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20 junio 2011

Historias de otros siglos

Primer tema de contexto: 





No sé si a toda nuestra generación, pero a nosotros, al flaco y a mí, no nos importaba nada. Vivíamos leves, felices, despreocupados, al día, disfrutando amigos, libertades y expectativas de las próximas horas y no mucho más allá. Improvisábamos, todo el tiempo: trabajos, relaciones, formas de ganarnos la vida, filosofías, vacaciones. Así "organizamos" ese viaje al Sur (y otros tan locos como ése). Juntamos cuatro cosas, pedimos prestadas otras y salimos en un tren hacia el camino, a esperar a ese auto que nos lleve por las....

"Veinte días", dijimos al partir y recién dos meses después, cuando no hubo más remedio, emprendimos la vuelta. Si existe el paraíso, debe ser como El Hoyo, en Epuyén.



Volviendo, de nuevo en la ruta. Poca agua, cansancio, mucha tierra y el peso de una mochila llena de cacharros,esta vez sin latas ni paquetes de arroz, sin un centavo, pensando sólo en una ducha caliente,  unas milanesas con papas fritas a caballo (posibles a través de la -siempre salvadora, siempre infalible- venta de las piezas de plomo y bronce que el flaco acumulaba de sus trabajos de plomería y gas) y una cama con colchón. El paraíso de nuevo, vaya inversión de las cosas.

La camioneta nos había dejado en el cruce de un camino donde sólo un cartel nos dio sombra hasta que se fue haciendo el mediodía y el sol nos atosigó de modo implacable. Estábamos en medio de la nada, a la salida de Piedra del Águila, en Neuquén. Horas parados en la ruta, sentados en la ruta, acostados en la ruta. Horas aburridos, sedientos, desesperados, tranquilos, ansiosos, melancólicos, leves, felices.

Segundo tema de contexto:




Cuando el atardecer comenzaba a caer y parecía que nos íbamos a quedar a vivir allí, el Scania -nuevísimo- paró varios metros más adelante. Demoramos unos segundos en confirmar que paraba por nosotros, que nos invitaba a subir, y corrimos: corrimos como pudimos, desbaratados, contentos, aliviados, hasta llegar a la puerta abierta de ese monstruo inmenso, imponente, con un hombre adentro que nos miraba con tono severo.

El Polaco -así se nos presentó- era un tipo de unos cuarenta años, alto, parco, con unos ojos de un claro impresionante, quizás más en contraste por su piel curtida en días, semanas de ruta. Nos presentamos brevemente, casi no nos miró y arrancó.
No era raro que los camioneros nos dijeran -y por eso no nos sorprendimos al escucharlo- "voy hasta acá nomás", hasta el pueblo más cercano, para tener la posibilidad de medir, evaluar si podríamos ser buenos compañeros de ruta los restantes 1200 km a no más de 80 km por hora, y en ocasiones a mucho menos. Ya habíamos andado la ruta bastante, ya sabíamos de algunos códigos que como todos en la vida tiene sus  instrumentos, sus preconceptos, sus sobreentendidos, sus normas no escritas.
Y agregó: -por lo menos allá pueden parar y tomar algo, ya es un pueblo.
Mucho no hubiéramos podido hacer nosotros, que estábamos como se dice "a la buena de Dios", viendo cómo llegábamos, así sea arrastrándonos, hasta el depto de Once que alquilaba Fernando. Si el Polaco iba a Baires, tenía que llevarnos. Pero cómo laburarlo, si parecía inexpugnable.
Durante eternos 15 minutos, después de la presentación, ninguno de los tres emitió sonido alguno.
Él sólo fijaba sus ojos en la ruta, achinándolos, parecían destilar brillo propio. No nos miraba, no nos hablaba, sólo conducía concentrado. Quizás tenía conciencia de su poder y lo disfrutaba, quizás no le importábamos mucho, o quizás, podía ser, nos estuviera midiendo en silencio.
Destruyó sin compasión nuestros dos intentos (los del flaco, en realidad, yo sólo persistía en mi mudez) de conversar sobre el clima  y el estado de las rutas, asintiendo levemente y sin dar pie para seguir, y comenzamos a sentirnos levemente decepcionados, desesperanzados, cuando vimos, yo creo que los tres al mismo tiempo, al costado de la ruta, una cuadrilla de policía controlando el tránsito.

-La yuta, -dijo casi por reflejo el flaco, y la cara del Polaco pareció contraerse. A ninguno nos gusta la policía, eso es parte del folclore. Pero el Polaco se puso exageradamente tenso, comenzó a sudar, y fue tan notoria su incomodidad que me asusté. Recuerdo haber pensado algo así como: "cagamos, ahora resulta que éste viene trayendo merca o contrabando y quedamos pegados como dos boludos". Estaba segura de que el flaco, que lo miraba consternado, pensaba lo mismo.
Tan violenta fue la situación que hizo casi inevitable la pregunta de mi compañero: -Polaco, ¿está todo bien? -mientras el camión se acercaba cada vez más hasta que estuvimos seguros de que no iban a pararnos, se mantuvo serio, casi pálido.

-Sí, sí, está todo bien, -dijo, mientras los dejábamos atrás, y suspiró aliviado. -Pensé que el cobani nos iba a parar.

El silencio a continuación pareció todavía más largo y yo demoré en entender por qué. No terminaba de saber qué le pasaba al flaco, ni había escuchado nunca -aunque podía deducir su significado- la palabra cobani.
Aguantó dos, tres minutos, pero yo conocía a Fernando, no se iba a quedar callado.
-¿Cobani? -preguntó. Y la pregunta sonó rara, porque ya hacía unos minutos que habían resonado las palabras del Polaco. Siguió otro silencio, y el Polaco por primera vez desvió su mirada de la ruta, giró su cabeza hacia el flaco y escuchó serio, como si supiera lo que venía, su siguiente frase:
-Eso es léxico tumbero, che.
El último gesto que pensé presenciar fue la sonrisa canchera pero cómplice del Polaco, como si recién se percatara de nuestra presencia, o al menos, como si recién pudiera pensar en disfrutarla.
-¿Y vos cómo sabés?, retrucó, acentuando el "vos" y achinando todavía más los ojos.

Yo hablo como testigo y cuento esto muchos años después. Quizás algunos detalles se me borren de la mente, quizás recomponga hoy algunos gestos del Polaco a mi gusto, quizás complete con exclamaciones de Fernando que probablemente no haya hecho, pero esas sutilezas no alterarán los hechos.

Sé que fue poco tiempo. Un minuto, dos. O unos segundos, o la diferencia entre el día y la noche. La eterna variación de los tiempos, la eterna variación de sus instrumentos de medición. Ese espacio antes del convencimiento de que el otro podía ser un depositario natural de nuestra confianza, aunque haya sido segundos antes (y lo será probablemente después de todo esto) un perfecto desconocido.

-Estuve chupado, -dijo. Y agregó, unos segundos después:
-Los milicos.

Y se quedó mirándolo. Los dos nos quedamos mirándolo. El Polaco parpadeó, abrió apenas los ojos, serio, y dijo a su vez:

-Yo estuve sopre. Maté a un botón.

El viaje de días de regreso a Buenos Aires lo recuerdo como uno de los más extraordinarios que hice en mi vida, con un Polaco cambiado, entusiasmado, serio y generoso, contándonos los pormenores de una historia policial increíble invitándonos a comer a nosotros, famélicos como estábamos, en los mejores paradores de la ruta, y tomándonos todo el tiempo del mundo para volver. Dormimos en hoteles, en la ruta, en la carpa, programamos otros viajes, achacos, negocios de transporte. Fuimos amigos entrañables durante un tiempo mínimo.

Será para contar en otro momento esa increíble histora que nos contó, la de cómo mató sin querer a un policía que resultó ser el marido de una mujer con la que él, ignorante, salía. De cómo el tipo se le acercó furioso en la calle, después de seguirlos, cegado de celos y con su arma reglamentaria en la mano gritándole: -Te voy a matar, hijo de puta, -y de cómo el Polaco, un tipo tranquilo, hasta ese momento chofer de larga distancia de ómnibus, asustadísimo, adelantándose inevitablemente a su furia y golpeándolo con un gancho desde abajo, lo hizo caer y golpear la cabeza, fatalmente, contra el cordón de la vereda.

Será para contar, también, la de los años de su juventud pasados en la cárcel, homicidio culposo pero homicidio al fin e imperdonable homicidio por ser un servidor de la seguridad pública por más que haya sido un loco machista hijo de puta y golpeador. También lo aprendido y conocido durante todos esos años, sus nuevos proyectos, tan distintos a aquellos que pensara antes de que todo se diera vuelta en su vida. Su historia increíble de cómo fue el perfecto chofer del achaco a un banco, persuadido por sus nuevos amigos de la cárcel, y de cómo con el botín, bastante tiempo después, se compró el camión con el que, lo más libre posible, llevaba y traía distintas mercaderías a lo largo y ancho del país. Alguien diestro con la pluma podría escribir una novela, de haber conocido al Polaco y a su historia.

Será quizás para nunca contar la historia de cómo me confesó su amor unos días más tarde, antes de volver a la ruta, avergonzado y valiente, hermoso, diciéndome cómo desde la primera vez que me vio (a mí, que en todo ese viaje sólo había sido una simple espectadora), le había movido el piso, el cuerpo y el alma y de cómo me dijo, triste, que ese era el motivo por el que nunca más nos íbamos a ver.
Por el que nunca más nos vimos.

08 diciembre 2009

Sentimientos primarios

Creía que lo que me había pasado con Ceci y su cumpleaños sorpresa número 40 (eso debe estar mal escrito, porque pareciera que Ceci tuvo cuarenta cumpleaños sorpresa, cuando en realidad fue su cumpleaños número 40, que fue toda una sorpresa) había sido un episodio feo. Sin llegar a sentir culpa, confieso que aquello me dejó cierta amarga sensación.
Pero lo que me acaba de pasar no lo voy a poder remontar nunca. Tengo cuarenta y cuatro años. "Casi cuarenta y cinco", dice la guacha de mi hija para provocarme, lo que en un cálculo fácil indica que terminé la primaria hace treinta y dos años. Treinta y dos años atrás yo andaba por mi primer vida (calculo que voy por la cuarta),


[un colegio privado de colectividad (es decir, un termo adentro de otro), una infancia olvidable, un altillo con cosas viejas, una hermana molesta y una timidez que lindaba con el autismo. Mis doce en el 77, el miedo familiar de una clase media inmigrante que no veía por qué meterse a opinar sobre nada, mi tío viendo inexorablemente "Combate" a la hora de la cena, el diálogo bilingüe en la mesa. El 24 de marzo del año anterior grababa de la radio, con un flamante y novedoso grabador que mi viejo había traído, el discurso de Videla, presintiendo que era un momento histórico. En la misma cinta, Lalo había grabado a escondidas unas groserías que jamás en mi vida había escuchado, y que claro, yo rebobinaba una y otra vez, escuchando intercalados el Comunicado Número Uno de la Junta con una versión guarrísima de "A media luz"].


y tenía una compañera que apenas recuerdo que se llamaba -se llama, acabo de confirmarlo- Claudia S. Recuerdo de ella unos ojos y un pelo negrísimos y hermosos.
-Hola, Gra? Soy Claudia S., de la primaria  ¿te acordás de mí?
Silencio de radio. Yo apenas me doy cuenta de lo que pasa, pero la parte más intuitiva -y más instintivamente fóbica- de mí sólo quiere huir. Yo, como creo que a los instintos hay que atenderlos, busco la forma y en un primer impulso se me ocurren simultáneamente las cosas más pelotudas para responder ("no mirá, sufrí un accidente y no me acuerdo ni de mí"; "¿Claudia? ¡¡sos vos, cretina!! te estuve buscando por todos lados"; "¿primaria? si yo la primaria no la hice porque estaba en un instituto de menores"), o hacer (cortar; romper el teléfono; fingir que algo tremendo pasa haciendo ruidos terribles), pero lo pienso mejor y  respondo, sensatamente:
-Sí, claro que me acuerdo... ¡¡que increíble!!
Siguió una verborragia por su parte que incluía un listado de nombres, oficios y trabajos -algunos dignos de mencionar como gerente en una multinacional o médico-, matrimonios e hijos de ella y otros, éxitos varios, intercalados por breves "qué increíble"s míos, que no hacían sino aumentar el entusiasmo de Claudia S. por seguir contándome de Carlitos, que vive en Miami y le va tan bien.


En el '78 al flaco lo secuestró el grupo de tareas de Guglielminetti y yo promediaba mi primer año de secundaria cantando veinticinco millones de argentinos, con la alegría de un pueblo feliz y pacífico. En el Banco, donde lo tenían secuestrado, los milicos alternaban -siempre haciendo patria- el festejo de los goles con la picana. En mi escuela la foto de Videla nos observaba a diario. Unos años después su foto fue reemplazada por la de Viola, y así.
-Ay, te separaste, qué lástima.


Si hay algo que no es una lástima en mi vida (más de unx estará de acuerdo conmigo) es haberme separado (como tampoco fue lástima haberme casado, no se vaya a creer). Pero Claudia S. va mostrando, despacito, sus puntos de vista.


-A mi nena la estoy mandando al sacrosantísimo de la reverenda, ¿viste? Es un ambiente tranquilo, sabés quiénes son sus compañeros, yo estoy más tranquila.
Cuando estaba en tercer año me descubrí siendo comunista o símil, sin terminar de entender bien qué era. El fascismo pronunciado de un profesor de cívica (jefe de un  movimiento político nazistoide, el derechista nacionalista constitucional) me terminó de moldear en un espectro que -iba a saber más tarde- se denominaba izquierda. Dejé de ser hereje cuando supe que era atea y empecé a leer lo que caía en mis manos.


-A Lalo le va rebien, es uno de los que veo cada tanto. Cuatro hijos tiene... ¿sabías que es policía? 
Cuando terminé quinto año  fui a la marcha de la multipartidaria, escapada de la vista de mi viejo que me hubiera matado antes que dejarme ir. Nunca había estado en ninguna manifestación, nunca había visto un carro de asalto y jamás había respirado gases lacrimógenos. Ese día murió Dalmiro Flores en la represión y yo me llevé el susto más grande de mi vida, aumentado al día siguiente cuando leí la noticia. Creo que mi papá algo sospechó, porque empezó a marcarme más de cerca.


-Betty (y sí, soy del '65, en mi generación había esos nombres) se casó con un un tipo de los medios, ¿viste? resulta que están re bien. Él es uno de los directivos de la Editorial Atlántida.
En 1979, ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos,  convocados por las denuncias de graves violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen militar y atentos a las campañas de las organizaciones en el exterior, la revista Para Tí contraatacaba editando  unas postales, en lugar de sus habituales fichas de cocina, serie publicada bajo el rótulo "Defienda su Argentina".

Me habló de Adrián, que estaba pelado y de Martín que tiene un negocio de colchones. De los viejos tiempos, de reencontrarnos, de saber  unos de otros. Me contó que el grande de Roxana había empezado el CBC pero se fue despavorido. En la Universidad de Buenos Aires hay tanta política, tanto zurdaje. Mejor que los chicos no estén en nada.


Yo escuchaba sabiendo que esta vez estaba en otro termo. Cuando Claudia S. había hablado unos minutos, yo había preparado un incontestable "justo ese día tengo un asado en una quinta", que no me hacía quedar mal y era más amable que mi desaparición ante Ceci. Pero a medida que la conversación iba avanzando, sentía -de nuevo- esa sensación de odio, esa irascibilidad que me mete todo el tiempo en tantos problemas.


Cuando me preguntó sobre mi vida le dije que mejor desde que me estaba recuperando de una enfermedad complicada (apenas dejé asomar el concepto "transmisión sexual" una sola vez, como cediendo ante su curiosidad) y que vivía en pareja con otra mujer, pero que sólo estaba probando a ver qué onda. Hizo una exclamación y recién en ese momento me acordé de su cara completa, cuando una vez, saliendo de un hospital donde habíamos ido a vacunarnos, una vieja se nos acercó pidiendo una moneda. Ella dijo de una manera contenida "no tenemos" y agregó inmediatamente por lo bajo: "qué asco". La vieja iba llorando.


La conversación no iba a durar mucho más. Estoy segura de que no volverá a llamarme y de que la promoción 77 del primario, cuando se junte el sábado que viene después de treinta y dos años, va a comentar regodeándose sobre algunas noticias divertidas. Brindarán con champán y agradecerán nuevamente pertenecer a nuestra castigada pero heroica clase media que sostiene con su trabajo y con su familia la persistencia de los valores tradicionales: la amistad, la honestidad, la bondad humana.

05 octubre 2009

De cómo éramos (cuentito de los ochenta)


Ochenta y cuatro, sería. Como mucho ochenta y cinco. Volvíamos de una marcha de esas masivas, de esas en donde uno se sentía parte de algo, de algo grande. Antes del bajón de las felices Pascuas, antes de que la pompa de jabón de la primavera democrática estallara implacablemente convirtiéndose de una promesa redonda, perfecta, a este mejunje (gané una apuesta por esa palabra) de colores desteñidos y de barro.

Volvíamos con el flaco para el Docke, donde él vivía por esa época, y el bondi -el 33- se llenó de todo un grupo de los muchachos de la comunidad organizada con las banderas de Perón y de Evita, las veinte verdades y los mejores bombos, la camisa abierta y los gritos, los cantitos, las jodas. Veníamos del mismo lado pero desentonábamos absolutamente nosotros dos, él con barbita y pelo largo y el morralcito, yo medio hippona, aros y sandalias tipo hindú, (obreros y estudiantes, ponele, je) nos sentamos separados, él en un asiento de uno, cuando subieron los muchachos y se mandaron todos para atrás, cerca de él.
El flaco se corrió haciendo lugar en su asiento para dejar sentar a uno de ellos y siguieron el viaje conversando los dos, hasta que otro, desde la otra punta del colectivo, le gritó a su compañero:

-"¿Y negro? ¿cómo va el diálogo con la zurda?"

Fin

02 agosto 2009

Otros Mundos Posibles

Independientemente de elogios, críticas o diatribas, hay que reconocer aquella generación de los setentas dejó huellas. Esa combinación particular de épocas y gentes dejó sus marcas en nuestros hoyes y nuestras gentes, y esas marcas, esos signos, habrá que leerlos y buscarlos desde distintas perspectivas, interpretarse algunas como muros, o mejor, rejas electrificadas que separan, dañan y abren brechas. A otras como suturas, como buenas cicatrices, señales de lo conocido, vivido y aprendido. Y otras, también, como heridas aún sangrantes que pretenden, quizás, persistir como tales.

Es innegable que esa generación fue protagonista de la realidad social de la época, que intervino, que produjo, que inventó formas nuevas de intervención en lo político. Si la cuestión del cambio social es probablemente el tema político imperioso por excelencia (tanto sea desde la perspectiva de quienes quieren conservar el orden social como desde quienes quieren cambiarlo -no necesariamente hacia sociedades más justas- incluso también desde quienes manifiestan no tener interés alguno en el tema), la discusión acerca de hacia qué configuraciones se deberían ir orientando nuestras sociedades y qué rol tenemos -y adjudicamos a- los sujetos, las organizaciones, las instituciones y el Estado (o el no Estado), indica de algún modo la forma en que la política se desenvuelve en cada época y en última instancia, cómo se ve a sí misma (dato corroborable en, por ejemplo, las diversas publicaciones de la época, no solamente políticas sino -y más bien- culturales, periodísticas o de actualidad: como decía Raymond Williams, para cada época histórica hay revistas hegemónicas, contrahegemónicas, residuales y emergentes, indagarlas también es bucear en los modos como se desarrollan y sostienen los discursos hegemónicos o contrahegemónicos. Interesante también, entre otros muchos indicios, considerar los graffitis y las pintadas de cada época, pensar nomás en los de los setentas, los ochentas o los actuales).


En los setentas existió -en el país, en América, en occidente, en el mundo- un discurso tan claramente contrahegemónico (que combinaba la latente posibilidad de un cambio con el deseo de que existiera y la necesidad de actuar), como implacable fue su derrota y probablemente ambas circunstancias nos interpelen hoy. Nos dan bronca, tirria, admiración, envidia, nos provocan, nos confunden, nos preguntan. Están formando parte de un presente que no puede -y lo intenta, bien que lo intenta- desentenderse de ellas. De las circunstancias, digo, siempre las circunstancias. Y uno. Una. Porque también, como reza el lema feminista, lo personal es político.

Pero cargamos con ello y de la derrota tampoco nos hemos sobrepuesto. Lo cierto es que después del horror de la dictadura en nuestros lares, el advenimiento de la democracia no podía sino llegar con una euforia que -como toda tal- no iba a ser perenne. Aunque podía haber llegado a ser algo más que esa burbuja rápidamente desintegrada en cientos de pesadas gotas después de lucir su brillo intenso y parecer eterna, sólo eso fue (el PI podría ser su mejor símbolo). Los ochenta también son nuestra responsabilidad, sus aciertos, y también y sobre todo su fracaso. Pero no es nuestra costumbre hacernos cargo, sino más bien hacernos los dobolus. Y así estamos.

En los setenta una generación sabía que esto no estaba nada bien y recreándose en un ambiente propicio, como si la mala semilla (la bella y mala semilla) cayera en terreno fértil, intentaron modificarlo, mejorarlo, imaginar otra realidad. El otro Nunca Más es, todavía, ese duelo, el de aquellos mundos posibles. El de, por lo menos, algún otro mundo posible. Algo.


25 mayo 2009

Para una memoria más o menos caótica de una pequeña parte del movimiento estudiantil argentino (porteño, más bien y con perdón) en los ochentas


A Vera, que preguntaba. Y porque quién te dice algo de lo de ahora puede entenderse, también, mirando los ochentas (¿será por vergüenza que le damos poca bola? A mí me da también, pero no sería hora de bancárnosla?). 

[es el pertenecer, es el ser en este breve presente el que me estremece, qué gentes, qué deberes, qué fe -qué fes, je. El creer que de ése presente es menester beber, que desde él se ve éste].

Hacia 1984 la JUI (Juventud Universitaria Intransigente, del PI -Partido Intransigente, y no Partido Insurgente como interpretara un veterano de la revolución cubana cuando leyó la sigla en un Congreso en la isla) ganaba los centros de estudiantes de las carreras más "zurdas" (si en esto se pudiera poner una nota  a pie de página pondría que esa palabra -su significante- ha ido cayendo en desuso, previa transición por una utilización burlona y despectiva): Psicología y Sociología eran dos carreras que dependían directamente del rectorado, es decir, no formaban parte de ninguna facultad (se "amigaban" en eso), y Socio funcionaba en las catacumbas de la Facultad de Derecho con lo cual a la fuerte participación estudiantil  producto de la época, del campo de acción propio de la carrera y de las gentes que reunía, había que agregarle la pelea por un edificio propio que la hacía aún más combativa. Carreras como historia, filosofía y antropología, de la Facultad de Filosofía y Letras (que funcionaba donde ahora funciona parte de Sociales, en Marcelo T. de Alvear 22:30 -Marcelote- y que fuera antes una maternidad -el edificio, no la carrera. A Filo, para que no joda, la exiliaron en un concheto y alejado barrio de la capital) también tenían un movimiento estudiantil muy movilizado y una clara hegemonía de la izquierda (en todo su amplio arco, desde el trostkismo, pasando por comunistas y socialistas, hasta los "nac&pop") en las direcciones y composición de sus centros de estudiantes, con una muy amplia participación estudiantil. Juro que era así (y que la Franja Morada, en una época, formaba parte de un partido que también fue -como ella misma- protagonista de las luchas populares y que a veces, hasta nos corría por izquierda).


Pero el clima de época -yo creo que es necesario tenerlo en cuenta porque... cómo explicar si no todo los que nos compramos. Cómo una coyuntura determinada animada por un "estado de ánimo generalizado" (concepto elemental de la sociomercaditología) dio, por ejemplo, que hasta un año, en socio, ganara la Fede. Qué cosa, che.

[Rubén Garrido fue presidente del Centro de Estudiantes de Sociología en 1985, creo. Pobre. Digo, porque... qué época para los Pcs en general y para el argentino en particular. Una mañana en la facu apareció este graffitti: "de la crisis del marxismo, Rubén es la prueba más contundente". También me acuerdo de un "libertad a los acróbatas chinos", gastando a las consignas internacionalistas de los troscos, de algún grupete tipo Fife & Autogesión, los Vergara o algún sobreviviente de El Bolo Alimenticio].

La política universitaria (como siempre, por otra parte), reflejaba lo que la sociedad toda estaba atravesando: volver a la calle, salir del miedo, organizarse, reconstituirse, autogobernarse. La tradición del movimiento estudiantil en nuestro país fue siempre potente, y parecía imponerse de nuevo una gran movilización suspendida brutalmente en tiempos de dictadura. 

La cosa es que había un clima que iba más allá de lo partidario. La chicana con los compañeros, la camaradería, nos matábamos leyendo y estudiando para poder argumentar. La interacción con los "setentistas" (antes no eran setentistas, antes sólo eran los compañeros más grandes y más experimentados) nos ofrecía la posilibidad de recuperar una voz acallada durante el terror. Algo grande se venía (eso parecía) y queríamos ser parte, discutir, interpelar, intervenir. Llegar al 83 en la adolescencia fue un privilegio, triste consuelo de una generación que cargó como legado con la derrota de los setentas y tuvo que ser parte a su vez de otra derrota.  

Intervenir, venía diciendo. Pero además divertirnos. Organizábamos peñas con otras facultades, Ingeniería solía ser sede de las más divertidas, recuerdo, vaya uno a saber por qué, pero circulábamos por medicina, ciencias económicas y otras. Recuerdo también haber bajado esas interminables escaleras absolutamente borracha y no recordar más nada hasta el día siguiente. Competíamos para ver quién organizaba las peñas más divertidas, pero lo cierto es que atrás de la barra, desde donde vendíamos -e inevitablemente bebíamos- el vino (si ese quebracho podía llamarse vino), estábamos con los compañeros de la JUP (los mismos que cantaban, para chicanearnos a los más zurdos, "ni marxistas ni marxistas: ¡ni-mar-xistas!" parafraseando el célebre cántico peronista) e interactuábamos de buen grado con la Franja, la Fede y hasta los troscos.

Íbamos a escuchar a Markama gratis al hall central del Teatro San Martín y después de escuchar las canciones psicobolches (categoría fundamental del pensamiento social, político y cultural contemporáneo) les pedíamos que se toquen una salsita. No sabían salsa, los pibes.

Recuerdo que adentro de las agrupaciones votábamos a ver quién tenía los flacos que estaban más buenos. Más de uno/a -mirá vos- solía elegir su participación por eso y no era raro -estratagemas de la política- que mandaran a los/las más lindos/as a "captar" compañeros. Creo que lo importante era estar, ser parte de todo eso. Llegábamos a las marchas buscando nuestras banderas (CES, CEA, CEFyL, CEP) y nos alineábamos, arquitectura cantaba en el 83 "arquitectura, contra la dictadura" y veterinaria, más zurditos, pregonaba  su "veterinaria por la reforma agraria". Nosotros, como éramos nacanpóp, cantábamos "sociología, contra la oligarquía". Todos aplaudíamos emocionados a las viejas cuando llegaban a la Plaza.

[El ingenio popular no descansa nunca, en cuanto a cantitos se trata, por estos lares: recuerdo que en el 87 Jorge Sábato fue nombrado Ministro de Educación y le cantábamos, con la música de "Otra vez en la vía", del recientemente fallecido Francis Smith: "queremos estudiar, Sábato. Abajo el Plan Austral, Sábato"].

Aproximándonos a los 90 la UPAU, órgano universitario de la UCEDÉ del chancho Alsogaray, fue ganando espacios cada vez más importantes en las facultades más tradicionales y las no tanto. Fue también indicio de hacia dónde se iba volcando la política y qué sectores comenzaban a retraerse (algunos, para no volver a emerger) y qué otros a ocupar lugares preeminentes.

Nunca más, que yo sepa, hubo fiestas como esas.


29 enero 2009

El inicio del peor año

Mirábamos la tele en la casa de mi viejo, en una imagen que hoy se me hace tan amarga que no puedo terminar de discernir cuánto de mi bajón personal por una posible -y probable- separación influyó, y cuánto la sensación era absolutamente asignable a aquellas imágenes que se iban haciendo nítidas a nuestra comprensión a medida que veíamos salir del cuartel, manos en alto, chicos y chicas como nosotros, que -veíamos y presumíamos- podían ser nuestros amigos, compañeros de facultad, de militancia, hasta nosotros mismos...
En los dibujitos animados el pasmo, el no entender lo que pasa, suele figurarse con personajes frotándose los ojos, como intentando correr un velo que muestra una fantasía que de ningún modo puede ser cierta. Nos hubiéramos restregado una y otra vez los ojos con furia, de haber sido -como en ese momento me hubiera gustado- dibujitos animados. Pero no éramos, no somos. Y por ser lo que somos necesitábamos primero discernir "estos-tipos-no-son-milicos", ir de a poco, ir todo lo de a poco que nuestra esperanza última de que no fuera lo que nos parecía que era demandaba. Y con todo ese de a poco darnos cuenta de que sí era, de que otra vez (y van...) depositar un deseo en una esperanza era estúpido, vano.
42 eran los pibes y 3.600 los efectivos de las fuerzas de seguridad, que tan "efectivos" fueron, como en otras épocas, como ahora mismo, que mataron a 28 y desaparecieron -como señal de que la amenaza de que todo puede volver siempre está presente- a 3.
A veces la historia, los procesos sociales, se "concentran", como si fueran un fluido que de tanto hervir va solidificándose sin perder -sino al contrario- sus propiedades.
El copamiento del regimiento de Tablada fue uno de esos hechos de nuestra historia que concentra, densifica: una política caduca, ya sin ideas, sin recursos. Una clase dominante despojada -y era sólo un atisbo de lo que se venía- de culpa y vergüenza, que recurría nuevamente a la más cruda represión como si realmente se hubiera encontrado amenazada. Una izquierda trasnochada que asumía para sí la representación del pueblo todo, como pretendiendo que nada había pasado a lo largo de la historia o que era posible con ese solo acto, redimirla. Un "progresismo" que se abrió de piernas horrorizado negando a todos y cada uno, echando nafta al fuego para que todo acabase más rápido y pudieran volver a dormir sin culpa, que nunca reclamó en este caso ni verdad ni justicia ni memoria. Unos jueces tan corruptos como lo siguen siendo y que cayeron con todo el peso de la ley -de su ley- contra pibes que en su mayoría nunca habían tocado un arma. Una derecha energúmena, que como tantas otras veces, se frotaba las manos y veía cómo, cual una ofrenda, esta acción les había ofrecido una de las mejores excusas para que ese año 1989 fuera el principio de otra era de mierda en la historia de nuestro maltrecho país.

26 enero 2009

Cierto humor (registrado)

Pensaba, recordando la charla con un amigo, qué personas o factores de mi educación o formación habían influido decisivamente en mi ideología (en un sentido amplio, qué se yo...) actual y debo decir que una circunstancia casi fortuita hizo caer en mis manos un destino que probablemente no haya sido -él mismo- fortuito, pero estoy segura de que al menos no hubiera sido exactamente como fue. 
He aquí los hechos: mi viejo era un tipo sencillo, calmo y chistoso. Chistoso de esos que hacen chistes bobos como al pasar, con esa profundidad que ninguno de nosotros podía adivinar conciente, aunque algunos a veces lo sospecháramos. Le gustaba llegar al chiste bobo como coronación de cualquier escena, incluso las más impensadamente trágicas o tristes. 
Que mi viejo cayera en casa con una revista de chistes no era por tanto cosa de extrañar, digamos que no nos hubiera cambiado ningún código. El hecho fortuito en todo caso, era que él no sabía (al menos al principio) que esa revista no era estrictamente una revista de chistes. Porque mi viejo, además, era un tipo al que particularmente la política y la cultura no le interesaban. Jamás, por ejemplo, le escuché hablar una palabra en contra -ni a favor, debo reconocerlo- de los milicos y en casa no había libros salvo la Salvat de 12 tomos y alguna Selecciones.
Debe haber entrado por muchas puertas de la misma manera, supongo, la revista Hum®. Lo cierto es que en los años de la dictadura la revista nos abrió un mundo a los adolescentes de entonces, sobre todo a quienes teníamos pocas posibilidades de zafarle al negror....
Quizás esa misma puerta grande e incierta haya permitido que los milicos la dejaran pasar al principio, y después fuera tarde para matarla, de cualquier modo su persistencia en esos años no dejó de ser un misterio... 
Lo cierto es que seduciendo su portada de un modo casi insolente desde el kiosco de revistas, las caricaturas de sus tapas, las historietas de su interior (inolvidables las tapas de su director Andrés Cascioli, por ejemplo, o las excelentes historietas de Grondona White, Altuna, Trillo, el yorugua -como su nombre lo indica- Tabaré, entre tantos otros grosos de la historieta) y un poco más tarde -después obviamente de devorar cada una una de las páginas con dibujos- la política, la buena literatura, la música, el movimiento de derechos humanos, nos hizo conocer un mundo que para muchos de nosotros hubiera -como mínimo- demorado  en aparecer.


Vaya entonces este reconocimiento -generacional, hasta podría decir- a esa gentusa que de alguna manera nos ayudó a ver caminos cuando la realidad sólo parecía mostrarnos paredes.

21 noviembre 2008

El enemigo interno

25 años de democracia, para un país como el nuestro, no son joda. No será para decir "¡guau!" porque la verdá la verdá con sólo salir a la calle uno se da cuenta de que en general esto no está nada bien. Pero no deja de ser un número y más para quienes tenemos la desdicha de tener más de cuarenta.
¿Qué defendemos y qué ignoramos de estos años? ¿Quiénes y de qué nos hacemos cargo, o en qué determinados momentos miramos para otro lado cuando se nos presentan algunas cosas y exacerbamos otras para resaltar nuestro mérito, o elegimos algunos hechos/acontecimientos/pertenencias, como siempre estamos obligados a, pero maliciosamente, arrogantemente, indiferentemente, argentinamente?
Veinticinco años malvividos, con una democracia sufrida, golpeada, atacada, despreciada, maltratada. Evidentemente también sostenida, llegando medio como un trapito y tratando de recomponerse, reconstituirse. De taparse los agujeros. Con sus méritos y deméritos en ese sostenimiento.

¿Y qué vamos a hacer nosotros, tan argentinos como somos, con estos veinticinco años, si es que pensamos hacer algo?
A lo mejor estaría bueno pensarlo tratando de recordar qué pasamos, qué hicimos, qué dijimos, qué ignoramos, qué pensamos desde aquel tiempo a esta parte. 
Hay datos de la realidad. Hay coyuntura. Hay contexto nacional e internacional. Pero hay nosotros también, con nuestras circunstancias.
Hechos históricos, procesos, personas, productos, lo que hicimos o lo que dejamos de hacer: la dictadura y sus horrores, las marchas de la resistencia, resistir a la dictadura, "ajusticiar" a los compañeros, mirar para otro lado, la violencia política, el movimiento de derechos humanos, la guerra de Malvinas, su aplauso y repudio, Firmenich, el Juicio a las Juntas, los levantamientos carapintada, Alfonsín, la dirigencia sindical corrupta y encriptada en el Estado, las leyes de impunidad, las crisis políticas y económicas, Miguel Bru, las obras sociales y las AFJP,  pedir mano dura, la corrupción, el senado y sus coimas, De la Rúa, la maldita policía, los piqueteros, la clase media gorila, el fascismo cotidiano, los marginados, el indulto, la marcha contra el indulto, la crisis educativa, yo-siempre- apoyé-la-educación-pública, el paco, los saqueos, los negros de mierda, lo que decimos que somos: un pueblo combativo, trabajador, resistente, el irrespeto por derechos básicos, romper asambleas, votar a Menem, Menem, estar a la cabeza de las movilizaciones, la universidad de los trabajadores, el autoritarismo cotidiano, olvidarnos de Cabezas, la xenofobia, cacerolear por nuestro propio culo, en-Argentina-no-hay-racismo, la nula institucionalidad, la justicia opaca, la injusticia eterna. 
Ah, ¿era esto?
Lo cierto es que esto que tenemos es producto de aquellos años y algo que ver tuvimos: sus resistencias, sus luchas, pero también su derrota. Sobre todo su derrota, porque sin reconocerla, ¿cómo concebir otros caminos?
Pero pareciera que esto de errar eso no está en nuestra naturaleza, es decir, no fracasamos (de ahí que no tenga sentido la autocrítica). Peor aún. Nos cobramos el fracaso como si fuera un triunfo, porque así somos, porque está dentro de la lógica de lo que es nuestro "ser nacional"- pretender el mérito sin asumir error alguno, además de -el deporte nacional- diluir las propias responsabilidades en una supuesta "responsabilidad de todos". 
La democracia volvió porque la recuperamos, ahora si esta democracia es una mierda no será culpa nuestra, viejo. 


22 agosto 2008

Socio 1

Se cursaba sociología en las "catacumbas" de la facultad de derecho. Marginetas adentro de un edificio que cuando entrábamos desde la calle Libertador se nos imponía realmente como Claustro de Altos Estudios (mayusculísimas, si las hay, se puede clickear en la foto para dimensionar) y parecía gritarnos que no pertenecíamos allí. Eramos fácilmente diferenciables de los estudiantes de derecho, que acostumbraban peinarse, por ejemplo.
Había unas pocas aulas en las catacumbas. Bajábamos unas escaleras lúgubres con lamparitas de 60 watts colgando inciertas del techo, manchas de humedad devenidas goteras con el transcurso de los meses y olor al tono. Tres pasillos conformando una "U" nos malvenían día a día en ese ambiente, donde las aulas tenían sillas rotas y pizarrones inútiles cuando los docentes no recordaban llevar sus tizas. Borrar, de última (por más que a mí me eriza la piel y me da frío en los dientes), siempre se puede borrar con la mano.
Un ambiente extraño en los tempranos 80, donde casi cuarentones que habían tenido que dejar la carrera cuando la repre, retornaban. Donde mocosos que recién asomaban la cabeza a luces nuevas apartándose el manto tenebroso de la dictadura, salían a la vida adulta, a la universidad, al sexo. Y a la política. Extraño ambiente donde la política estaba a flor de piel día a día, donde -quizás como herencia, quizás como resaca- veíamos en ella la única opción posible de transformación social. A nadie se le hubiera ocurrido como ahora, por dar un ejemplo de lo más actual, pretender deslegitimar una protesta porque está "politizada".
Dependía directamente del rectorado, socio. O sea, no tenía facultad. En el '83, todavía, había que hacer un curso de ingreso donde en filosofía el texto fundamental era la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. En el examen de ingreso me cambié temblorosamente de tema, porque sabía más del 1 que del 2. Entramos cerca de 200.
Teníamos un profesor de Introducción a la sociología que se llamaba Enrique Pistoletti. En serio. Personaje nefasto de la dictadura que continúa consecuente bajo las alas de sindicalista municipal no menos nefasto Amadeo Genta, solía darnos miedo y explicarnos impacientemente por medio de su propio manualito de introducción a la teoría sociológica (un repelente librillo de unas 100 páginas, que teníamos que comprar), lo equivocado que se demostró científicamente que había estado Carlos Marx (no puedo creerlo. Entré a Mercado Libre pensando que seguro estaba la foto y me encontré.... ¡¡¡¡al mío!!! vale diez pesos. Creo que debería recuperarlo).
Aunque es cierto, en el ´83, todavía, no se lo nombraba mucho a Marx.
Hacíamos movilizaciones por el edificio propio e inventábamos unos cantitos, como el que decía, con la música de "fumando un puro, me cago en Aramburu":
"En una silla, me cago en Cuevillas
y si se enojan, me cago en la de Ruiz.
Y si se siguen, se siguen enojando,
me cago en Pistoletti
y en Tecera de Franco".
Todos ellos eran profesores que habían tenido un rol importante en la carrera cuando la dictadura militar.
Y otro, que hasta donde me acuerdo, decía:
"Cuevillas, puerco y cochino,
esta semana te pedimo´el edificio.
Si no nos das respuesta ya,
la otra semana tomamo´la facultad.
No tenemos profesores,
ni aulas tenemos ya
[...]
esto no se banca más".

18 agosto 2008

Rafaela en la ruta

La onda era hacer unos cedés ruteros, de esos para viajes largos, cantando a viva voz canciones de Julio Iglesias, Camilo Sesto, Nino Bravo, Nicola di Bari, Dyango...
Laura me contaba que a algunos de ellos los escuchaban sus viejos. Y me acordé de que el mío escuchaba a Rafaela Carrá.  Y ahí encontró ella este video, imperdible. 
Lo de Capusotto no es genio, viejo. Es plagio.
Qué grande Rafaela.

Me detendré en este breve presente. Merece verse

La onda era hacer unos cedés ruteros, de esos que -como más o menos le escuché decir a Guille- "cuando volvés el día del niño a las 7 de la tarde por la Panamericana a paso de hombre, no te importa, sólo cantás" y buscar temas de José Luis Perales, Julio Iglesias, Nino Bravo, Miguel Bosé, Manolo Galván, Camilo Sesto, José Ángel Trelles (ver "las calles y sus nombres, acá al lado) y tantos otros. Me contaba Laura que a algunos de ellos los escuchaban sus padres y me acordé de que mi viejo escuchaba a Rafaela Carrá. Este video que encontró no tiene desperdicio. Lo de Capusotto no es genio, viejo. Es plagio. Me detendré en este breve presente. Merece verse.

16 agosto 2008

Los nac & pop

El Partido Intransigente se decía un partido nacional, popular y revolucionario. Sesgo identitario que adquirieron varios partidos y movimientos políticos de la época, herederos de algún peronismo, no todos, sólo el nacional, popular y revolucionario que no podría con exactitud decir cuál es (años más tarde, el mismo MTP -"Movimiento Todos por la Patria"- retomó aquellas banderas coronándolas trágicamente en su acción de Copamiento del Regimiento 3 de Infantería de Tablada en 1989) y que aún hoy (también en su caricatura) obtiene su melancólico reconocimiento tras la sigla "nac&pop".
Signo propio de la post-dictadura, el Partido Intransigente agrupaba ex-militantes setentistas, nuevas generaciones de jóvenes que recién se hacían a la política y viejos punteros que, después de las más que retardadas acciones de la "Multipartidaria" pretendían volver a ocupar su puesto en una política que parecía, por fin, renacer de las cenizas.
Claro, visto ahora yo también digo "cómo querés que saliera algo bueno". Qué piolas.
Pero cierto es que en los primeros años de la democracia, configuraba un espacio político plural, interesante, hoy diluido, inexistente y peor (¿o mejor?) aún, irrecuperable.
En el año '83, en el PI, se cantaba:
"Somos la patota del doctor Oscar Alende. Largue todo y venga volando que se está gestando la revolución" (éramos taaaan boludos)
"Rojo y negro en Nicaragua, rojo y negro en Salvador, rojo y negro Intransigente para la liberación" ^^
"Alende, Alende, Alende no se vende", a lo que algún grupete malintencionado respondía "se alquila, se permuta, viejo choto hijo de puta"
Y otras.

05 agosto 2008

Dos fantasmas

En esa época el fantasma quizás siguiera recorriendo el mundo, y aunque ya anduviera "ladeao..." la dictadura terminaba, era la época del "sevacabar" y "el pueblo unido", que jamás, jamás sería vencido.

Lo que se venía no podía más que ser bueno. Y nos sentíamos libres, militábamos, cogíamos mucho y sin forro (¡¡sin forro!!) que era el otro "se va a acabar". Nuestros ochenta en mis veinte, por estos lados.
Y en mis cuarenta nuestros dosmil y sólo un inofensivo fantasma caricatura de aquél, al que miramos melancólicos pensando lo boludos que éramos.