiempo en lo que Saúl dice. Los aháes, mirá voses y qué cosas se multiplicarán unos tras otros bajo la apariencia de una conversación común y corriente, pero delatando un creciente aburrimiento.
No es que Saúl se abalance sobre los vecinos para hablarnos, como sí hace Tita que abre la puerta apenas oye voces en el pasillo, no. Sólo si uno excede el “cómo te va” o tiene la impericia de decir algo acerca del clima, comenzará —a veces más lenta, a veces más rápidamente— a llevar la conversación hasta su propia persona. Sus deseos, preferencias, convicciones políticas, graduación de miopía o historias juveniles comenzarán a hacerse carne en la conversación, que pudo haber empezado con un “dejá, yo cierro” o “no encontraba la llave”.
Como experimento psicosocial y de puro aburrimiento, me propuse no evitarlo más y tratar de cagar a Saúl. Iniciar con él una conversación y evitar por todos los medios que me hable de sí mismo. Así, cada vez que empieza a hablar del dolor de sus articulaciones tras mi comentario de qué manera de llover estos días, yo replico diciendo que mañana, según el servicio meteorológico, va a ser una monada. No resulta fácil, él siempre encuentra el camino por más sinuoso que sea. En los últimos tiempos, además, me parece que se dio cuenta de mi juego y tomó el guante. Estoy segura de que quiere darme batalla porque ayer me tocó el timbre, cosa que nunca había pasado desde que vivo en este depto. Desde el momento en que me dijo buenas tardes me puse a pensar en cosas abstractas y generalizadoras que lo sacaran a él de la conversación, viniera por el tema que viniera. Tuvimos algo como una conversación que se desarrolló más o menos así:
—Quería avisarte que el próximo mes me toca a mí la administración por un año. Y quería avisarte con tiempo, que las expensas se van a ochenta pesos, porque así no alcanza para nada.
—Todo bien Saúl, no hay drama. Gracias por avisar. Es que el costo de vida está tremendo.
—No me lo digas a mí, —respondió. Vengo del supermercado y con 100 pesos compré…
—El otro día me dieron 20 pesos truchos, —interrumpí. Parece que andan circulando muchos.
—Ah, sí, —dijo. —A mí por suerte no me agarran. Yo los miro bastante, viste? Una vez un tachero me quiso encajar uno, pero yo boludo no soy, eso era una fotocopia...
—¿Viste que en la librería de Jonte pusieron una fotocopiadora?
—¿La Martín Fierro? yo no compro más ahí porque el otro día me vendieron un talonario de recibos a....
—¿No te encanta la palabra "talonario"?
Justo sonó el teléfono y tuve que despedirlo y fue afortunado para mí, era notorio que no tenía más recursos.
Mañana voy a hablarle de la primavera... esta vez no me agarra.
Etiquetas:
Cosas que pasan,
Vecinos
14 junio 2010
Historias de ficción, más o menos policiales, que pasaron denserio
El flaco se alquiló un depto bien grande en el Docke. Desde el balcón, a veces, se veía algún barco inmenso entrando en el Dock y parecía una alucinación. Mi viaje de su casa a Ciudad Universitaria era divino, por la costanera, con el 33. El día de la mudanza nos dimos cuenta de que no había luz y un vecino nos hizo una conexión promocional, gratis y para siempre, bienvenidos al Docke. Ahí mismo, ante otro problemita -donde dos patrulleros con sus licuadoritas encendidas pararon en la puerta de casa y tocaron el rimbre, mientras nosotros esperábamos en la esquina- cuando todo pasó y nosotros volvíamos a casa, se acercó otro vecino diciendo: "no sé ni me importa qué problemas tenés con la ley, pero te aviso que hace un rato estuvieron acá".
Las promociones de los años setenta de los liceos militares habían dado individuos extraños, adolescentes expulsados en su mayoría por insubordinaciones reiteradas (claro) y muchos de los cuales terminaron como fierreros militantes de organizaciones armadas, algunos, otros narcotraficantes, los que siguieron en su mayoría habrán terminado como milicos represores. Lo surtidos que somos. El Ricky militaba en el ERP desde los17 años, había sido compañero de liceo de Fer, que militaba en una orguita anarquista. En 1989 lo mataron en el robo en una pizzería en Banfield (él era el que robaba). Lo leímos en el diario.
Al Gusti -qué será de la vida del yourugua- lo agarraron guardándose cosillas en los bolsillos, en un Disco, ponele. Cuando el tipo de seguridad le dijo "acompáñeme", lo hizo sacar cada producto escondido en bolsillos internos y externos y le lanzó "lo dejás acá, lo pagás y te vas", a lo que el Gusti lo miró desafiante y le dijo: "¡Ah, no hermano, ahora me querés afanar vó a mí!".
Yo esperaba el colectivo en Flores, a mitad de cuadra en una madrugada helada. El patrullero paró al lado mío, bajó un policía, tocó el timbre del portero de un edificio que estaba tras de mí: "¿Quién es?", se escuchó después de un rato bastante largo. "La policía, señora". Dejé pasar el 126, mientras escuché la voz, incrédula: "¿¿¿Quién???" El uniformado miraba a su compañero sentado en el patrullero e intentaba otra vez. "La policía señora, queremos hablar con usted". El recuerdo de la cara del cana me alegró el resto del día, cuando la señora lanzó: "¿Pero por qué no te vas un poco a la reputísima madre que te parió"?
Como cada tanto, le robaron la cartera a Mariale. El policía que le tomaba declaración (porque sólo con la denuncia era posible llamar al remolque para llevarse el auto cuya llave.... bueno) escribió con dotes literarias: "observó, con sumo desagrado, que no estaba su cartera".
Todo el planterío de casa se había armado con gajitos prestados o "robados" de otros jardines, y todo el jardín estaba maravillosamente lindo. Que salir con un cuchillito a buscar más gajitos podía constituir una situación policial lo supe cuando Edu y el flaco contaron que la cana los paró -por portación de rostro- y cuando les vieron el cuchillo (ni Tramontina era) terminaron en el piso, brazos y piernas abiertas y demorados por averiguación de antecedentes.
Las promociones de los años setenta de los liceos militares habían dado individuos extraños, adolescentes expulsados en su mayoría por insubordinaciones reiteradas (claro) y muchos de los cuales terminaron como fierreros militantes de organizaciones armadas, algunos, otros narcotraficantes, los que siguieron en su mayoría habrán terminado como milicos represores. Lo surtidos que somos. El Ricky militaba en el ERP desde los17 años, había sido compañero de liceo de Fer, que militaba en una orguita anarquista. En 1989 lo mataron en el robo en una pizzería en Banfield (él era el que robaba). Lo leímos en el diario.
Al Gusti -qué será de la vida del yourugua- lo agarraron guardándose cosillas en los bolsillos, en un Disco, ponele. Cuando el tipo de seguridad le dijo "acompáñeme", lo hizo sacar cada producto escondido en bolsillos internos y externos y le lanzó "lo dejás acá, lo pagás y te vas", a lo que el Gusti lo miró desafiante y le dijo: "¡Ah, no hermano, ahora me querés afanar vó a mí!".
Yo esperaba el colectivo en Flores, a mitad de cuadra en una madrugada helada. El patrullero paró al lado mío, bajó un policía, tocó el timbre del portero de un edificio que estaba tras de mí: "¿Quién es?", se escuchó después de un rato bastante largo. "La policía, señora". Dejé pasar el 126, mientras escuché la voz, incrédula: "¿¿¿Quién???" El uniformado miraba a su compañero sentado en el patrullero e intentaba otra vez. "La policía señora, queremos hablar con usted". El recuerdo de la cara del cana me alegró el resto del día, cuando la señora lanzó: "¿Pero por qué no te vas un poco a la reputísima madre que te parió"?
Como cada tanto, le robaron la cartera a Mariale. El policía que le tomaba declaración (porque sólo con la denuncia era posible llamar al remolque para llevarse el auto cuya llave.... bueno) escribió con dotes literarias: "observó, con sumo desagrado, que no estaba su cartera".
Todo el planterío de casa se había armado con gajitos prestados o "robados" de otros jardines, y todo el jardín estaba maravillosamente lindo. Que salir con un cuchillito a buscar más gajitos podía constituir una situación policial lo supe cuando Edu y el flaco contaron que la cana los paró -por portación de rostro- y cuando les vieron el cuchillo (ni Tramontina era) terminaron en el piso, brazos y piernas abiertas y demorados por averiguación de antecedentes.
Etiquetas:
Cosas que pasan,
El ser nacional,
Vecinos
25 mayo 2010
De la gente y sus banderas
A menos que nuestros viejos fueran muy futboleros o exageradamente nacionalistas, o nos tocara acercarnos a la edad de la comprensión de las cosas en momentos "históricos" (de tan distinta naturaleza como una guerra o un memorable campeonato de fútbol), las banderas en estas épocas llegan a nuestra vida despacio, naturalmente, como parte de un mundo social prestablecido, heredado, que viene ya con su adorno identificatorio que será el que se lleve a lo largo de la vida con orgullo o pesar, pero mayormente como parte de uno.
Una bandera nos identifica como parte de un grupo, en primer lugar. Y en segundo, no cualquier grupo tiene bandera: banderas que trascienden la coyuntura (la de la promo '82 no le importa mucho a nadie) tiene el país, el equipo de fútbol, algún partido político. No las mujeres, los pobres, los rockeros o los discapacitados -aunque sí algunos íconos-, lo cual habla de alguna particularidad del uso de la bandera, quizás vinculada con determinada "institucionalización" (con perdón) o legitimación del grupo social que la sostiene y/o su reconocimiento social, qué se yo.
La madre de todas las banderas es, lejos, la bandera nacional, si hasta una piensa si no debiera poner Bandera Nacional, inducida por el Ser Nacional de estos días y la proclividad que tenemos los argentinos a poner todo con mayúsculas.
La nacional es la bandera más pesada que heredamos, nos guste o no nos guste. De todos los sinónimos o significados de la palabra nación el que más pareciera encajar con bandera es patria. Quizás porque vengo de una generación en la que ambas eran una y eran de los otros, bandera y patria fueron constituyéndose como palabras ajenas. La bandera se la respeta. Aquella bandera era la que "venía" con los símbolos patrios, el himno, la escarapela. Quizás porque recordábamos que, tristemente, inundaba las calles cuando el mundial del '78 y la guerra de Malvinas y en general estaba acompañada del predicado flamea orgullosa.
No fue otra, creo recordar, la que sacaron los adeptos del movimiento campero y que colocaron gloriosa sobre las 4 x 4. Eso sí era flamear, carajo.
Así de irritante me resultaban las que Radio 10 repartía en las fechas patrias a los automovilistas.
Esas banderas -nunca trapos o telones- eran, se decía, las banderas de la patria.
[Quizás porque los colores sean los mismos y entonces se confunda, o porque extrañamente mi televisor perdió el color y me confunda yo, a primera vista pareciera que todos quienes llevan la bandera quisieran lo mismo, pensaran lo mismo, porque claro, llevan los mismos colores (pero en los ochenta, en la izquierda, se discutía que había que disputarle los íconos a la derecha, los símbolos nacionales, la palabra "patria". La trágica experiencia del Movimiento Todos por la Patria, y la propia devastación de la izquierda terminaron por sepultar esa intención), sin embargo los "banderazos", suelen tener motivaciones, significaciones y apropiaciones diversas. Es una especie de paradoja que se diga como un elogio "no se veía ninguna bandera partidaria, sólo la celeste y blanca", si pensamos que después de todo embanderarse quiere decir tomar partido por algo. La bandera es entonces una mezcla confusa de sentimientos].
A la bandera nos la encajan como nos encajaban la escarapela en el primario o nos ponían sanciones por no llevarla en el secundario. Nos obligan a compartirla con el garca de mi vecino o el milico genocida, nos hacen creer que un sentimiento común nos hermana a todos y cada uno de los pobladores de estas tierras, por más que seamos tratados distinto, tengamos distintos derechos y obligaciones, o enarbolemos, orgullosos otras banderas. La Nación requiere que todos nos identifiquemos con sus íconos.
Es inevitable asociar la bandera con cierto sentimiento chauvinista (cuál otra connotación tendría si no el término "argentinazo" como si eso quisiera decir algo), y por eso a veces de una familiaridad algo fascistoide, me disculpen los legítimamente nacionalistas. En los actos del festejo del bicentenario, el recuerdo de Malvinas traía su inevitable "y ya lo vé, y ya lo vé, el que no salta es un inglés" con su carga de nacionalismo actualizada por los acontecimientos recientes. Pero la incomodidad daba paso rápidamente a la era del advenimiento de la democracia: "la vuelta a la democracia está signada por murgas, porque es la alegría contra el oscurantismo de la dictadura. Una murga que también incluye travestis", vociferaba la locutora, notoriamente conmovida. Lanata estaba preocupado por la propaganda política.
Quizás favorecidos por la connotación de cumpleaños, quizás por la calidad de los festejos, seguramente por la amplia convocatoria (quizás la más amplia de esta época) y su respuesta, (además de por prepotencia de los números), las manifestaciones adquieren un carácter más plural, más "laico" si cupiera el término, y la alegría, después de mucho tiempo, pareciera ser de la gente.
Después de mucho tiempo (el 2001 puede ser el contraejemplo) el país se llenó de banderas .
Insospechada yo de ser oficialista (habría que preguntarle a la enana), pienso que este gobierno aprovechó de la mejor manera la fiesta del bicentenario. Cristina bailó casi desbocada y los funcionarios y delegados y presidentes de otro países trataron de no hacer demasiado el ridículo, aplaudiendo entusiastamente. El relato histórico de la refundación estaba teniendo lugar.
Por esta noche, el país fue una fiesta de todos.
Otras banderas llevamos y esas las elegimos por voluntad propia, más o menos condicionados por nuestras circunstancias, pero eligiendo al fin. No podría sostener por qué me hice de River, sí de izquierda. Otras fueron tejidas por imperio de la historia. Las Madres de Plaza de Mayo -hoy íconos centrales de la refundación de la nación en la construcción del relato histórico- siguen cargando su pregunta eterna y levantan esa inmensa bandera, levantado a la vez las banderas de sus hijos. Entran y salen -deben salir- del relato histórico oficial, porque la pregunta es prepotente, persistente. Si no fuera, nada quedaría por hacer.
Una bandera nos identifica como parte de un grupo, en primer lugar. Y en segundo, no cualquier grupo tiene bandera: banderas que trascienden la coyuntura (la de la promo '82 no le importa mucho a nadie) tiene el país, el equipo de fútbol, algún partido político. No las mujeres, los pobres, los rockeros o los discapacitados -aunque sí algunos íconos-, lo cual habla de alguna particularidad del uso de la bandera, quizás vinculada con determinada "institucionalización" (con perdón) o legitimación del grupo social que la sostiene y/o su reconocimiento social, qué se yo.
La madre de todas las banderas es, lejos, la bandera nacional, si hasta una piensa si no debiera poner Bandera Nacional, inducida por el Ser Nacional de estos días y la proclividad que tenemos los argentinos a poner todo con mayúsculas.
La nacional es la bandera más pesada que heredamos, nos guste o no nos guste. De todos los sinónimos o significados de la palabra nación el que más pareciera encajar con bandera es patria. Quizás porque vengo de una generación en la que ambas eran una y eran de los otros, bandera y patria fueron constituyéndose como palabras ajenas. La bandera se la respeta. Aquella bandera era la que "venía" con los símbolos patrios, el himno, la escarapela. Quizás porque recordábamos que, tristemente, inundaba las calles cuando el mundial del '78 y la guerra de Malvinas y en general estaba acompañada del predicado flamea orgullosa.
No fue otra, creo recordar, la que sacaron los adeptos del movimiento campero y que colocaron gloriosa sobre las 4 x 4. Eso sí era flamear, carajo.
- "Mi papá la quemó, la bandera", contaba Morena con sus cuatro añitos a mi vecina Tita. Recuerdo que escuché decir que a una bandera no se la lava ni se la plancha, y váyase a saber qué cosas piensa la gente de las banderas, que éste, el papá de More, la quemó. Tuvo durante años la bandera argentina puesta en la terraza, hasta que el clima y el paso del tiempo -ignorantes de la obligación de respeto por los símbolos patrios- la destruyeron. La quemó y yo me pregunté: ¿no iba presa la gente por quemar banderas?
Mi vecina Tita puso una bandera y Esther le regaló otra. Así estamos, estos días.
Así de irritante me resultaban las que Radio 10 repartía en las fechas patrias a los automovilistas.
Esas banderas -nunca trapos o telones- eran, se decía, las banderas de la patria.
[Quizás porque los colores sean los mismos y entonces se confunda, o porque extrañamente mi televisor perdió el color y me confunda yo, a primera vista pareciera que todos quienes llevan la bandera quisieran lo mismo, pensaran lo mismo, porque claro, llevan los mismos colores (pero en los ochenta, en la izquierda, se discutía que había que disputarle los íconos a la derecha, los símbolos nacionales, la palabra "patria". La trágica experiencia del Movimiento Todos por la Patria, y la propia devastación de la izquierda terminaron por sepultar esa intención), sin embargo los "banderazos", suelen tener motivaciones, significaciones y apropiaciones diversas. Es una especie de paradoja que se diga como un elogio "no se veía ninguna bandera partidaria, sólo la celeste y blanca", si pensamos que después de todo embanderarse quiere decir tomar partido por algo. La bandera es entonces una mezcla confusa de sentimientos].
- "Cuando yo era pendejo no entendía cómo había gente en la calle que caminaba con una escarapela, ¡si ellos eran adultos, a ellos nadie los obligaba a usarla!", contaba Joni el otro día.
A la bandera nos la encajan como nos encajaban la escarapela en el primario o nos ponían sanciones por no llevarla en el secundario. Nos obligan a compartirla con el garca de mi vecino o el milico genocida, nos hacen creer que un sentimiento común nos hermana a todos y cada uno de los pobladores de estas tierras, por más que seamos tratados distinto, tengamos distintos derechos y obligaciones, o enarbolemos, orgullosos otras banderas. La Nación requiere que todos nos identifiquemos con sus íconos.
- El libro de primer grado mostraba una foto que había que describir: el seleccionado argentino, con su camiseta celeste y blanca festejando un gol en un mundial. La enana escribió prolijita sobre la línea punteada, convencida y orgullosa: "gol de rasin".
Es inevitable asociar la bandera con cierto sentimiento chauvinista (cuál otra connotación tendría si no el término "argentinazo" como si eso quisiera decir algo), y por eso a veces de una familiaridad algo fascistoide, me disculpen los legítimamente nacionalistas. En los actos del festejo del bicentenario, el recuerdo de Malvinas traía su inevitable "y ya lo vé, y ya lo vé, el que no salta es un inglés" con su carga de nacionalismo actualizada por los acontecimientos recientes. Pero la incomodidad daba paso rápidamente a la era del advenimiento de la democracia: "la vuelta a la democracia está signada por murgas, porque es la alegría contra el oscurantismo de la dictadura. Una murga que también incluye travestis", vociferaba la locutora, notoriamente conmovida. Lanata estaba preocupado por la propaganda política.
Quizás favorecidos por la connotación de cumpleaños, quizás por la calidad de los festejos, seguramente por la amplia convocatoria (quizás la más amplia de esta época) y su respuesta, (además de por prepotencia de los números), las manifestaciones adquieren un carácter más plural, más "laico" si cupiera el término, y la alegría, después de mucho tiempo, pareciera ser de la gente.
Después de mucho tiempo (el 2001 puede ser el contraejemplo) el país se llenó de banderas .
Insospechada yo de ser oficialista (habría que preguntarle a la enana), pienso que este gobierno aprovechó de la mejor manera la fiesta del bicentenario. Cristina bailó casi desbocada y los funcionarios y delegados y presidentes de otro países trataron de no hacer demasiado el ridículo, aplaudiendo entusiastamente. El relato histórico de la refundación estaba teniendo lugar.
Por esta noche, el país fue una fiesta de todos.
Otras banderas llevamos y esas las elegimos por voluntad propia, más o menos condicionados por nuestras circunstancias, pero eligiendo al fin. No podría sostener por qué me hice de River, sí de izquierda. Otras fueron tejidas por imperio de la historia. Las Madres de Plaza de Mayo -hoy íconos centrales de la refundación de la nación en la construcción del relato histórico- siguen cargando su pregunta eterna y levantan esa inmensa bandera, levantado a la vez las banderas de sus hijos. Entran y salen -deben salir- del relato histórico oficial, porque la pregunta es prepotente, persistente. Si no fuera, nada quedaría por hacer.
Estos días mi barrio, renegando quizás de tanto festejo nacional, se tiñó como mi televisor de blanco y negro y festejó en paralelo otra fiesta. Floresta, Monte Castro, Villa Real o estos barrios olvidados de Dios (que será porteño pero atiende en Congreso), festejaron también la fiesta del Albo. No sé nada de fútbol pero fui de All Boys por orgullo de barrio. Sentirse parte de la fiesta no estuvo nada mal.
Etiquetas:
democracia,
dosmil,
El ser nacional,
la enana,
La gente dice,
Vecinos
19 mayo 2010
Un tablerito
En tren de recuperar, el 4 de mayo escribía esto, que dejé porque me pareció una huevada, además de que no sabía bien adónde iba. Pensaba en gentes que conozco, que se nos cruzan. Gentes que tienen algunas características comunes, y que se trata más de una cuestión de medios que de fines, digamos de una forma de hacer las cosas, más allá del objetivo que se persiga .
Pensaba en el poema de Borges de más abajo y lo poco que somos, puestos en contexto.
Pensaba en el poema de Borges de más abajo y lo poco que somos, puestos en contexto.
De las categorizaciones de las gentes que hacemos en la inrigurosa sociología de mercadito, toda una ciencia del canyengue, hay una categoría, la que denominamos jugadores de ajedrez, que conforman un grupo bien delimitado (nota: la rama de la sociología de mercadito que estudia las conductas sociales es la psicología social de mercadito, y este intento debiera encuadrarse en esa disciplina. Dado que la misma aún no ha sido debidamente desarrollada, será la propia sociología de mercadito la que se ocupe de comprender por ejemplo por qué catzo Tita mi vecina es tan jodidamente reaccionaria, si porque escucha a Longobardi o por la cultura machista, por clase social o por crianza, o por cuántas otras variables y sus combinaciones).
Jugador de ajedrez es una categoría que combina un carácter astuto, audaz y premeditado, con un escenario que él mismo intenta transformar a medida que los acontecimientos se desenvuelven.
Es un jugador de ajedrez quien sabe inclinar la cancha para que las cosas salgan a su favor, es aquél que intenta (no que siempre lo logre) caer de pie, o se sobrepone, o es capaz de esperar para lanzar la estocada. Es el que suele acomodarse mejor, el que sabe en qué momento de la fiesta hay que llegar, el que sabe controlar los silencios. Puede ser jodido o no, bien o malintencionado, auténtico o hipócrita, valiente o cobarde. Los hay de izquierdas y de derechas, en lo privado y en lo público, en lo cotidiano y en lo que lo trasciende. Según las combinaciones serán oscuros, astutos, esquivos, pícaros, inquietantes, odiosos, conspirativos, interesantes.
Todos ellos son enemigos no declarados (porque declararlo sería mostrar el juego y eso no es de buen jugador) de los espontáneos, los intempestivos, los irreverentes, los indiscretos, los desmedidos.
Los jugadores de ajedrez son premeditados, por eso corren con ventaja, por eso nos sorprenden, nos ganan, nos engañan o nos enamoran. Ellos saben lo que a veces olvidamos quienes no jugamos, que estamos en un tablero y que se vale adelantar las jugadas, dominar el escenario, prevenir, premeditar, saber cuándo es el mejor momento para estar, para parecer, para semejar o para desaparecer. Los que nos olvidamos sólo nos sorprendemos de vernos a veces piezas y otras veces no.
Ajedrez [Jorge Luis Borges]
I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
Etiquetas:
Combinaciones,
En plural,
Ideologia,
Mios,
Poner en contexto,
Sociologia de mercadito,
Vecinos
01 mayo 2009
Metamorfósises
La promesa de la mañana perfecta en los leves rayitos que se cuelan a través de la persiana de mi cuarto, en el silencio solapadamente interrumpido por trinos armoniosos y suaves ladridos lejanos, en la efímera alegría infinita de disfrutar de un día en casa, en el placentero recuerdo de alguna escena de anoche, pasada con amigos, disfrutada. La promesa confirmándose en un levantarse suave y pausado, sin ducha de apuro como cada mañana, despeinada, nueva, leve. En los sentidos puestos al servicio de sensaciones que se pierden otros días (en la maraña de agitaciones artificiales de despertadores, de salir a la calle pensando en monedas, del bondi al centro, del tránsito porteño, de los porteños, de la oficina, de las compus de cada uno, de cada uno. De los insoportables ruiditos nuevos que retumban fuerte en lugares cada vez más agobiantes -no quiero trabajar más).
En cambio, esta mañana, la paz. Disfrutar de sonidos, intentando decidir si me gusta más el del agua llenando el termo o el mate para que se hinche la yerba, y eligiendo definitivamente este último, más imperceptible pero tanto más intenso. El primer mate, su delicioso amargor. La notebook, el cuaderno, la luz del día, las plantas. La soledad. El libro complicado pero tentador en la alucinante cocina del departamento que alquilo en una arruga del culo de la ciudad de Buenos Aires.
Y de pronto acontece el desastre.
La música en ritmo de marcha irrumpe a todo volumen invadiendo impúdicamente mi escena. Imagino -casi veo- a mi vecina cincuentona, sobreexcedida de peso y siempre llamativa, con una vincha atrapando el recién teñido rojo de su cabello, calzas negras brillantes y una musculosa, transpirando interminablemente mientras realiza los ejercicios físicos que, seguramente y reiterándolos con disciplina -sumado a las cremas anti y pro age, a los baños aromáticos, a las múltiples y variadas intervenciones sobre un cuerpo que no lo termina de comprender- la podrán mantener un poco más tiempo en carrera.
Matilda es la primera en molestarse. Me mira con desprecio como si hubiera sido yo la causante del escándalo, mientras abandona con desagrado su plácido lugar en la ventana, al solcito.
El ritmo hace vibrar el vidrio de la puerta del patio. Intento abstraerme, retraerme, sustraerme.
Pongo Quebrado de Aznar que me trajo ayer Rober para mi cumple, otro mate, unas sequitas.
Cierro ventanas y puertas, renunciando al aire externo. Trato de estar tranquila, pienso de nuevo que debería practicar algún método de relajación, intento no escuchar y me repito -de nuevo, me repito- que no debo ser tan irritable, voy a mi cuarto, enciendo la tele, la apago odiándola como siempre. El nuevo tema que puso mi vecina, la gorda, refuta mi idea de que el tema anterior era la música más horrible que había escuchado en mi vida.
Mi sangre empieza a hervir.
Pienso en la inevitabilidad -porque la conozco, porque me conozco después de tanto tiempo de estar conmigo- de aquél mi privado monstruo verde que comienza a querer aparecer. Se mezcla Aznar con la marcha, odio a ambos. Lo siento Pedro, no es con vos, pero las combinaciones...
Nada más puedo hacer, nada más puedo pensar. Me acordé del post de Cando, y de que en ese momento me había parecido simpático, qué ilusa.
Siento que se me derrama el cerebro, desplazando sustancias químicas que -vayasabercómo- producen nuevas combinaciones en mis estados de ánimo que hacen que habiendo amanecido la persona más pacífica, feliz y plácida de este barrio pase a pensar en atentados, armas, violencia física y simbólica. Quiero asesinarla. A mi vecina, a su perro, a su hijo que nunca, NUNCA, va a aprender a tocar la batería. El in crescendo alcanza a la beba que no para de llorar, a una moto que pasa con el escape suelto y a la vieja de mierda que vive al lado que tiene siempre ese tonito en "la" menor que me enfurece, madre del imbécil que me mira como si yo fuera rara, pero mirate un poco, infeliz.
A la histérica separada que le grita al perrito ese chiquitito que tiene, ése que cada vez que lo veo me dan ganas de ver cuánto pudiera ser posible elevarlo de una patada bien puesta.
Al dedo de la mano del Testigo de Jehová apoyado en el timbre de mi departamento de manera insistente, mientras intenta decirme que me asome así me da el Atalaya sin compromiso de compra, ni solicitud de firmas ni afiliación. El niño que acompaña al Testigo dueño del dedo me mira aterrado al verme abrir la puerta con furia y decir que SOYATEAYMARXISTA método que descubrí espanta eficazmente estas especies, hoy todavía.
Y al cerrar de un golpe la puerta (¿quizás por un desingnio divino?) la música cesó. La gorda, la señora más bien, quizás se cansó de sus ejercicios. Y a lo mejor por eso también la niña dejó de llorar y el perro de ladrar, quién sabe. Y a lo mejor por eso, o porque ya se hizo el mediodía, la gente entró y no se la escuchó más.
Y entonces, interrumpido por un breve espacio de tiempo en donde odié a la humanidad toda y a cada objeto de este mundo, volvió a ser el día perfecto.
Etiquetas:
Combinaciones,
Matilda,
Mis problemas conmigo,
Vecinos
22 febrero 2009
Hay misterios
Tengo una especie de vicio coleccionista de cosas intangibles. Frases, recuerdos, chistes, sentires inciertos, cosas difíciles de aprehender a menos que se las escriba (que es una manera de sistematizarlas y quitarles de algún modo ese carácter de intangibilidad que las hacía interesantes, pero qué va´cé), o se las memorice. Pero memorizando, ya se sabe, se corre el riesgo de que lo olvidado se camufle definitivamente, porque si no está en nuestra memoria no existe y así vamos por la vida ignorando que nos hemos olvidado un nombre, una frase, un vicio, algún amor...
Entonces cada tanto, muy cada tanto, las escribo.
Otro tema es que al escribirlas uno se ve en la obligación (la puta obligación, diría si no quedara medio feo) de clasificarlas. Y clasificarlas, siempre y cuando no lo hagamos en un solemne y convencional alfabético o cronológico (lo cual además de arbitrario y aburrido produciría que algo tan poco importante como el artículo inicial de una frase pudiera definir un orden) es meterse en un lío, como ya bien lo sabían John Wilkins o el mismísimo Foucault.
En esa clasificación le puse el nombre de "mis casualidades" a esta colección, porque justo no tenía muchas ganas de pensar. A decir verdad no creo que sea la denominación que mejor le haga justicia, pero cómo llamarlo: consta de azares inexplicables como de profecías autocumplidas, de misterios insondables de estos breves presentes o experiencias casi metafísicas, inexplicables, importantes. De estúpidas insignificancias cotidianas o del azar decisivo, que reorienta rumbos.
Pero bueno, no tenía ganas.
Algunas de ellas:
Una vez viajaba hacia Uruguay tratando de ver si mi relación -ya distante y digamos que "tercerizada" (y blanqueada) por mi arte y parte- se recomponía o descomponía definitivamente. Caminando por Tigre rumbo al puerto de la Cacciola veo llegando al tercero en discordia hacia la misma lancha (insospechado de conocer mis movimientos ni de querer estorbar nuestros planes). Nos miramos los tres, yo casi presentándolos, muda. Sólo atiné a no tomar el mismo ómnibus una vez que la lancha llegó a Carmelo y los pasajeros nos distribuimos entre los que había esperando en la terminal. Dejamos que tomara el primero. Lo seguí con la vista, lo ví sentarse, tomar una birome, escribir algo e insólitamente arrojarme un papelito por la ventana con el nombre de una calle. Sólo eso, ningún número, ninguna referencia, ningún dibujo. Días después de pasarla mal con mi pareja, decidí recorrer esa calle (de unas 30 cuadras de "largor") y apenas la encaro, lo encuentro caminando hacia mí. Cosa e mandinga.
El otro día, navegando en Internet de puerto en puerta, las turbias aguas de mi aburrimiento me llevaron a una publicidad de Palito Ortega en plena dictadura, que comenzó en el exactísimo momento en que lo hizo en un documental del canal Encuentro, recién encendida la tele esperando que baje el video. Durante minutos observé pasmada ambas tranmisiones en una exacta simultaneidad. Nadie conmigo para dar fe y yo que no tengo ni una poca...
Mi abuela estaba enferma, eso es cierto. Pero llevaba varios meses así y yo nunca me duermo en los colectivos. Esa mañana me dormí camino al trabajo y me abuela me dijo en sueños dos cosas que no recuerdo, pero cuando llegué me dijeron que había muerto.
El delirante edificio en ph en que vivo, cuyos habitantes nada tienen que envidiarle a los de La Comunidad de Alex de la Iglesia, está en una especie de arruga del culo de la Ciudad de Buenos Aires, con perdón de tan grosera expresión. Inevitablemente la gente -inclusive los delivery del barrio- se pierde al llegar y al mencionar las coordenadas hasta los taxistas más expertos achinan los ojos demandando más información. En este insólito lugar vive un ex alumno mío, dos vecinos conocen a dos personas muy cercanas a mí y una tercera sabe muchísimas cosas de mi laburo. Hace unos meses, la mejor amiga de un amigo de otra vida se compró la casa de al lado.
Lo del libro de Pistoletti queda medio pelotudo al lado de todo esto, pero también es raro.
Hay más, unas cuantas más...
Actualizo, entonces:
Dos amigos míos que no se conocen, recibieron el mismo premio insólito en la misma ocasión.
Dos amigos míos que no se conocen, recibieron el mismo premio insólito en la misma ocasión.
Etiquetas:
Coleccionista,
Cosas que pasan,
Mios,
Vecinos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
.jpg)

