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06 marzo 2012

Cosas de archivos

Si es por pensar cosas sin mucho rumbo, la cuestión esta de los archivos es toda una cuestión, si me preguntan.
Porque si te ponés a pensar un poco, parece una boludez, pero no es. Es un gran tema. Alto tema. Sobre todo estando al dope.

Porque se le puede entrar por ejemplo por el lado de la informática, pongamoslén. Un archivo del guor, podría ser, o del exel, o jotapegé que todo el mundo a estas alturas debe saber lo que es, supongo, o soy yo que vivo en una burbuja, aunque no importa eso ahora. Un archivo es un lugar donde se guardan datos, cosas, cositas, o es el dato propiamente dicho, y entonces es un tema importante. No por nada la gente te pregunta, seria: ¿vos tenés backup de tus archivos? En los laburos te joden con los archivos y vos te la pasás tranfiriendo archivos de un lugar a otro,

[Archivos de música, por ejemplo, sobre los cuales extrañamente ejercías fuertemente tu derecho a la propiedad privada, pasaron a ser parte de una masa informe que no te importa poseer, porque está allá al alcance de la mano. Si no te pasó dale tiempo, ya te vas a desentender del pequeño-burgués propietario que llevás adentro y querrás desprenderte de tus archivos digitales en formatos materiales. Te darás cuenta, pequeño saltamontes, que no los necesitas (está bien, está bien, yo también guardo románticamente discos de pasta y también escucho cassettes en mi equipazo que tiene lector de mp3 y cassettera -simple, eso sí-) y podrás prescindir de ellos como podemos prescindir de tanto otro objeto inútil. Será un paso hacia tu liberación].

tenés archivos subidos en algunos lugares, otros guardados en cedés, algunos algo inútilmente escondidos, muchos ocupando espacio de una manera inerte, destinados al baúl del altillo de Mis documentos. Pero ahí, justo ahí, los archivos digitales.

Otra es la cuestión de los archivos como esos lugares físicos, sitios, que guardan documentos y el propio conjunto documental, la acepción más tradicional, o vieja, qué sé yo. Cosa apasionante, si las hay, los archivos, de mis contadas pasiones: bucear entre papeles viejos, ver fotos, leer escritos de otras épocas, espiar relaciones, comprobar estados, percibir coyunturas.
Casi como el Feis, diría un voyeur de estas épocas.
Aunque estos lugares archivo suelan tener polvo, ácaros, hongos y otros incidentes menores, nada se compara con conocer el archivo: su presencia, su persistencia, su canto a grito de quiénes fuimos, quiénes somos, quiénes son, más allá de lo que digan. Conocer un archivo es asomarse a la historia como espiando, enterarse e indagar un poco más y un poco más, por vulgar curiosidad. Altamente recomendable como inocuo ejercicio del voyeurismo. Ni que hablar de hacer algo útil con eso también, por qué no. Hay gente pa todo.

Está el mueble de archivo también, y la caja archivo y todo lo que a los legos nos parezca aludir a un lejano universo jurídico, o contable, o burocrático, toda esa cosa de la que nosotros los hippies bohemios estamos tan lejos, y entonces caja azul de archivo nos suena algo aburrido, y ni te digo el mueble ese de la chapa inmunda que guarda unas carpetas colgantes que si son de las viejas de metal tenés que entrar a manipularlas con la antitetánica, según reza el contrato de la ART. Si me habré cortado. Esas -se llaman, no sé si dije, putas carpetas colgantes- van adentro del mueble ese archivo que decíamos al principio, no sé si mesplico.

Archivar también es dar por terminada una cuestión (después de haber dicho suficientes boludeces), así que.

03 febrero 2012

Lo que el tuiter te saca

Amigos, ganas de leer cosas largas, ganas de escribir cosas largas, el horror a leer cosas mal escritas, el interés por la gente que parecía interesante, la ironía, la capacidad de argumentar, la emoción, la percepción, la humildad si la hubo, el interés por los blogs donde habitaban los amigos, las ganas de leer cosas largas, las ganas de escribir cosas largas y el horror.
Y sin embargo.

13 enero 2012

Si nosotros

O Meu Guri by Chico Buarque on Grooveshark

Seguro que se juntan ahí porque el andén es grande y hay más gente, o porque es un andén central y pueden ir y venir más fácil o porque esa estación tiene baños. Seguro que por eso ellos se juntan ahí.
Yo los voy conociendo de a poco, segundos sumados mañana tras mañana y tarde tras tarde, ida y vuelta, mañana y tarde, mañana ida, tarde vuelta y así, en ese cotidiano trasladarse de lugares como si algo de eso fuera propio de la condición humana, como si ir y volver fuera tan natural, como si fuera natural Buenos Aires y sus gentes o viajar por debajo de la tierra.
En esa estación, que es doble, el subte se detiene algún segundo más.
A ver quién se anima a definir qué es una familia en qué épocas, en cuáles circunstancias. Ellos: siete, ocho, nueve reunidos, zaparrastrosos algunos, más dignos otros, en el banco de la estación de subte. Conversan, se tocan, se chicanean, ríen y son hombres, mujeres, niños, púberes, adolescentes, embarazadas, viejas sin dientes, payasos reales, tránsfugas, atorrantes, pobres de toda pobreza.
A ver quién tiene el coraje de hablar de identidad entre parias, lúmpenes y marginados, quién hablando desde dónde puede decir ellos son qué.
Tiene no más de tres años y se acerca peligrosamente al borde del andén. De nada sirven las miradas horrorizadas y reprobatorias de las chicas, las que van a trabajar a sus oficinas o bancos o empresas de marketing, las que hacen ruido con las pulseras o se maquillan cuando van sentadas. Llega el tren a la estación y el nene sigue acercándose al borde, torpemente, y las mujeres se escandalizan con esa su madre que lo parió que no lo está vigilando en este mismo momento, que qué horror, que dónde mierda está por el amor de Dios.
Esto pasa muchas veces, muchos días, como si fuera una obrita ensayada por ellos para el horror. Funciona, y ellos parecen todos los días iguales a sí mismos, como si el tiempo no pasara y las mujeres niñas no se embarazaran y los viejos no murieran y los niños no murieran, o la gente no se quedara en la calle, sola, a veces.
Todos, los unos y otros que viajamos en el vagón del subte nos transformamos en uno cuando el tren se detiene en esa estación y somos ellos y somos nosotros, tan claramente distintos, nosotros tan parecidos entre nosotros remeras baratas o anillos de cierto valor, laburante obrero o de oficina. Nosotros tan distintos hace unos metros, unos segundos y tan parejos ahora frente a ellos, que son ellos.

14 diciembre 2011

De rencores, nostalgias y otros tangos

Que la vida pasa puede ser novedad sólo para niños, adolescentes, o adultos adolescentados eternamente. Que cuanto más pasa menos queda quizás sea la verdad de un momento reflexivo que muchos prefieren ignorar o negar, aunque negar la realidad no la cambie, pero también esa idea puede ser negada y qué carajo. Que nuestra idiosincrasia -la argenta- sea más bien melancólica es un hecho que basta mirar para entender, porque en Sudaquia la vida se sufre, los amores son tormentosos y la realidad es opresiva.
Pero igual puedo morirme mañana. Feliz.
Good show.

09 noviembre 2011

Historia de estación

That Song Abouth The Midway by Joni Mitchell on Grooveshark 

Yo la había mirado antes de que se pusiera a llorar, por esas cosas que atraen de la gente, una mirada, un aspecto particular, su entorno, o tres personas que parecían venir a despedirla. Tras todos ellos (me pareció) pero sobre todo tras ella, casi aparecía dibujada la historia interesante, incluso antes de que se pusiera a llorar, no sé si por los ojos o qué. Ella sólo me miró más tarde cuando, sentada en el primer asiento de arriba del ómnibus de dos pisos, despedía a sus acompañantes, un hombre y una mujer de su misma edad y una chica que podía ser su hija, pensé. Quiero decir, lo que cuento no es una historia entre nosotras, aunque me hubiera gustado: sólo aparecí en su campo perceptivo cuando saludé sonriente, despidiéndome también de un amor, como su grupo de tres, despidiéndola a ella, en la estación de Retiro. Recién ahí me miró. No me sonrió a mí, sino al tipo que se quedaba abajo, y seguramente el destinatario de esa tristeza que se llevaba al viaje, me parecía. Lo miraba como si esperara salir de escena para explotar en un llanto y preguntarse por qué: no poder dejar todo allá y quedarse, no poder tener veinte años menos, no haber sabido hacer las cosas de modo de que hoy, ahora, desde arriba, no hubiera que llorar así, y, quién sabe, poder despedirse sonriendo como esta vez nosotros, meu amor y yo, sabiendo de nuestra próxima vez juntos.

La intuición (esto me lo contó él, su compañero de asiento y sentires durante las 15 horas de viaje) y no la convicción, la habían hecho apartarse veintisiete años atrás desde esa misma estación, saliendo hacia Santa Catarina con su flamante marido y del cual, unos meses más tarde, se embarazaría de Tomás. Y que no era él, mi vecino eventual de estación de Retiro ("rodoviaria", quizás diría ella después de tantos años de curtir la cultura brasileña), que despedía a la señora llorando sin importarle hipos, mocos, o ridículo: todavía somos jóvenes, vos querés tener hijos, esto no da para más, podemos probar otras gentes, otras realidades, otras vidas cotidianas, le dijo él, ese señor de barba lloroso a mi lado, veintisiete años antes. No había venido como hoy a despedirla, porque ella no se iba sola, porque no sabía si en todo caso le hubiera permitido irse, porque la amaba profundamente y pensaba que le estaba haciendo un favor. Cuántos errores vitales o cuántos aciertos podríamos reconsiderar si tuviéramos nuevamente la oportunidad, y sin embargo nos condenamos por naturaleza siempre a encrucijadas novedosas, inéditas, inescrutables. Un fragmento en un espacio de tiempo que nunca es igual a sí mismo, que nunca es, igual a sus ojos cruzándose con un amor intenso como quizás no lo fue, diciéndose te amo te amo te amo, como nunca amé a nadie, como nunca te amé a vos mismo, a vos misma hace veintisiete años.
Tomás y después Gabriela, hijos llenando momentos y distrayendo, y amores, idas y vueltas de la vida, trabajos, días. La vida misma para ella, o una serie de fragmentos incongruentes e inocuos para el cosmos.
Como fuera, el encuentro en Baires fue casual.
Se vieron desde lejos y los ojos achinados y sonrientes de él despertaron en ella la sonrisa. Repitieron sus nombres varias veces, primero en tono de pregunta, acercándose, y más tarde exclamándose, reconociéndose, añorándose. No se separaron hasta ahora, cuando quizás -de nuevo- se preguntaban cómo se hace, carajo, cómo se hace.

Todos tenemos nuestras novelas. A mí me gustan las que se cuentan solas.



25 septiembre 2011

Ideas, torturas

La de la brevedad de la vida, la de no poder morirse cuando se quiere, cuando hayamos hecho nuestra revolución o hayamos sido felices o de puro embole, o cuando finalmente haya aprendido a bailar. 

La de nuestra paradoja social: dejar de ser iguales en el momento mismo en que nos escupen al mundo y estar obligados a la convivencia social. Ser la expresión misma de la injusticia.

La de la precariedad del amor, me perdonen románticos, enamorados, creyentes, persistentes, divulgadores, apologistas, novios, ex novios, amantes, esposos, adolescentes, amigos sensibles, poetas, músicos o guionistas de novelas.

La de la eterna suspicacia: nos mienten, conspiran, esconden, omiten, eluden, evaden, inducen, engañan, siempre, todo el tiempo, en todos lados, a todos los niveles, ellos.

La de nuestra tendencia a arruinar las cosas: en lo personal, en lo social, con el medio ambiente. Si no hay guerras inventarlas, si estamos tranquilos sobresaltarnos.

La de que la humanidá está cada vez más al borde del colapso. O capaz que eso es por eso de la globulización, váyase a saber. Hoy es mucho más fácil ser un cretino o un genocida, por ejemplo, y los efectos son más inmediatos y pueden ser más masivos,

la de nuestros variados motivos para la supervivencia o el suicidio,

la de nuestras faltas: humildad, conciencia de especie, amplitud de mirada, perspectiva.

La de poder dormir profundamente cada noche.

 
"La vida es un soplo", Fabiano Maciel y Sacha, 2006, fragmento.


[Para Fede, que acaba de estrenar profesión.
Y para Guile que pide posts … ¡¡con texto!! -valga la intención-]

18 julio 2011

Cosas que pasan en un viaje II

-Ochocientos diez pesos, -dijo ella. -Por si no te acordás, te dí ochocientos diez pesos.
-No tenemos que hablar de esto ahora. Pero no.
-Yo sí tengo que hablar de esto ahora. ¿Cómo que no? ¿Cuánto te dí?
-¿Si no qué? ¿Se acaba el mundo si no hablamos de esto ahora? Quinientos me diste. Quinientos diez.
-Sí. MI mundo se acaba si no hablamos de esto ahora. Está bien, ahora me estás robando.

Discutían así, dos cosas simultáneamente, como si tuvieran cierta práctica. La línea E del subte suele ser muy ruidosa, pero quedé frente a ellos cuando las puertas se cerraron. Era imposible no escuchar. O moverse.

Sus frases eran breves, de una ira contenida quizás por mi presencia involuntaria. Rondarían los cuarenta, pero ése y otros detalles los fui viendo después. Otros los fui inventando por diversión o gajes del oficio, por ejemplo que ellos no suelen tomar el subte a menudo, o que no viven juntos. Clasemediaporteñapropietaria. Ufff.

Antes de todo eso lo que sentí fue la voz de dos personas, hombre y mujer, que discutían en voz baja.

-Acordate, te di ochocientos diez del piloto que le regalamos a tu papá.
-No voy a discutir esto ahora. Y no fueron ochocientos diez.

No debe haber sido, o capaz que sí y yo estaba justo ahí, yo sentí como una cosa física. Quizás sea cierto lo de la vibra, lo de las ondas, sentí como si un impulso eléctrico los atravesara. O quizás los sentimientos cuando son muy profundos se hacen carne. Estas últimas frases las dijeron entre dientes, con una rabia intensa como pocas veces presencié.

-Entonces ¿sabés qué?, -dijo ella furiosa, y abrió su cartera. Tuve que apartarme un poco.
-Tomá, -le dijo, y le puso unos billetes en la mano, -ahí tenés entonces.

Tanta violencia en tan poco espacio, con tan poca libertad de movimiento, sin posibilidad alguna de gritar.

En La Plata se bajó bastante gente. Su ropa era fina, pude ver.


Él le tomó la mano, le apretó la muñeca.
-Guardate esto ya.
-No, si te lo debo, tomalo, -y le metió la mano con los billetes en el bolsillo del piloto. Lindo piloto, tenía.


Apartó la mano de ella con los billetes. Se había puesto feo en serio. A mí me hubiera gustado ver los billetes desparramándose alegremente frente a la mirada atónita de todos, pero no. Ella los tenía bien agarrados. Y en un gesto altanero soltó su mano, abrió su cartera, su billetera, colocó los billetes y cerró todo, de una manera tan brillantemente sincronizada que apenas terminó, las puertas se abrieron y ella salió, diciendo:
-No nos debemos nada.

La escena fue patética. Pero qué salida.

26 junio 2011

Vueltas

Hasta que un día, redepennnte, se da vuelta otra hoja.
Qué lo parió.

22 mayo 2011

Comentarios desatinados

Si las torpezas se midieran en términos de la vergüenza que dan, la de hacer comentarios desatinados debería estar en uno de los primeros lugares, al menos para mí, que tengo varios otros problemas conmigo.
Siempre admiré a la gente que reflexiona antes de hablar, que se toma su tiempo, hace una pausa y después interviene con calma, seguridad, sabiendo lo que dice. Odio reconocer que no es mi caso . Me digo y me repito una y otra vez que debería ser más cauta y más calmada, me reto: "callate la boca", "pensá antes de hablar" y cosas de ese estilo, inútilmente: una y otra vez vuelvo a largar las cosas sin pensar, a decir lo primero que mis neuronas elaboran.
Desde chica, tengo recuerdos de haber sido involuntariamente impertinente, tengo una larga e ininterrumpida carrera en el decir de zandeces que me avergonzaron -la mayoría de las veces casi instantáneamente, hasta incluso antes de terminar de decirlas- y frecuentemente avergonzaron o enojaron a mi interlocutor, logrando que -si hasta ese momento venía pasando inadvertida- todas las miradas se posaran sobre mí.

I
Cursando mi quinto grado de primaria, la odiosa señorita Sofía resolvió mal un cálculo en el pizarrón y cuando le marcamos que había un error dijo: "-yo sabía que estaba mal, lo que pasa es que me hago la tonta", agregué, sin siquiera pensarlo: "-se hace lo que es".

II
Casi un año sin cruzarme con Alberto, un cumpa de facultad, viendo que le había crecido notoriamente la panza, se la palmeo diciéndole "-¿qué hacés, che? mirá cómo estás, ¿vos siempre cogiendo abajo, no?"

III
-¿Qué están, repartiendo droga? -les grité en el pasillo de la facultad a dos compañeros, que en ese momento se "transferían" un porrito.

IV
La novia de un amigo que conocíamos ese día, comentó que ella leía casi exclusivamente en el baño. Yo creo que ni la dejé terminar y largué: "-pero entonces, o cagás mucho o leés poco..."

V
-Yo uso 90 de corpiño, -dijo Blanca, la pareja de otro amigo.
-Pero después de hacerte las tetas ¿no? (dios!)




-

29 abril 2011

Una edición en papel

Yo sólo cumplo años, pero la grossa es Guille, que me regaló esto.
Me da cierto pudor tanta boludez escrita durante unos años "plasmada" en un libro (lo virtual tiene la propiedad de ser más versátil), pero la edición artesanal quedó es-pec-ta-cu-lar.
Gracias de nuevo, Gui.

18 abril 2011

Cosas que pasan en un viaje

-Parece que seguimo así hasta Virreyes, -dijo el de traje y se rieron el de remera deportiva y la mujer que había quedado parada al lado mío cuando el subte cerró las puertas. No estaban cerca entre sí y yo trataba pero no podía encontrarles el denominador común: puestos distintos en una empresa, trabajadores de una galería, el cadete y los abogados, gente que siempre coincide a la misma hora en el mismo viaje, pero no, nada de eso encajaba bien, por edad, vestimentas, ondas.
Cómo nos compartimentamos, las personas.
-Ya te dije, Kevin, tenés que cambiar de actitud (le gritaba al Blackberry)
Me di cuenta de que esa voz femenina y algo estridente podía ser la respuesta cuando otros en el mismo vagón se buscaron las miradas. La situación me preexistía, preexistía a la estación Jujuy del E, quién sabe si no vendría de la misma Bolivar, pensé, aunque inmediatamente me pareció exagerado.
-Vos tenés que cambiar de actitud. Así, con esa actitud no vas a ningún lado, ya discutimos eso.
No hacía falta escuchar durante mucho tiempo para darse cuenta de que esas frases se iban a repetir a lo largo de toda la charla entre la chica del subte y Kevin. Y seguramente fueran las mismas al comenzarla, pongámosle Independencia, para darle tiempo a la gente a miradas, sonrisas, complicidades. Kevin bien podría estar escuchando lo que ella le recriminaba, o haber dejado el celu lejos de su escucha.
-Actitud, dijiste, tu mamá, conversar, reflexionar, actitud, futuro, cambiá, cambiá. Ningún lado, -siguió diciendo, indistintamente, incansablemente.
-Parece que Kevin no quiere entender, -opinó, el de remera que se había reído cuando el de traje dijo que parece que seguiríamo hasta Virreyes. Y un gordito, petiso, sonriente, dijo: -a ver cuál es, - y se acercó unos pasos a la voz estridente.
La gente del vagón, los primeros espectadores, nos invitaban a los nuevos a presenciar el acto.
-Vas a tener que pensar muy bien las cosas, porque con esa actitud no vas a ir a ningún lado.
Urquiza, Boedo.
Hablaba, se enojaba, parecía que la situación se extremaba. La chica exaltada, nosotros mirándonos, sonriendo, algunos hablando por lo bajo y uno:
-¡Kevin, hermano, cortale por favor!,
El chico lo gritó, desde lejos, hasta dónde había llegado la audiencia. Las sonrisas devenidas risas de todos instigaron a los más chistosos o corajudos. -Kevin, mejor andate ahora, todavía no es tarde, -Kevin, me parece que esto no está bien, algunas guarangas y otras que no escuché. No creí que Kevin pudiera escuchar todo eso desde su celular.
Cortó.
Creo que ninguno de nosotros podía haberla descripto, porque ninguno se animó a mirarla directamente. No se podía, lanzaba chispazos por los ojos.
Avenida La Plata.
El gracioso de remera y el de traje sonrieron más cuando se paró, pero en cuanto empujó y se paró adelante, otro dijo:
-¡Eeeeh, todos bajamos!
Yo lo ví en cámara lenta, por eso lo puedo contar. La mujer volvió lentamente la cabeza, su pelo rubio se movió despacio y dijo, con furia: -Perdón, ¿VOS ME HABLASTE A MÍ? (lo dijo en mayúsculas, yo estaba ahí).
Ni siquiera sé con certeza si era joven o vieja, podía jurar que tenía voz de joven pero me aterraba mirarla.
El chico primero puso cara de boludo, como si no fuera a decir nada. Cuando la mujer repitió la pregunta, el flaco farfulló: -Dije que todos nos bajábamos, que pidiera permiso.
-YO PEDI PERMISO, -dijo, a los gritos, como si fuera a pegarle.
-Ahora sí pidió permiso. Pase, por favor, -dijo el pibe y todos estallaron en carcajadas.
Como cuando uno siente que quiere más a su pareja, o a su mamá, o es mejor persona, cuando presencia peleas de otros, las estaciones que me quedaron hasta Varela transcurrieron en un sosiego mayor al de otros viajes.

07 marzo 2011

Ecología urbana contemporánea, una mirada de clase

De la falta de educación lo más notorio era cómo se llevaba cada objeto a la nariz y lo olía, sin pudor (el olfato debiera ser por naturaleza el más púdico de los sentidos, ninguno como él tiene la capacidad de adentrarse en intimidades sin intimar realmente, sin inmiscuirse pero conociendo), una agenda vieja, no sólo la sacaba de la bolsa de plástico y la miraba de un lado y del otro, la abría, la leía con dificultad: "tía Ele... E... Ele... na" y  su número de teléfono. Y la olía, como si pudiera oler a través del papel viejo y despreciado algo del olor de la tía Elena, cuando era joven y hermosa. Y olió lápices y otros papeles viejos, y cassettes y leyó y olió y apartó delicadamente su selección en un canasto improvisado en su bicicleta. Miró hacia la casa unos minutos y se alejó silbando.

De la mugre lo que más llamaba la atención eran las crenchas: se rascaba con el dedo roñoso la cabeza, casi con delicadeza, buscando el punto exacto en el que -probablemente el piojo- había dejado su marca. Miró cada libro con detenimiento, como si los estudiara. Nadie más que él podía haber establecido el criterio de su selección tan heterogénea, pero allí estaba la pilita apartada de libros, papeles de regalo y cassettes que guardó en la gran bolsa de plástico.

Del aspecto lastimoso, que tanto afea a nuestra bonita ciudad, lo más decadente era su ropa. Un pantalón mugriento y rotísimo, una camisa sólo cerrada por un botón que dejaba ver su panza y en los pies algo que en algún momento fueron zapatillas. Aunque lo que lo hacía peor que los otros dos no era su aspecto sino el hecho de haber llegado tercero. Sus antecesores habían seleccionado lo que consideraban mejor partida, y aunque probablemente su selección podía haber sido distinta, llegar al lugar cuando las cosas ya habían sido revueltas por otros era una especie de derrota. Quizás por la dificultad para ir por la calle empujando un changuito de supermercado, quizás porque sí había llegado primero en otra calle.

Cada nuevo peatón, ciclista, conductor de sulky o empujador de changuito pasó, durante toda la mañana, y seleccionó objetos de la caja que ya era desperdicio para alguien que la dejó en la calle y dejó un nuevo desperdicio para otro que sin embargo olió y realizó su selección también y así, hasta que sólo quedó un retazo de cartón sobre el que el mismo perro vagabundo, que siempre cagaba encima de las plantas, dejó esta vez su sorete, educadamente.

El tipo se quedó mirando por la ventana esperando que la tierra termine de absorber esa porquería.

05 diciembre 2010

De las cosas que hay que hacer en la vida

Obligados o porque queremos. Con onda o amargura, a veces con desesperación.
Por la edad o la época.
Porque no da el cuero. O mejor, porque apareció una oportunidad. Por puro placer, también.

Siempre hay cosas que hacer en la vida, cosas frente a las cuales tenemos que movernos, actuar, resolver: trascendentes, odiadas, adoradas, indiferentes, inocuas, deseadas, insignificantes. Las grandes cosas o aquellas pequeñas, las que llevan mucho tiempo o las que pasan como un relámpago.

De las cosas que tengo que hacer estos días, me ocupa mudarme y entender todo de nuevo.
Mientras tanto

agradecer al barrio, a los colores, a estas topografías vistas desde mi casa.

(Una vez, entre las cosas que tuve que hacer en la vida, vine a vivir acá:






)

Por las cosas de la vida, se habían dado simultáneamente nuevo lugar, nuevo trabajo. Nuevos amigos, nueva gente copada que conocí y que invité -o más frecuentemente se invitaron- invariablemente a este lugar, que de todos los que alquilé, fue el mas mío.

La parrilla había sido el factor de más peso a la hora de entender qué cosa tenía que hacer en la vida en ese momento (después venían la terraza, el depto frente a esa plaza increíble, el sol por cada rincón, la tranquilidad del barrio).


 Lo buena que había sido, no hay que explicarlo.


Los números cerraban justito y el barrio estaba en una arruga del culo de la ciudad de Buenos Aires. "Você não vive, você se esconde", me dijo el brasuca la primera vez que se perdió al venir.

Llené de yuyos hasta donde pude, seguramente hubiera seguido llenando en la terraza, de quedarme.





Acá Rochi llegó -a sus 8- con marionetas, barriletes y bolsos multicolores.


Hoy sacó estas fotos y yo me pregunto si se llevará el poster de Piratas del Caribe, si querrá colgar el gato que pintó y ahora no le gusta, qué libros conservará, qué hará con la colección de animalitos de vidrio, si seguiré teniendo que conocerla cada día de nuevo siempre.



Me llevo mucha cosa y todo se muda sin esfuerzos penosos.
Envueltas en papel de diario húmedo, varias plantas de menta con raíz, para probar en cualquier nuevo rincón.
A Clarita y Matilda, que tardarán en perdonármelo.
Un cuento a medio escribir sobre mis vecinos y sus raras existencias.
Pocos muebles, muchos papeles inútiles y algunas pilchas.

En la memoria estos breves presentes pasados en estos años, con sus marcas profundas, un regocijo de buenos años vividos como mayormente quise.


Lo único que me llena de tristeza es pensar en el cartel, si lo ponen. O sólo un clasificado, "se alquila, tres ambientes...", y me acuerdo de mí, hace seis años, cuando supe que de las cosas que tenía que hacer en ese momento en la vida una era, igual que ahora, mudarme. Cambiar de lugar, cambiarme.

05 noviembre 2010

Historias clínicas

Todos debemos visitas a los médicos, siempre. Es una condición de la humanidad moderna burguesa o pequeño burguesa de las grandes urbes: todos, siempre, deberemos visitas a los médicos. Esta deuda se va incrementando a medida que se crece, madura o envejece, de modo que de a poco nos vamos conformando con esos pequeños espacios de tiempo que hay entre que nos leyeron los resultados de los análisis hasta que nos dan turno para dentro de unos meses.
De las incontables consultas que a lo largo de mi vida hice con diferentes profesionales de la salud, hoy me acuerdo de éstas:

I
Toma el resultado de mis análisis. Lee y niega levemente con la cabeza, no me mira, sólo mira los papeles. La negativa me va congelando, lee y niega y yo siento que me empiezan a temblar las rodillas. Por qué un médico podría leer y negar, leer y negar. Antes de desmayarme, escucho el "está todo bien" ya mirándome, con el mismo movimiento suave de su cabeza hacia los lados, que denotaba un leve Parkinson.

II
De esos clínicos que quieren hacerse los psicólogos. A mamá.
-¿Y tu vida cotidiana está bien, estás bien, estás contenta?
-Sí
-Ah, porque me dijiste que estás separada...
-...
-Digo, por el fracaso de la relación
-¿Quién le dijo que fracasó? Fue todo un éxito
-...
Fin de la consulta.



III
Ostentaba una cadena con una cruz y era ginecólogo, en mi primera y última consulta.
-Estoy embarazada.
-Bueno, te felicito, -exclamó entusiasta.
Lo miré tan gravemente, con tanta furia que se ruborizó. No sabía adónde meterse y se dio cuenta enseguida, yo creo que se quiso matar. Agregó, tímidamente.
-¿Te felicito?
-Sí, claro.


IV
-Ah, doctor, una última cosa. Mire, yo la semana que viene tengo que hacer un viaje, por trabajo, vio... y resulta que me da miedo volar, entonces pensaba que usté seguro podría recetarme alguna cosa, algo que me deje medio forfai, sabe...
-Bueno, sí, este.... yo podría recetarte un tranquilizante, un relajante. Pero... tomá sólo medio. Y no lo vayas a mezclar con alcohol.
-¿Pero por qué?
-No, porque te va a dejar dopada, si llega a haber alguna emergencia o algo...
-Doctor, a ver si nos entendemos.

16 octubre 2010

Mudanza rai nau

Fue una revelación. Retornando agotada en taxi a casa después de viajar una hora y media en auto para volver después de una reunión de trabajo en Los Polvorines después de viajar una hora y media en auto para ir después de trabajar todo el día en un día difícil como aquellos me di cuenta de esto (después de darme cuenta hace ya tiempo de que mis vecinos están gravemente locos): esta parte del barrio en el que vivo está construida sobre lo que supo ser un manicomio (neuropsiquiátrico o loquero, según se quiera o no utilizar términos políticamente correctos)  y entonces -deduje o se me hizo la luz- debe cargar con una maldición, como los cementerios indígenas (o aborígenes o campesinos, diría Javi). Por eso mis vecinos están piantados.
Eso fue porque Daniel que iba adelante en el auto que nos devolvía a la civilización porteña (es con ooonda) contó que el centro cultural del que volvíamos antes había sido un convento y que la Universidad había sido tierra de milicos.
Así que cuando volvía en el taxi después de todo aquello que contaba más arriba, se me vino de nuevo a la cabeza esa conversación reveladora y fue un alegrón, porque, por fin, pude encontrar una explicación racional al extraño comportamiento de mis vecinos.
Ah, ¿no es racional?
¿No es?

29 septiembre 2010

Nombres y oficios

De mis listados inútiles -anche inocuos- el de los nombres y oficios (personalidades cuyos nombres mantienen una relación semántica con su actividad pública) es uno de los más trillados, es cierto (todos conocen alguno, pero eso lo hace más divertido, también). A mí nunca va a dejar de darme risa que


-Alicia Entel fuera la primera directora de la carrera de Ciencias de la Comunicación (89-96) y se llamara como la sigla de la estatal (privatizada en el medio de su gestión por Carlitos) Empresa Nacional de Telecomunicaciones.


-el Doctor Garrote sea uno de los más reconocidos médicos especializados en violencia familiar (aunque dicen que este cartel no sería de su consultorio).


-el fundador del Instituto de Historia Social de Amsterdam, actualmente uno de los mayores archivos del mundo en lo concerniente a la historia social se llamara Nicolaas W. Posthumus (1880-1960).


- No es un oficio, no. Pero no deja de tener gracia que Jorge Watts haya estado chupado en el Vesubio (porque sobrevivió y porque lo queremos podemos hacer el chiste, je, esto iba bien para la entrada anterior de los chistes).


-para mí que a éste no se le hubiera ocurrido como posibilidad ser árbitro, si no se hubiese llamado Amarilla.


Y eso que no estoy contando cosas (porque éste es un espacio serio y acá se constatan las fuentes) como cuando Vera decía "el analista de Matías mide un metro y medio y se llama Juan Grande" o que me acuerdo, como que en la calle Niceto Vega, donde se corta con Armenia, había una empresa de transportes que se llamaba "Expreso Tardelli" o que durante algún tiempo tuve una ginecóloga de apellido "Abajo".
Tampoco incluyo otros que entrarían en otra categoría, la de combinaciones graciosas. Como mi amiga Dadi, cuyo deseo de tener un hijo varón para ponerle Tomás se frustró cuando se casó con Blanco, o la vez tuve que atenderme con un doctor que se apellidaba Sito y quedé como una estúpida cuando me tenté infantilmente después de murmurar en la puerta del consultorio: "Perdón... doctor... ¿Sito?".


Seguro que hay más, pero... ¿tan documentaditos?



24 septiembre 2010

Chistes grisáceos

Hay cosas de las que no hay que reírse. La gente dice. Como todas las cosas de la gente, el matiz es variado.
Suele discutirse el humor negro desde un punto de vista ético o moral. Que se meta la moral en estas cuestiones, tiene que ver, supongo, con que atañe a temas difíciles para el ser humano, fundamentalmente la muerte, más todavía si aconteció en situaciones trágicas o muy tristes (no que la muerte sea alegre, entiéndase, pero hay escalas).
Como todas las cosas (las humanas, más que nada), eso depende. Depende de quién lo diga, del contexto, de en qué ámbitos se diga, a quién/es, y que sea bueno o no. Los matices, carajo, por qué seremos tan complicados.
No creo -personalmente- que todos los chistes negros sean de mal gusto y algo seductor en la subversión de valores me tienta un poco, (como siempre hay algo de seductor en la subversión -además del menos efectista argumento de que ayudan a sobrellevar situaciones dificilísimas, y esto lo digo por propia marca en el cuerpo, pa´ atajarme, je). Pero bueh, it´s only an opinion y no pensaba este post ser  uno -como su nombre lo indica- de chistes negros, justamente porque todos aquellos condicionantes no existen. Lector, escritor-víctima o victimizado (aunque podría contar cosas que harían llorar a más de uno), contextos variados de escritura.
Pero bueh, como no quería meterme en eso, no sé por qué catzo me disculpo.

Hay un tipo de chiste que está en el borde, o es intermedio, que no ofende ni teme (o no tanto, a los corazones sensibles -demás está decir que no tengo uno) y ahora que me pongo a pensar, se trata de situaciones en las que la muerte estuvo presente de algún modo, pero no aconteció y dejó alguna huella (muchas veces terrible, otras sólo de recuerdo), pero lo terrible -lo más terrible- había podido ser superado.

De los chistes, me acuerdo de éste y de otros, pero escribo éste, por pura fiaca y, como decía el gallego, porque me place:

El tipo en el hospital, despertándose después de unos días inconsciente:
Médico: "Buenos días, señor, me alegro que haya despertado. Ha estado varios días inconsciente, sufrió un grave accidente y debo darle dos noticias, una buena y una mala".
Paciente: "¡¡No!! No puede ser! es tremendo, terrible, ¡dígame, por favor, dígame primero la mala!
Médico: "La mala es que tuvimos que amputarle ambas piernas"
-Oh, no!! no puede ser!! cómo puede ser? esto no me está pasando a mí, esto es terrible, es tremendo. -Y lloraba y se lamentaba, y trataba de mirarse las piernas.
Un poco más calmado, volvió a mirar al doctor, esperanzado.
-¡¡¡Dígame la buena, doctor, por favor!!!
-La buena -dijo el médico con una mueca de satisfacción, -la buena es que el tipo de la cama de al lado quiere comprarle los zapatos.

Pero ése es un chiste. Construido, premeditado. Diría inespontáneo, si existiera esa palabra.

Otras cosas pasaron, y las que sé las cuento:

Nelson había sufrido un ACV. Una cagada total, pero no fue de los más graves. Eso sí, había perdido el habla, algo así como la capacidad de que aquellas cosas que enhebraba en su cerebro pudieran ser dichas por su boca. Adri y Mari estaban refaccionando la casa, y antes de que pudieran seguir pasó eso con Nelson, el papá de Marina. La historia puede tener tonos trágicos si no cuento que al final todos siguen vivos y bien, pero a Mari (mi cuñada, la compañera de mi hermana) tuvieron que intervenirla quirúrgicamente de un tumor en el corazón. Así de rápido, de intempestivo, así de urgente, así de grave el diagnóstico. Lo de Nelson, de pronto, pasaba a un segundo plano. Pero existía, y esta conversación se dio en ese contexto. Porque en la refacción, todo había quedado por la mitad, y un habitáculo sin puertas ni ventanas había quedado construido en mitad del patio.
-¡Esófago! -gritó Nelson.
-¿Cómo, Nelson? -trató de atender mi hermana, preocupada en otras cuestiones.
-¡Esófago! -volvió a repetir.
-¿Esófago? Nelson, qué es? no entiendo, mire... estoy con otra cosa. _¿Le duele el estómago, tiene algún problema?
Tartamudeó, se esforzó, y finalmente se lo escuchó decir, entusiasta y con media sonrisa:
-¡La tumba de Tutankamón!!.
Nelson, demás está decir, había querido hacer un chiste, había querido relajar esa situación, refiriéndose al "sarcófago" que las chicas habían dejado a medio construir en el medio del patio.

Mi suegra (la primera, creo), había empezado a tener demencia senil. Yo no sé si eso existe, pero los viejos están todos locos. Mi suegra estaba loca, también.
Una vez conversábamos amigablemente sobre lentes, vista, ojos, y esas cosas. Hizo un coherente relato sobre los problemas de visión, mis limitaciones (porque los ojos claros siempre sufren más, ya te vas a dar cuenta), el beneficio de tener bifocales y otras cuestiones que yo -por edad y jactancia visual- casi ni atendí.
De pronto, como colgada de la conversación, soltó:
-Ahora, a mí, lo que más me gusta, es cuando la gente los lleva colgados.
-¿Los lentes? -sonreí-.
-¡No, mi amor! ¡¡¡los dientes!!!
La conversación continuó, creo. Yo me acuerdo hasta allí.


Una noticia -sensacionalista, pero noticia veraz al fin- decía que en cierto barrio de González Catán (allá por los noventa, viejo, ahora esas cosas no pasan, jeje) la gente tenía hambre. Y ante la desesperación, habían empezado a comer cualquier cosa. La noticia decía, literalmente "comen sapos en González Catán".
La abuela de Ceci (la esposa del Egar) estaba indignada. Puteaba, insultaba, lanzaba una serie de "estonopuedeser" tan furiosa que finalmente Ceci accedió a compartir.
-Tremendo, ¿no abuela? esto sí que es terrible.
-¡¡¡Pero claro!!! espetó la vieja, con un Alzheimer bastante avanzado... -¡no puede ser que coman sapos!
Y antes de que Cecil pudiera asentir, agrego:
-¡¡¡¡Pobres animalitos!!!!


05 septiembre 2010

De las conversaciones que tenemos con Saúl

Sólo es posible hablar con Saúl si la conversación lo alude de alguna manera. Si se quiere sostener más que un saludo con él (o si se está dispuesto a hacerlo) es necesario saber que inevitablemente, la conversación lo aludirá, más temprano que tarde. A algunos que lo saben, eso no les molesta especialmente e inician con él una conversación sobre los proveedores de Cable e Internet, sabiendo que probablemente la charla derivará hacia su preferencia de Fibertel sobre Telecentro, pese a que el servicio técnico es lo peor que él conoció —y-no-tengo-veinte-años— y que por más que él va a votar a cualquier Kirchner, esto de las licencias le parece una cagada. Hernán, por ejemplo (yo no termino de saber si por respeto o impericia) lo escucha atentamente, o lo finge, porque sé por propia experiencia que no es posible concentrarse mucho tiempo en lo que Saúl dice. Los aháes, mirá voses y  qué cosas se multiplicarán unos tras otros bajo la apariencia de una conversación común y corriente, pero delatando un creciente aburrimiento.
No es que Saúl se abalance sobre los vecinos para hablarnos, como sí hace Tita que abre la puerta apenas oye voces en el pasillo, no. Sólo si uno excede el “cómo te va” o tiene la impericia de decir algo acerca del clima, comenzará —a veces más lenta, a veces más rápidamente— a llevar la conversación hasta su propia persona. Sus deseos, preferencias, convicciones políticas, graduación de miopía o historias juveniles comenzarán a hacerse carne en la conversación, que pudo haber empezado con  un “dejá, yo cierro” o “no encontraba la llave”.
Como experimento psicosocial y de puro aburrimiento, me propuse no evitarlo más y tratar de cagar a Saúl. Iniciar con él una conversación y evitar por todos los medios que me hable de sí mismo. Así, cada vez que empieza a hablar del dolor de sus articulaciones tras mi comentario de qué manera de llover estos días, yo replico diciendo que mañana, según el servicio meteorológico, va a ser una monada. No resulta fácil, él siempre encuentra el camino por más sinuoso que sea. En los últimos tiempos, además, me parece que se dio cuenta de mi juego y tomó el guante. Estoy segura de que quiere darme batalla porque ayer me tocó el timbre, cosa que nunca había pasado desde que vivo en este depto. Desde el momento en que me dijo buenas tardes me puse a pensar en cosas abstractas y generalizadoras que lo sacaran a él de la conversación, viniera por el tema que viniera. Tuvimos algo como una conversación que se desarrolló más o menos así:
—Quería avisarte que el próximo mes me toca a mí la administración por un año. Y quería avisarte con tiempo, que las expensas se van a ochenta pesos, porque así no alcanza para nada.
—Todo bien Saúl, no hay drama. Gracias por avisar. Es que el costo de vida está tremendo.
—No me lo digas a mí, —respondió. Vengo del supermercado y con 100 pesos compré…
—El otro día me dieron 20 pesos truchos, —interrumpí. Parece que andan circulando muchos.
—Ah, sí, —dijo. —A mí por suerte no me agarran. Yo los miro bastante, viste? Una vez un tachero me quiso encajar uno, pero yo boludo no soy, eso era una fotocopia...
—¿Viste que en la librería de Jonte pusieron una fotocopiadora?
—¿La Martín Fierro? yo no compro más ahí porque el otro día me vendieron un talonario de recibos a....
—¿No te encanta la palabra "talonario"?
Justo sonó el teléfono y tuve que despedirlo y fue afortunado para mí, era notorio que no tenía más recursos. 
Mañana voy a hablarle de la primavera... esta vez no me agarra.

21 agosto 2010

Las siglas me persiguen

Camino, más por salir del frente de la pantalla de la compu que por necesidad, al baño, despacio. Como tantas veces hice y seguramente -digo seguramente sin estar tan segura porque pasan esas cosas que nos pasan tan cerca, esas putas tragedias que hacen de la vida algo tan poco seguro- y no tan seguramente, entonces, volveré a hacer, camino despacio hacia el baño. Voy apreciando puertas, el vitraux de las ventanas, el aire del pasillo de ese viejo edificio, entro, me siento a mear (siento decir crudamente "mear", pa que si digo orinar unos cuantos se me van a cagar -uh, perdón- de risa) y leo en la caja de papel para secarse las manos no me acuerdo qué cosa y SAP.
No sé bien por qué, pero siento una especial atracción por las siglas, por lo que ocultan, o denotan, o sugieren. No puedo pasar frente a una sigla inadvertidamente. No tengo idea qué significa SAP para los fabricantes -o importadores, no estoy segura- de papel para secarse las manos pero de pronto se me desplegó (porque por esta época las cosas "se te despliegan" como menuses, viste) un término de otra época: Solidaridad Argentina con los Pueblos.
Dudo si viene al caso explicar qué carajo es o era Solidaridad Argentina con los Pueblos, creo recordar que era una especie de sello del Partido Comunista. Me quedé pensando que seguramente sólo yo veré esa sigla (suponiendo que la gente se ponga a leer) y pensará "Solidaridad Argentina con los Pueblos". Lo loco, lo que me quedó dando vueltas, es cómo las siglas también marcan épocas y caminos recorridos:  despliega tu sigla y te diré quién eres, también podía haber puesto.
No sé para qué  puede servir esta conclusión, pero no importa. Lo cierto es que seguro que hay unos cuantos como yo para los que PC sigue siendo más Partido Comunista que Personal Computer  (aunque combinado puede dar por resultado... ¡esto! -¿para cuándo la Internacional en ritmo tecno, muchachos?-) o siempre que vemos MLN o FLN desplegaremos Movimiento o Frente de Liberación Nacional, por más modernos que seamos y o nos convirtamos en los american psycobolche (no perdona ni una el flaco éste, carajo).
Están las siglas también que reconocemos sin saber qué significan: Para mi generación DRF es sinónimo de cierto particular sabor más allá de que la mayoría no sepa que el tipo que las inventó se llamaba Darío Rodríguez de la Fuente y mucho más allá de que ahora hagan las de menta sin azúcar. Nadie dudaría qué coño hacía la KGB aunque muchos tartamudearían si les preguntáramos qué quiere decir. No importa. Contrariamente, creo que todo el mundo sabe qué es el FMI o la CIA o las SS.
Por prepotencia de pasado trágico, seguramente nos vendría primero a la cabeza Alianza Anticomunista Argentina antes que Asociación Argentina de Actores si nos lanzan a la cara AAA y FFAA es Fuerzas Armadas antes que Ferrocarriles Argentinos.
Desde que las patentes de los autos vienen con letras, me enfermé y contagié por cierto a algunos de mis amigos. Tengo juegos de palabras elaboradísimos, con reglas que lo van complejizando cada vez. Las siglas, por supuesto, están permitidas a condición de sean actuales o fácilmente reconocibles.


Si hubiéramos nacido diez años antes, reconoceríamos seguramente todas las siglas de este texto que el genial Perlongher tuvo la delicadeza de desplegarnos abajo, fundamental herramienta para quien investigue temas de pasado reciente argentino.
No cabe profundizar por el lado de la velocidad de la vida moderna y de las nuevas formas de comunicación, que exhiben impúdicos tkm o bs, porque eso es puro desgano y desatención.
Otro motivo movía a quienes saludaban en sus epístolas, brevemente, "salud y RS" y a quienes, irónicos o nostálgicos, lo siguen haciendo.

11 agosto 2010

Pero también pudo pasar que...

Porque no siempre lo que pasó es lo único que pudo haber pasado.
Porque el azar, un estado de ánimo, el clima, una palabra, una copa de menos, un prejuicio, un cambio de opinión, un polvo o la situación política pudieron haberlo cambiado.
Porque el tiempo puede volver a atrás aunque más no sea en forma de imagen en nuestras cabezas, y entonces resultar que

de no haber sido mis profesores de ciencias exactas en el secundario todos unos fascistas y el de filosofía un bombonazo, también pudo pasar que lo mío no fueran precisamente las ciencias sociales.
de no haber tenido 18 en el 83 me hubiera perdido la fiesta de mi vida. 
de no haber conocido el sexo sin el sida, me hubiera perdido la fies...(ah, ¿ya lo dije?)
si fuera un poco más alta tendría otra actitud, estoy segura. Más relajada, quizás. 
también pudo pasar que al llegar a esa esquina no me hubiera asustado y que entonces la vida me cruzara con Eduardo, amor intenso y breve del que aprendí tanta cosa.
que nos hubiéramos entendido, pudo pasar, y no haber perdido cada rastro del otro, tamaña estupidez teniendo en cuenta cuánto supimos entendernos.
que creyera en Dios, haciendo un esfuerzo inmenso.
O que fuera vegetariana, y entonces qué desperdicio la parrilla en el patio, con todo respeto por las pizzas a la parrilla y la parrillada de vegetales. Pudo pasar también que no me gustara el vino tinto para acompañar esos asados, y entonces quizás media fórmula de un rato de felicidad.
O que estuviera cocinando algo en lugar de escribir esta huevada, y no lamentarme dentro de dos horas porque tengo hambre y no hay un pito pa morfetear.