Hace mil años vivíamos en otros mundos en los mismos breves presentes, aunque parezca al revés.
Diez, quince años, son mil años y siguen siendo breves presentes, pero vividos en otros mundos.
No recuerdo época en mi vida en que no me acompañara de forma persistente la conciencia de lo efímero y minúsculo de nuestras vidas, pobres almas tiradas a vivir en estas épocas y en estos lugares (así se iba a llamar este blog, Pobres Almas, pero suena triste, melancólico y oscuro, y no era el ánimo).
Bueno. En realidad entré porque esta encuesta va tan en la línea de la Sociología de mercadito que me acordé de este blog.
Y porque quería saber quién era yo hace mil años, porque nosotres, les de entonces, ya no somos les mismes.
Yo siempre lo tomo como un privilegio, porque por más que el motivo y su efecto sean en un algo indeseables (el puto paso del tiempo), no deja de ser un privilegio. Sobre todo haber sido testigo (porque el tiempo también suele pasar al pedo, tanta gente ve una de diferentes edades a quienes el tiempo les ha pasado como la lluvia y sólo se alteran y afean -o resisten- físicamente).
Las generaciones suelen estar condicionadas por sus particularidades, la coyuntura en las que les tocó existir, la incidencia o no que ha tenido sobre ellas y recíprocamente (por eso hay "generaciones del" que han sido significativas en diversos ámbitos: intelectuales, culturales, políticos, a diferencia de otras que sólo han transcurrido).
De cualquier modo podríamos -rigurosamente dentro de los marcos de la sociología de mercadito- inventar tantas "generaciones del" (o si ya están inventadas usufructuarlas, con permiso) como quisiéramos, sobre todo en esta época de cambios tan rápidos en lo cultural y de sano irrespeto por los derechos de autor, cuando se puede.
Cuando éramos chicos (en los setenta, debo confesar), nos jactábamos ante nuestros mayores de haber nacido con televisión, "¿cómo hacían para divertirse con la radio"? preguntábamos divertidos quienes accedíamos a cuatro canales de televisión por aire, en blanco y negro y de 9 a 24, creo recordar. También solíamos pasar a recolectar amigos puerta a puerta y con nuestras bicis -la mía rodado 16- para andar toda la tarde por las veredas del barrio.
Es difícil transmitir eso a las generaciones posteriores.
Los mundos sociales y culturales se alteraron. Los mundos lúdicos se alteraron, las comunicaciones. Las relaciones personales, las prácticas sexuales, la economía, la opinión pública, los mecanismos de control, las prácticas de resistencia. Se alteró la educación, la transmisión, el deseo y sus formas de nunca satisfacerlo. Todo se alteró y miramos, todo es un remolino y nosotros absortos.
Hay gente de mi generación a quien le da igual, los peores. Quienes resisten desde la ignorancia o la indiferencia, como si vivieran en un mundo propio suspendido en la base de sus propias demandas. Todo cambió, todo se modificó, y ellos siguen inertes, extemporáneos.
Hay que identificar dónde hay rupturas y dónde continuidades en los procesos sociales, qué cosa es parte de lo mismo y qué viene realmente a romper un paradigma, una forma de hacer las cosas, un conjunto de relaciones existentes vinculadas, una cosmovisión definida sobre la realidad.
Los cambios en la comunicación son prepotentes y producen -y reproducen- prácticas sociales acordes. Nos vinculamos con los demás de formas distintas, trabajamos distinto, vivímos distinto.
Qué de eso forma parte del mismo proceso y a qué nivel opera.
Por ejemplo, recuerdo cuando supe que un archivo se podía mandar por mail. Yo vivía en Villa del Parque y complementaba mi triste salario docente transcribiendo apuntes del CBC que llevaba en bici al populoso barrio de la Boca, donde estaba la imprenta. Llegaba muriendo con los 35 grados del calor de febrero con los disquetes con el laburo hecho, para retirar los cassettes con el audio de las clases grabadas. Y había que volver.
El mundo del envío de archivos (más que los mails o poder navegar levemente, por esa época), por ejemplo, fue un antes y un después en el uso material -nunca mejor nombre- de la novedosa Internet.
Las formas de comunicación comercial, laboral, profesional, fueron alterándose rápidamente y eso significó, al menos, un cambio en algunas prácticas, si bien la persistencia de las tradicionales no deja de ser sorprendente (es extraño que existiendo en la actualidad condiciones óptimas para llevar a cabo determinados trabajos a distancia, se persista no solamente en la demanda presencial del trabajador, sino además, en un horario y cronograma tradicional, como si nada nunca hubiera sucedido, reproduciendo el estrés a que nos somete una realidad -que empeora, además- de tránsito, personas, horarios pico y maltratos).
Más allá de la paulatina hegemonización y masivización de las formas de comunicación y de su incidencia en las formas de llevar adelante prácticas específicas, no fue sino hasta la aparición de FB que ese cambio llegó a lo doméstico, a lo cotidiano y personal.
FB, él sí, propone un cambio de paradigma en las relaciones, no solamente en la forma de comunicación sino también en las prácticas sociales específicas.
(Aclaración: como este anotando se exime de analizar estas cuestiones desde la óptica de la sociología tradicional -sea cual ésta fuera-, se permite establecer una hipótesis del tipo "me da la impresión de que").
A mí me da la impresión de que el FB acciona a otro nivel, y por eso me permito reconocerme partícipe de una "generación pre-FB". No por franja etaria, ya que una de las características más impresionantes del FB es que rompió con una barrera de edad y mucha gente que nunca antes se había acercado a la utilización de recursos tecnológicos, comenzó a aprender FB, a utilizarlo. Una generación pre-FB porque cierta razón de existencia de FB nos deja afuera, a quienes nos deje, y paso a explicar.
El FB opera en una dimensión social-personal y pública, sobre todo pública. No creo que haya existido otra concepción de lo público -o mejor, otra relación entre lo público y lo privado- similar a esta que propone el FB, esa especie de intersección que no tenía modo de existencia anterior, porque no existía, por ejemplo, una plataforma capaz de mostrarle mi única foto a un montón de gente, incluso desconocidos o peor: conocidos de conocidos. Esa dimensión propone necesariamente formas sociales distintas, propone una ruptura en las relaciones sociales tradicionales en cuanto a su sustento en las formas materiales. Habría que preguntarse en función de estas relaciones sociales (desde la SM nos preguntamos) cuánto del "mundo FB" tendría sustento en esas "formas materiales" o sencillamente conforman exclusivos espacios de afinidad electiva cuyo soporte está dado por el "share" y la exhibición.
La generación de los que fuimos chicos en los setenta vivió en nuestros países una época loca, de tiros líos y cosha golda, un agite agite posta, no un agitecito como estos que horrorizan a nuestras mal acostumbradas y peor educadas clases medias propietarias y prepotentes. Agite que significaba miedo miedo miedo miedo intenso de mirar el diario, miedo de las caras de nuestros padres, miedo de ir a la escuela, de la maestra. Generación que fue adolescente sobre el final de la dictadura y su primera transición, que fue testigo del cambio político más importante que tuvimos como país, entrando a montones a las universidades, militancias barriales o universitarias o sociales (conociendo allí mismo a los otros militantes, los "viejos", los que venían de la repre), el mundo a nuestros pies, aunque persistiera el miedo y persistió hasta no hace tanto, es difícil transmitir eso. Una vez me llamaron por teléfono a las 3 de la mañana (ya habían convocado a elecciones) al departamento que compartía con una amiga, felicitándome por la pintada que habíamos hecho en el paredón de José María Moreno. Es cierto que estaba linda, pero nos moríamos de miedo, todavía no tenía 20 años. Eran habituales los llamados, los autos cerca, estilo "Pensé que se trataba de cieguitos". Siempre hablábamos de los servicios, así, los servicios. No sé por qué no hablamos hoy de los servicios, si siguen existiendo, pero en esa época bueno, eran peores, pongámosle.
Hasta las leyes de impunidad y los indultos el miedo a los servicios persistía, y vino Tablada que dicen también que fue una cama de los servicios de inteligencia, pero qué sé yo.
Estuviera una donde estuviera, esté una donde esté, "mostrarse", no es una de las mejores ideas para gente de mi generación, por más que las cosas hayan cambiado. He aquí un límite, que no tiene exclusivamente que ver con la seguridad sino además y más bien con la privacidad. FB propone un lugar en el que los actos privados se convierten en públicos. Siempre de acuerdo y en la medida del usuario, claro, pero de un usuario tipo de esos a los que les gusta exhibirse.
Mucha gente de mi edad que conozco se disculpa por usar FB y muchos lo tienen por algún sano pero inconfesado afán voyeur de espiar pretendiendo no ser visto. Lo que uno quiere de la vida de uno (y lo que uno no quiere, claro) se publica en FB. Se publica lo publicable. Me podrán decir que es lo mismo que tuiter, o linkedín, o cualquier red social, y sin embargo no. Porque opera más en lo doméstico y en lo cotidiano, en lo familiar y afectivo, exhibido (que sea a veces incluso pese a nuestros deseos es una regla del mismo juego).
Mirar y ser mirado, vaya virtud de esta época.
FB cumple diez años y te propone un video en el que la importancia de las cosas que subiste la dirimen los votos, su publicidad, la cantidad de veces que fue visto y gustado. Es la sorpresa que preparó la gente de FB para sus usuarios. Y como el usuario siempre elige, vos podés o no compartirlo, pero ahí está, a tu alcance y al alcance de todos los que te conocen y te admiran.
Me considero pre-FB porque no puedo con él, porque me asusta y me abruma, porque me instala en mundos sociales de los cuales prefiero prescindir (de los que una debería elegir no formar parte), porque me superan las relaciones familiares.
Soy pre FB por discreción y vergüenza.
Y porque prefiero no confundir lo que somos con lo que decimos que somos.
Seguro que se juntan ahí porque el andén es grande y hay más gente, o porque es un andén central y pueden ir y venir más fácil o porque esa estación tiene baños. Seguro que por eso ellos se juntan ahí.
Yo los voy conociendo de a poco, segundos sumados mañana tras mañana y tarde tras tarde, ida y vuelta, mañana y tarde, mañana ida, tarde vuelta y así, en ese cotidiano trasladarse de lugares como si algo de eso fuera propio de la condición humana, como si ir y volver fuera tan natural, como si fuera natural Buenos Aires y sus gentes o viajar por debajo de la tierra.
En esa estación, que es doble, el subte se detiene algún segundo más.
A ver quién se anima a definir qué es una familia en qué épocas, en cuáles circunstancias. Ellos: siete, ocho, nueve reunidos, zaparrastrosos algunos, más dignos otros, en el banco de la estación de subte. Conversan, se tocan, se chicanean, ríen y son hombres, mujeres, niños, púberes, adolescentes, embarazadas, viejas sin dientes, payasos reales, tránsfugas, atorrantes, pobres de toda pobreza.
A ver quién tiene el coraje de hablar de identidad entre parias, lúmpenes y marginados, quién hablando desde dónde puede decir ellos son qué.
Tiene no más de tres años y se acerca peligrosamente al borde del andén. De nada sirven las miradas horrorizadas y reprobatorias de las chicas, las que van a trabajar a sus oficinas o bancos o empresas de marketing, las que hacen ruido con las pulseras o se maquillan cuando van sentadas. Llega el tren a la estación y el nene sigue acercándose al borde, torpemente, y las mujeres se escandalizan con esa su madre que lo parió que no lo está vigilando en este mismo momento, que qué horror, que dónde mierda está por el amor de Dios.
Esto pasa muchas veces, muchos días, como si fuera una obrita ensayada por ellos para el horror. Funciona, y ellos parecen todos los días iguales a sí mismos, como si el tiempo no pasara y las mujeres niñas no se embarazaran y los viejos no murieran y los niños no murieran, o la gente no se quedara en la calle, sola, a veces.
Todos, los unos y otros que viajamos en el vagón del subte nos transformamos en uno cuando el tren se detiene en esa estación y somos ellos y somos nosotros, tan claramente distintos, nosotros tan parecidos entre nosotros remeras baratas o anillos de cierto valor, laburante obrero o de oficina. Nosotros tan distintos hace unos metros, unos segundos y tan parejos ahora frente a ellos, que son ellos.
La de la brevedad de la vida, la de no poder morirse cuando se quiere, cuando hayamos hecho nuestra revolución o hayamos sido felices o de puro embole, o cuando finalmente haya aprendido a bailar.
La de nuestra paradoja social: dejar de ser iguales en el momento mismo en que nos escupen al mundo y estar obligados a la convivencia social. Ser la expresión misma de la injusticia.
La de la precariedad del amor, me perdonen románticos, enamorados, creyentes, persistentes, divulgadores, apologistas, novios, ex novios, amantes, esposos, adolescentes, amigos sensibles, poetas, músicos o guionistas de novelas.
La de la eterna suspicacia: nos mienten, conspiran, esconden, omiten, eluden, evaden, inducen, engañan, siempre, todo el tiempo, en todos lados, a todos los niveles, ellos.
La de nuestra tendencia a arruinar las cosas: en lo personal, en lo social, con el medio ambiente. Si no hay guerras inventarlas, si estamos tranquilos sobresaltarnos.
La de que la humanidá está cada vez más al borde del colapso. O capaz que eso es por eso de la globulización, váyase a saber. Hoy es mucho más fácil ser un cretino o un genocida, por ejemplo, y los efectos son más inmediatos y pueden ser más masivos,
la de nuestros variados motivos para la supervivencia o el suicidio,
la de nuestras faltas: humildad, conciencia de especie, amplitud de mirada, perspectiva.
La de poder dormir profundamente cada noche.
"La vida es un soplo", Fabiano Maciel y Sacha, 2006, fragmento.
[Para Fede, que acaba de estrenar profesión.
Y para Guile que pide posts … ¡¡con texto!! -valga la intención-]
Una de las notas de oscuro color en relación a estas últimas elecciones fueron las declaraciones del señor Duhalde al conocer los resultados. Deschavetado o no, el tipo puso en palabras algo que muchos piensan y pocos dicen, aunque sugieran, balbuceen o murmuren por lo bajo. Bah, en realidad lo dicen en voz alta también, sin ningún drama. No sólo -cuestión que despertó la sorpresa, iracundia, acusación, denuncia- la mención del término subversión, que sabemos demais que en este ispa debería usarse aludiendo exclusivamente al pasado, sino más ampliamente, la identificación de su discurso con un sector de nuestra derecha más rancia, que persiste a través del tiempo siempre igual a sí misma, increíblemente. "Actualiza" su discurso, e introduce entonces un término como "subversión", porque le sirve, y porque aprovecha además este revival setentista (después que me digan que Carlitos le pifiaba cuando decía de cómo se repite la historia, tragedia y farsa...). Renuncie, montonero. A la Cámpora, la Solano Lima, la Cooke le ponemo la López Rega, la Vandor y la Isabelita, no? de última si no, ¿qué gracia tendría? Pero creo que el dato es más importante porque delimita cierto arco ideológico y político de una manera bastante más clara.
El mérito de Duhalde es aglutinarlos, por qué no reconocérselo, aunque anden dispersos por todos lados:
Se mezclan entre sus apologistas garcas, fachos declarados o inconcientes, señoras de la hái sosáieti y de la clase media, jovencillos imberbes vírgenes, trolas de toda trolez, universitarios de universidades públicas y privadas, putos, blanquitos taxistas, ingenieros, gorilas de los más puros, católicosapostólicosromanos, señores de negocios, militares, periodistas, chicos bien y señoras de su casa.
No son muchos, se vio que no eran muchos y ya más o menos se analizó de dónde, por qué,
[Esperábamos con Lau en la esquina a que el semáforo nos permitiera cruzar, mientras un señor bajo y gordito de unos sesenta y cinco años cruzaba correctamente por la lateral. La camioneta venía rápido por la avenida y el señor obstaculizaba su intención de tomar la lateral rápidamente.
-¡Apurate, gordo pelotudo! -le gritó el camionero.
Nos cruzamos las miradas, él sólo hizo un gesto.
-No hay que escuchar estas cosas, -le dijimos, consintiéndolo, haciéndole saber que estábamos con él, que además de haber sido grosero y bestia, el peatón debe tener prioridad y esas cosas. Ese acuerdo efímero, ese espacio de identificación instantánea no podía durar nada. El tipo agregó:
-Esto es lo que votaron. Jueces trolos, Shoklender, esta gente.
Se metió en el colegio religioso privado de la santanosecuánto de nosequién]
y no sé cuánto importa. Exabrupto o no, incluso, esa nostalgia de una época donde las cosas se dirimían de otra manera (basta mirar un cacho los comentarios de Perfil, sí, soy masoca y qué), hay un odio de clase, cultural, político, hacia un enemigo que para ellos continúa siendo la "subversión", aunque tengan que detenerse ha decir "lo han sido", por si acaso, por eso de rozar el borde de lo políticamente correcto hasta para la derecha.
Quizás, no haber entendido que las cosas cambiaron sea parte de la derrota, quedarse confundidos en un enemigo que ya no existe (más allá de que algún trasnochado -demasiados para mi gusto- flamee la bandera de montoneros o siga cantando "y los desaparecidos compañeros peronistas"), digo, más allá y a pesar de, la subversión de estos días no lo es, porque juega en el terreno de lo políticamente posible, y encima obtiene una aplastante mayoría de votos, a pesar del veneno que destile Duhalde. No, señor, eso no puede ser subversivo. No pareciera haber ningún intento de subvertir absolutamente nada en estos días.
A excepción de Altamira, ponele.
-Ochocientos diez pesos, -dijo ella. -Por si no te acordás, te dí ochocientos diez pesos.
-No tenemos que hablar de esto ahora. Pero no.
-Yo sí tengo que hablar de esto ahora. ¿Cómo que no? ¿Cuánto te dí?
-¿Si no qué? ¿Se acaba el mundo si no hablamos de esto ahora? Quinientos me diste. Quinientos diez.
-Sí. MI mundo se acaba si no hablamos de esto ahora. Está bien, ahora me estás robando.
Discutían así, dos cosas simultáneamente, como si tuvieran cierta práctica. La línea E del subte suele ser muy ruidosa, pero quedé frente a ellos cuando las puertas se cerraron. Era imposible no escuchar. O moverse.
Sus frases eran breves, de una ira contenida quizás por mi presencia involuntaria. Rondarían los cuarenta, pero ése y otros detalles los fui viendo después. Otros los fui inventando por diversión o gajes del oficio, por ejemplo que ellos no suelen tomar el subte a menudo, o que no viven juntos. Clasemediaporteñapropietaria. Ufff.
Antes de todo eso lo que sentí fue la voz de dos personas, hombre y mujer, que discutían en voz baja.
-Acordate, te di ochocientos diez del piloto que le regalamos a tu papá.
-No voy a discutir esto ahora. Y no fueron ochocientos diez.
No debe haber sido, o capaz que sí y yo estaba justo ahí, yo sentí como una cosa física. Quizás sea cierto lo de la vibra, lo de las ondas, sentí como si un impulso eléctrico los atravesara. O quizás los sentimientos cuando son muy profundos se hacen carne. Estas últimas frases las dijeron entre dientes, con una rabia intensa como pocas veces presencié.
-Entonces ¿sabés qué?, -dijo ella furiosa, y abrió su cartera. Tuve que apartarme un poco.
-Tomá, -le dijo, y le puso unos billetes en la mano, -ahí tenés entonces.
Tanta violencia en tan poco espacio, con tan poca libertad de movimiento, sin posibilidad alguna de gritar.
En La Plata se bajó bastante gente. Su ropa era fina, pude ver.
Él le tomó la mano, le apretó la muñeca.
-Guardate esto ya.
-No, si te lo debo, tomalo, -y le metió la mano con los billetes en el bolsillo del piloto. Lindo piloto, tenía.
Apartó la mano de ella con los billetes. Se había puesto feo en serio. A mí me hubiera gustado ver los billetes desparramándose alegremente frente a la mirada atónita de todos, pero no. Ella los tenía bien agarrados. Y en un gesto altanero soltó su mano, abrió su cartera, su billetera, colocó los billetes y cerró todo, de una manera tan brillantemente sincronizada que apenas terminó, las puertas se abrieron y ella salió, diciendo:
-No nos debemos nada.
Los sociólogos denserio y los de mercadito decimos que no hay nada natural en los seres humanos, o lo que es más o menos lo mismo, que todo lo humano es natural, porque es la propia naturaleza humana la que puede producir los más variados efectos, conductas, relaciones, realizaciones, contextos (escribo mientras compro tierra para mis plantas por mercadolibre. De la naturaleza a su mesa).
[de viaje con la mochila, de nuevo, en el Sur, cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados. Mandarse por caminitos, montaña arriba, en lugares casi vírgenes pegados a la Cordillera, y subir y subir y subir y subir, mientras escuchábamos cada vez más cerca la caída del agua. Y de pronto, la maravilla: la cascada sobre el lago turquesa, las piedras, las flores, el cielo de un azul intenso. Y cuando lo ví dije sin pensar (la especialidad del casa): "¡¡esto es tan lindo que parece artificial!!].
Las gentes somos de diversas maneras y nos relacionamos entre nosotros de diversas maneras, y eso podrá estar condicionado por el contexto y otras yerbas, pero no está predeterminado. El modo como encaramos las relaciones con los demás, podría (acá sólo hablo por los de mercadito) condicionar (darle forma) a la realidad social, e'cir, al mundo en el que vivimos cotidianamente. No es lo mismo (ni hay una determinación fijada para) establecer relaciones más democráticas y simétricas (en la familia, en el laburo) que relaciones autoritarias y jodidas, entre unas y otras todas las formas son posibles y nosotros y nuestras circunstancias somos los responsables de producirlas.
En todo caso, no hemos sido exitosos, los seres humanos, en esto de crear sociedades o colectivos muy democráticos, ni siquiera en establecer mejores relaciones entre nosotros ¿no? No lo hemos sido -no lo somos- los argentinos (no jodamos), no lo ha sido la izquierda (muchachos), las gentes de izquierda, nosotros (no jodamos, muchachos)...
Digo, no necesariamente tenés que llevarte para el orto con tu ex, maltratar a tu empleado o atosigar a tus hijos. No es algo que esté escrito en lado alguno que haya que ser celosos o que sea necesario castigar a tu hijo para que entienda. Ninguna corriente social nos lleva a ser machistas o histéricas, y no se trata de ninguna condición social ni cultural ni política ser un cretino o un manipulador. Habrá condicionamientos sociales, culturales, qué sé yo, hasta biológicos, pero en ningún lugar está escrito que haya que martirizar a nuestra pareja, ni se es muy hippie por tratar bien al prójimo, sea el prójimo que sea.
Y sin embargo.
Y sin embargo, lo que es peor, entre gentes que dicen ser, pertenecer, empatizar, acercarse, coquetear, conocer o frecuentar cierto arco ideológico político cultural emotivo afectivo anal de las izquierdas.
¿A quién cargarle el fracaso? ¿A la caída del muro? ¿a la derrota de los setenta? ¿a la dictadura? ¿a los populismos? ¿a la condición humana? ¿al descenso de River?
Viendo una deliciosa lluvia otoñal que disfruto por primera vez en esta casa a través de la ventana pienso en que no es justo que la primavera sea la estación con mejor prensa de todas. Se podría entender un poco cuando se habla de edades personales (se supone que según la analogía entre estaciones y edades una estaría el otoño de la vida -¿están bien hechas las cuentas? No jodamos... ¿otoño? ¿cuál otoño? ¿cuándo pasó qué cosa?-) sólo si pensamos que cuanto más lejos de la primavera más cerca de la muerte (y la muerte, se sabe, es de todas las cosas lo que tiene peor prensa), pero es un pensamiento muy pequeño y me niego a suscribirlo porque la rueda seguirá girando sin nosotros más allá de destinos, méritos, voluntades o deseos.
Pasa a veces que nuestras propias estaciones vitales se cruzan con lo que nos toca, para decirlo rapidito, y entonces parece que nos coinciden las estaciones.
Por ejemplo, en aquella época, agarré el envión y me mandé porque parecía que por lo menos eso había que hacer, en los ochenta. Manotear una bandera, la que más encajara conmigo y con mi "modus operanding" (pal careta de Javi ;-) , aprenderme las consignas y cantarlas. Ooooo somos revolucionaarioooos, ahora no me acuerdo bien, pero más o menos, así de raros eran los ochenta en los parajes por los que deambulaba en mi primera juventú (a ver quién te ganaba a zurdo. Hasta si eras peronista, mirá lo que te digo ¡¡o radical!!). La cuestión era que de una manera o de otra todos "andábamos en algo" político, porque así fue esa época. Veníamos de un país que nos había mostrado sus colmillos feroces chorreando baba, amedrentándonos, y esa era la forma de salir del bajón. La calle era nuestra, cada barrio, cada esquina. Y aquello fue llamado primavera. Había un estado de ánimo generalizado de optimismo, producto de la sensación de que habiendo llegado al final del pozo, como cantaba el Nano
[me detengo un momento, algo indignada, para hacer una reivindicación, un desagravio, porque en mi grupo de birra de ciertos viernes hay unos imberbes irreverentes que vienen a cuestionar, desde la ignorancia y el desdén más supinos, la calidad del catalán, adhiriendo yo creo a cierta moda reciente: yo os digo, oh niñatos, que os documentéis: que no miréis tan sesgados por lo que les dejó el posmodernismo, el neoliberalismo, la ridiculización de la utopía, estos breves presentes que os tocó vivir. Que escuchéis, leáis y miréis con la cabeza y los oídos más abiertos. Y el bobo, también, por qué no. Un tipo que cantaba hermosamente, que escribía letras relativamente buenas pero cantaba las poesías de los enormes (¿demérito?), que fue tanto una expresión de aquellos años para más de una generación. Un poco de respeto, che.]
también por aquella época, sólo cabía (¿cupía? ¿quepaba?) ir mejorando. La noción de primavera es promisoria, inicial, desprejuiciada. Lo por venir debe ser mejor, más libre, más ancho, renaciente, joven. Si coincide además con una juventud vital, el mundo por descubrir parece potenciarse. Y la primavera pareciera convertirse en un fin en sí misma, igual que la juventud.
Puyo, Ecuador, donde siempre es primavera (2009).
Primavera de los pueblos fueron llamados los años efervescentes: la ola de revoluciones de los años 48 en Europa, después de las restauraciones monárquicas; también los sesentas en el mundo, donde parecía que todo podía cambiar, que -dicho en léxico flower power de época- las flores podían ganarle la batalla a las armas.
Primavera se llamó acá, unos pocos años después, a la camporista, quizás porque también se combinaron ciertas condiciones de efervescencia política con perspectivas de cambio (un tema aparte es la resignificación actual del camporismo como rasgo ideológico o identidad política -habría que ver trasladado hasta qué punto).
[Definición del diccionario de la sociología de mercadito:primavera: fenómeno socio-político producto de una determinada combinación de factores sociales (y políticos, culturales, ideológicos), que posee al menos, tres particularidades: a) es de corta duración, b) hay un sentimiento compartido de optimismo -un estado de ánimo generalizado, y c) promete demasiado].
Pero pasa con la primavera que es una estación. Y contrariamente a lo que indica su nombre, la estaciones no se estacionan sino que transcurren, se podría decir que una de las principales características de las estaciones es que dan lugar a otras. Y entre las estaciones, pareciera que la primavera fuera más efímera, la que pasa más rápido (quizás por eso de que lo bue si bre dos veces bue). No sé bien si entonces dentro de la definición de primavera habría que incluir que terminan (y cómo terminaron aquellas).
Quizás sea porque la condición de la naturaleza humana es alternar, un devenir permanente entre modos posibles de compartir estos breves presentes y sus mundos sociales, entonces ni primaveras ni inviernos sino el propio oscilar entre estaciones pueden servirnos para ver qué pasa, qué nos pasa.
Ojalá me diera el cuero para hacer un análisis político o algo así, pero no es el caso. Ni la información, ni la capacidad deductiva, ni la pluma (aunque es láser, la mía) me alcanzan para siquiera intentarlo.
Sí puedo (porque si no es para eso, para qué podría una querer tener un blog) decir lo que me parece, lo que vi, lo que viví, lo que conversé, presentí y sentí la semana pasada, cuando fui a caer, por esas putas casualidades de la vida, justo esa semanita en Río de Janeiro.
Y por más que reniegue de los métodos científicos, hasta en la sociología de mercadito son necesarios algunos datos duros, como dicen que les dicen, porque si no los me parece, los sentí, los conversé pueden ser simples delirios de la imaginación.
Y si serán duros los datos que muestran que Río es una ciudad donde 1.5 de sus 6 millones de habitantes vive en favelas, en un país donde el ¡1%! de la población concentra más del 50% de la de la renta (de América Latina, lejos el más inequitativo y del mundo anda por ahí), donde -como Joni también sabe- el homicidio es la principal causa de muerte para las personas de 15 a 44 años de edad, y las víctimas son mayoritariamente jóvenes, varones, negros y pobres. La gran mayoría de las muertes las provoca la policía: entre 2003 y 2009 sólo en Río y San Pablo se registraron más de 11.000 muertes, inscriptas en los registros policiales -vaya novedad el nombre, no la cifra- en contexto de "actos de resistencia".
Otro durísimo dato es la situación de los medios de comunicación. 107 son las emisoras televisivas que tiene la monopólica red O' Globo, y un tiraje de 350 mil ejemplares del diario de mayor circulación, entre otras exorbitancias (y no llevaba ninguna hache, qué cosa, che...).
La combinación de esas realidades no puede dar un buen resultado, pese al esfuerzo por disminuir la desigualdad-exitoso si se tienen en cuenta números relativos pero casi invisible en términos absolutos- del PT. Eso ya es una opinión.
De las cosas que ví esa semanita puedo contar las playas hermosas y tranquilas, con los meninos de las escuelitas de fútbol jugando en las praias de Copacabana, con esos mulatos jugando "futivoley", gente paseando, corriendo, tomando uma cervejinha geladinha con una casquinha de siri o agüita de coco helada. La gente de la calle, como siempre, las mujeres que te miran sagazmente, las mulatas y las negras con muchos hijos, los shoppings, los locos, cada color en su lugar, mayormente, los músicos, los funcionarios, los desayunos con jugos de frutas raras y exquisitas, el desinterés por la política.
Y mientras eso, lo de todos los días acontecía, paralelamente el despliegue de las fuerzas de seguridad: la policía federal, la estadual, el ejército, la prefectura, el temidísimo BOPE, y entre ellos los que tienen su negocio, los asesinos, narcotraficantes, contrabandistas. Y la señora transmitiendo en pleno centro con el chaleco antibalas, entre miles de personas que pasaban por delante y por detrás.
"Caos en Río de Janeiro". Una versión corregida y aumentada de lo que nos pasa.
Y ahora, quién podrá ayudarnos. O bem chega, o mal foge.
De lo que conversé, 18 mil efectivos es como mucho. Los tanques en las calles, la ostentación de fierros pesados en autos de civil sin identificación alguna, helicópteros (se podían ver casi en la misma proporción de la Globo y de los milicos). La gente devoró las imágenes en las televisiones de bares y vidrieras, pagó su cuenta y se fue. Caos en Río.
Por casa, De Narváez diciendo que así se hace, muchachos, y así se debe hacer.
Ahora que terminamos con el problema del narcotráfico, dicen sin pudor los medios, preparémonos para recibir las Olimpíadas.
De lo que sentí, por unas callecitas de por ahí, este reparo:
Se dice de la muerte que es cancelatoria, que es injusta, que casi siempre es temprana. Aunque -desde la propia definición de "naturaleza humana"- nos puede acontecer en cualquier indefinido momento de nuestras vidas y por motivos "naturales" de lo más variados (entonces es natural se dé en las circunstancias en que se dé), la muerte es injusta aunque sea inexorable y es temprana aunque sea en el momento exacto.
Llanto, O. Guayasamin
La muerte, cuando está vinculada a la política, ese espacio de todos, es -también y en diferentes medidas- una muerte de todos, una muerte que nos concierne. Por eso consterna una muerte política, con más razón si es sorpresiva, con más razón si es de un dirigente, con más razón si ese dirigente fue presidente de un país, con más razón si muere en un momento político donde se vislumbra una construcción política, con más razón, finalmente, si su rol era o fue determinante en esa construcción.
Cuánto y cómo nos concierne puede hacer la diferencia, puede ser el factor que marque un antes y un después en determinada concepción y prácticas políticas conocidas hasta el momento.
La muerte de un político es un acto político.
El otro día el flaco me contaba cómo se había vivido treintaypico años atrás, la muerte del Viejo,
[no me decía "yo no era peronista" del mismo modo en que hoy se dice "yo no soy kirchnerista". En los setenta no ser peronista era, necesariamente, ser otra cosa -trostkista, marxista, guevarista, anarquista, socialista, comunista, radical, liberal, fascista- tendencias algunas que incluso se manifestaron dentro del propio peronismo- y "no ser kirchnerista" es decir " a mí la política mucho no me va pero"].
y qué transmitía aquella despedida, para él, que no era peronista, pero se sintió convocado. "La derrota", sintetizó. Todo no podía más que empeorar, en aquel julio del '74. No fue la muerte del Viejo la que la produjo, sino la que la dejó fluir, pero ya estaba en plena gestación.
De las últimas de estas muertes políticas, la de Alfonsín es la más presente, por más próxima y porque fue otro ex presidente con un gran peso político y simbólico. A Alfonsín mucha gente lo despidió, más que nada pero no únicamente radicales, también él fue símbolo de una época, emblema nada menos que de la transición argentina de la dictadura a la democracia. Sin embargo, en la despedida [parecía ser que] sus simpatizantes despedían también los vestigios de una vieja forma de hacer política, de un partido de masas capaz de disputar la representatividad del pueblo. El casi único triste legado de aquel radicalismo (porque Cobos claramente no lo es) fue su caricatura, Ricardo. Nada que hacerle.
La muerte de Alfonsín, en ese sentido, cerraba tan claramente un ciclo como la muerte de Kircnher lo abre.
Se dice, y con razón, que este 2010 empezó en el 2001, donde hubo que arrancar rejuntando los restos. Pero también estaban los restos de otra derrota y la originalidad del kirchnerismo es que también los recogió. Los pedazos rotos de aquellos años fueron por primera vez piezas del nuevo rompecabezas político de nuestro país.
Si es cierto que se aprende de las derrotas y de las experiencias, dos son mejores que una. Y si es cierto que la construcción de hegemonía tiene que ver con la capacidad de aglutinar demandas de sectores cada vez más amplios, de interpelar a más actores sociales, de generar consensos, tomar aquellas banderas era una señal en esa construcción. Hay capacidad aglutinadora en este movimiento que se va reconociendo, paulatinamente, en la calle. Estos días la Plaza tomó aires de asamblea popular cuando la gente aplaudía o vivaba a las personas entrevistadas frente a las cámaras que transmitía la pantalla gigante, cuando inventaba consignas, conversaba, se reconocía. Ciertas aguas, que venían encontrándose en distintos recorridos, confluian nuevamente (por si no estaba claro cuáles aguas estaban del otro lado, la muerte de Kircnher aclaró todavía más el panorama) y conformaban -conforman- este nuevo delta. Local, regional, latinoamericano, a todo ello contribuyó el esfuerzo (qué si no podría ser este reconocimiento) y es parte del corazón que pareciera estar pariendo esta nueva era.
Todavía nos faltarán lecturas, análisis, aportes. Ver más, escuchar más, prestar más atención, formar parte, quizás sea el signo de estos tiempos.
Se dice que un nacimiento es un acontecimiento para celebrar. Salud, entonces.
Camino, más por salir del frente de la pantalla de la compu que por necesidad, al baño, despacio. Como tantas veces hice y seguramente -digo seguramente sin estar tan segura porque pasan esas cosas que nos pasan tan cerca, esas putas tragedias que hacen de la vida algo tan poco seguro- y no tan seguramente, entonces, volveré a hacer, camino despacio hacia el baño. Voy apreciando puertas, el vitraux de las ventanas, el aire del pasillo de ese viejo edificio, entro, me siento a mear (siento decir crudamente "mear", pa que si digo orinar unos cuantos se me van a cagar -uh, perdón- de risa) y leo en la caja de papel para secarse las manos no me acuerdo qué cosa y SAP.
No sé bien por qué, pero siento una especial atracción por las siglas, por lo que ocultan, o denotan, o sugieren. No puedo pasar frente a una sigla inadvertidamente. No tengo idea qué significa SAP para los fabricantes -o importadores, no estoy segura- de papel para secarse las manos pero de pronto se me desplegó (porque por esta época las cosas "se te despliegan" como menuses, viste) un término de otra época: Solidaridad Argentina con los Pueblos.
Dudo si viene al caso explicar qué carajo es o era Solidaridad Argentina con los Pueblos, creo recordar que era una especie de sello del Partido Comunista. Me quedé pensando que seguramente sólo yo veré esa sigla (suponiendo que la gente se ponga a leer) y pensará "Solidaridad Argentina con los Pueblos". Lo loco, lo que me quedó dando vueltas, es cómo las siglas también marcan épocas y caminos recorridos: despliega tu sigla y te diré quién eres, también podía haber puesto.
No sé para qué puede servir esta conclusión, pero no importa. Lo cierto es que seguro que hay unos cuantos como yo para los que PC sigue siendo más Partido Comunista que Personal Computer (aunque combinado puede dar por resultado... ¡esto! -¿para cuándo la Internacional en ritmo tecno, muchachos?-) o siempre que vemos MLN o FLN desplegaremos Movimiento o Frente de Liberación Nacional, por más modernos que seamos y o nos convirtamos en los american psycobolche (no perdona ni una el flaco éste, carajo).
Están las siglas también que reconocemos sin saber qué significan: Para mi generación DRF es sinónimo de cierto particular sabor más allá de que la mayoría no sepa que el tipo que las inventó se llamaba Darío Rodríguez de la Fuente y mucho más allá de que ahora hagan las de menta sin azúcar. Nadie dudaría qué coño hacía la KGB aunque muchos tartamudearían si les preguntáramos qué quiere decir. No importa. Contrariamente, creo que todo el mundo sabe qué es el FMI o la CIA o las SS.
Por prepotencia de pasado trágico, seguramente nos vendría primero a la cabeza Alianza Anticomunista Argentina antes que Asociación Argentina de Actores si nos lanzan a la cara AAA y FFAA es Fuerzas Armadas antes que Ferrocarriles Argentinos.
Desde que las patentes de los autos vienen con letras, me enfermé y contagié por cierto a algunos de mis amigos. Tengo juegos de palabras elaboradísimos, con reglas que lo van complejizando cada vez. Las siglas, por supuesto, están permitidas a condición de sean actuales o fácilmente reconocibles.
Si hubiéramos nacido diez años antes, reconoceríamos seguramente todas las siglas de este texto que el genial Perlongher tuvo la delicadeza de desplegarnos abajo, fundamental herramienta para quien investigue temas de pasado reciente argentino.
No cabe profundizar por el lado de la velocidad de la vida moderna y de las nuevas formas de comunicación, que exhiben impúdicos tkm o bs, porque eso es puro desgano y desatención.
Otro motivo movía a quienes saludaban en sus epístolas, brevemente, "salud y RS" y a quienes, irónicos o nostálgicos, lo siguen haciendo.
El perro lloraba afuera, podía ser en la plaza, por ahí. Y los perros de la cuadra replicaban ladrando, quizás pidiendo auxilio para su amigo en desgracia, quizá pretendiendo tranquilizarlo o quién sabe qué cosa de perros. Gemido y ladridos incomodaban la noche, la perturbaban. Escucho la voz de un tipo que fue al auxilio, el bicho que se calma, o al menos calla. Una señora grita "¿está bien?" y todo vuelve, imperceptiblemente, a la tranquilidad, al silencio lejanamente intervenido por el ruido de un auto. Todos nos dormimos.
El pibe debía tener unos once y lloraba. Sucio, maloliente, pasado de pegamento lloraba. Solo, sin grandes ni chicos que lo acompañaran, lloraba dolorosa, angustiosamente. La gente se apartaba lo más posible y hasta podía ser gracioso comparar desde arriba la fila de personas que hacía una curva frente a él, con una fila de hormigas que esquiva un obstáculo. Pero no era gracioso. Nadie preguntó nada, nadie miró, nadie intentó acercarse.
La misma gente.
Algo anda bien para el culo en estas sociedades.
Más murguita oriental. La Mojigata de este verano.
-Pero qué taxi más pistero -no pude evitar decir apenas subí, inmediatamente después de darle la dirección al conductor. Siempre pienso tarde las cosas, y tarde pensé que el viaje desde la terminal de ómnibus de Retiro (a la que llegaba de noche tras unos días de intenso trabajo en Rosario) hasta el ignoto barrio de Monte Castro donde vivo iba a demorar al menos unos 45 minutos y que darle conversación sin más al tachero casi antes de sentar el culo en el asiento podía ser riesgoso.
Trato de no prejuzgar tontamente, en general, pero sé que siempre intuimos, percibimos, medimos. Y el juicio previo es una acción de ese orden, actualmente con justificada mala prensa porque hegemoniza -así es el lenguaje- su connotación negativa, pero que en su forma positiva no habla sino de datos de la experiencia.
Trato, debía decir quizás, de que mis prejuicios no se conviertan en juicios sin mediación ni causa, por ejemplo, cuando pienso en los tacheros de Buenos Aires. Los tacheros son naturalmente buenos, el tránsito porteño los corrompe, pienso, parafraseando a Rousseau. O que si los taxis vinieran sin radio, quizás no serían -o habría menos- taxista facho. O pienso que la gente es rara, siempre. O que no todos los taxistas son iguales, pienso, esta vez parafraseando a mi abuelita.
Pero trato de no iniciar yo una conversación, además porque los viajes -cuando una no es la que maneja- me sirven para pensar millones de pelotudeces que en otros momentos no puedo.
Lo cierto es que este vehículo lleno de luces y tecnología, me tomó de sorpresa (tenía por ejemplo una pantallita en el dorso del asiento delantero que transmitía repetidamente una extraña programación), y mi exclamación, claro, entusiasmó a su dueño.
-¿Viste? -me dijo, y agregó: -¿Y ya viste todo lo que tiene?
Sospeché, pero como soy suspicaz, no me importó y miré con más cuidado.
-Ah, sí, ahora veo que tenés un GPS ahí abajo, escondidito. Qué bueno, porque por mi barrio se complica un poco. Y la hora digital en el espejito, qué lindo.
-No, no, mirá bien, hay algo que no viste.
Ví de pronto ante mí una especie de hongo blanco, como de plástico, entre los dos asientos delanteros, que no se parecía a nada que yo hubiera visto anteriormente, del tamaño de un huevo de avestruz, por decir algo.
-Eso, -dije señalándolo. -Pero no me atrevo a preguntar qué es.
Ví cómo se alegró. Evidentemente era ése el chiche que quería mostrarme y sobre él la charla que el tachero -Carlos, según la tarjeta que me dejó cuando llegó a destino- prefería tener con sus pasajeros.
-Esto -dijo orgulloso, -es un armonizador.
Lo dejé seguir. Me contó, orgulloso, que eso era un artefacto científico (así dijo, artefacto científico), que lo había inventado su cuñado, físico él, y que servía para armonizar los ambientes. Que funcionaba por absorción de estática (todo hacía suponer que el concepto de estática era equivalente al menos científico de "malas ondas" o "mala vibra") y que él lo había probado en su casa, ocultándolo entre unas plantas a la hora de la cena familiar. Que las cenas en su casa siempre eran problemáticas, porque participaban de ellas su suegra y la hermana, que pasaban la vida peleando y en las cenas particularmente. Que ese día, claramente, habían discutido menos. Que lo había probado con sus hijos, con el mismo resultado.
-Si esto camina, -me dijo Carlos Ortiz, -vas a escuchar hablar de mí.
El monólogo de Carlos se hacía más entusiasta. Decía que el problema principal de la humanidad era la violencia, y que si la misma se erradicaba el mundo sería un mejor lugar para vivir. Por amabilidad y convicción acordé con esta afirmación, lo cual pareció darle todavía más energía para seguir. O era el armonizador.
Lo cierto es que de un minuto a otro -creo que pude haber dicho algo acerca del capitalismo y la mala distribución de las riquezas, pero no podría afirmarlo- estábamos hablando de lo público, más específicamente, de la salud pública y del estado lamentable en que se encuentra, cuando lanza:
-Yo NO estoy de acuerdo con que los hospitales públicos atiendan a los extranjeros.
Ay. Quizás tenía que pasar esto y yo debía haberlo previsto. Pero es así, la previsión no es lo mío.
-¿Cómo? -pregunté, empezando a notar lo inevitable de mi sangre que empezaba a entibiarse.
-No, no tienen que atender a los extranjeros. Una cosa es los argentinos, que pagamos nuestros impuestos, y otra los que vienen de afuera (quiénes si no son los que vienen de afuera más que bolivianos, paraguayos y peruanos).
-Ah. O sea que los dejamos que se caguen muriendo.
No le gustó la afirmación, o la palabra cagar, o yo. Me miró ofuscado y redobló su postura.
-No, yo no digo eso, yo digo que los atendés pero después de atender a los argentinos.
Él se había puesto nervioso. Se había transformado y yo -de nuevo tarde me dí cuenta- no debí agregar, viendo su estado.
-A ver muchachos, los peruanos en esta cola, los bolitas en esta otra y los paraguas acá.
Comenzó a enojarse, a discutir, a alterarse. Hablaba sin parar hasta que me jugué el todo por el todo y casi grité:
-¡¡Eeeeeeeeeeeh!! ¡¡¡el armonizador!!!
Hizo silencio de pronto. Quizás porque realmente se jugaba a que su artefacto científico tenía que funcionar. O quizás porque funcionaba así (yo no sé), comenzó a disculparse de todas las formas posibles.
El breve trayecto que restaba para llegar a casa lo pasamos en silencio, ya que gracias a su precioso GPS, no necesitaba indicarle las calles.
Si alguien quiere conocerlo, me lo hace saber. Carlos Ortiz, como dije, me dejó su tarjeta.
Sancho Panza: Yo cristiano viejo soy, y para ser Conde esto me basta.
Don Quijote: Y aún te sobra
[Cervantes, Don Quijote de la Mancha, I, 21]
Se discute la hegemonía de un discurso social. Con argumentos científicos, dogmáticos, legales, la posición respecto de la ley de matrimonio universal revela, de nuevo, una discusión ideológica (el conflicto del campo, que terminó produciendo una disputa ideológica, surgió de un conflicto económico -y de poderes, también) y una lucha por mantener posiciones.
En esta, todavía más, se discute ideología, entre otras cosas porque ningún perjuicio material podría producirle a nadie la aprobación de una ley que amplía los derechos de los ciudadanos (ni siquiera se trata de un juego de fojas cero, donde si yo te doy a vos es porque le estoy sacando a otros).
Más allá de los efectos de esta ley, de si es o no es lo importante ahora, de si primero hay que regular para agilizar los procesos de adopción, etcétera, es interesante (por lo menos no me van a decir que no es divertida, posta) la discusión "pública".
La Iglesia católica, y junto con ella los sectores más conservadores de la Sociedad (es así, muchachos, algunas cosas hay que escribirlas con mayúsculas) disputan una visión de mundo (diría el gran Antonito Grasmsci) al discurso secular, y se ponen a sí mismos como la reserva moral de la Argentina. La policía de la moral, los adalides (adalides es de las palabras que suenan raras después de decirla mucho) de las mayúsculas, Tradición y todo lo demás.
Y arrastran tras de sí no solamente al "público cautivo" de los colegios confesionales, cosa que no debería sorprender, sino a un público más amplio (que también viene a ser un público cautivo, no? porque se me hace que es un staff estable) que se siente identificado con estas demandas (y quién si no la Iglesia sería el más legítimo portador de su discurso) y aprovecha también para intercalar otros reclamos, o sea, doblan la apuesta. "No queremos más putos" podría haber sido un lema, más o menos como "sodoma=Argentina" como se veía en la foto del diario de hoy.
De las posturas ultramontanas, extemporáneas e interesadas de la Iglesia católica oficial y la troupe de los malos de Titanes en el Ring se sabe mucho en este ispa por nuestra tristemente célebre historia reciente. Sin embargo el descrédito en el que cayeron las Fuerzas Armadas tras el Proceso no lo sufrió la Iglesia como debía. Y ahí están, y sus feligreses, con diatribas al Satanás puto y a su hijo puto embanderados tras la curia que vocifera gusanos llamando a una guerra santa.
No es su último recurso, es el primero, eso es lo más loco.
Desde esa perspectiva tienen sentido el epíteto de "cruzada" moderna (que no medieval) para referirse al ansia de imposición de sus posturas conservadoras sobre una dimensión que, a todas luces, debería ser absolutamente independiente del poder confesional, que son los derechos de las personas que deben ser garantizados por el Estado. Debería ser, pero. No es fácil sacudirse la resaca de centurias, queremos, pero no tenemos, un Estado laico. La Iglesia católica ocupa un lugar relevante dentro de las estructuras de poder.
Parte de su legitimidad, es ideológica. Otra, claro, es económica. esos espacios los peleará con uñas y dientes. Porque esos espacios son espacios simbólicos, de poder y son también materiales.
(Ni hablar de que hay otras religiones. Pero en la Argentina hay libertad de un culto).
Por otra parte, las leyes que amplían los derechos de los ciudadanos suelen tener estos efectos. Más de uno (y una) se habrá escandalizado con la ley -tardía, por demás- de sufragio femenino (que antes, IGUAL, se llamaba universal ¿eh?, sólo para prestar atención a cuál es el "universo" al que se alude cuando se hace referencia a cuestiones "universales") y ni que hablar con la ley de divorcio. Las leyes -lenta, paulatinamente en este país- van respondiendo a los cambios sociales, mal que le pese al Cardenal Bergoglio.
Mientras tanto, Decenas de Familias Argentinas salen a las calles a manifestar por la Defensa de la Familia Argentina. Qué miedito.
En tren de recuperar, el 4 de mayo escribía esto, que dejé porque me pareció una huevada, además de que no sabía bien adónde iba. Pensaba en gentes que conozco, que se nos cruzan. Gentes que tienen algunas características comunes, y que se trata más de una cuestión de medios que de fines, digamos de una forma de hacer las cosas, más allá del objetivo que se persiga . Pensaba en el poema de Borges de más abajo y lo poco que somos, puestos en contexto.
De las categorizaciones de las gentes que hacemos en la inrigurosa sociología de mercadito, toda una ciencia del canyengue, hay una categoría, la que denominamos jugadores de ajedrez, que conforman un grupo bien delimitado (nota: la rama de la sociología de mercadito que estudia las conductas sociales es la psicología social de mercadito, y este intento debiera encuadrarse en esa disciplina. Dado que la misma aún no ha sido debidamente desarrollada, será la propia sociología de mercadito la que se ocupe de comprender por ejemplo por qué catzo Tita mi vecina es tan jodidamente reaccionaria, si porque escucha a Longobardi o por la cultura machista, por clase social o por crianza, o por cuántas otras variables y sus combinaciones).
Jugador de ajedrez es una categoría que combina un carácter astuto, audaz y premeditado, con un escenario que él mismo intenta transformar a medida que los acontecimientos se desenvuelven.
Es un jugador de ajedrez quien sabe inclinar la cancha para que las cosas salgan a su favor, es aquél que intenta (no que siempre lo logre) caer de pie, o se sobrepone, o es capaz de esperar para lanzar la estocada. Es el que suele acomodarse mejor, el que sabe en qué momento de la fiesta hay que llegar, el que sabe controlar los silencios. Puede ser jodido o no, bien o malintencionado, auténtico o hipócrita, valiente o cobarde. Los hay de izquierdas y de derechas, en lo privado y en lo público, en lo cotidiano y en lo que lo trasciende. Según las combinaciones serán oscuros, astutos, esquivos, pícaros, inquietantes, odiosos, conspirativos, interesantes.
Todos ellos son enemigos no declarados (porque declararlo sería mostrar el juego y eso no es de buen jugador) de los espontáneos, los intempestivos, los irreverentes, los indiscretos, los desmedidos.
Los jugadores de ajedrez son premeditados, por eso corren con ventaja, por eso nos sorprenden, nos ganan, nos engañan o nos enamoran. Ellos saben lo que a veces olvidamos quienes no jugamos, que estamos en un tablero y que se vale adelantar las jugadas, dominar el escenario, prevenir, premeditar, saber cuándo es el mejor momento para estar, para parecer, para semejar o para desaparecer. Los que nos olvidamos sólo nos sorprendemos de vernos a veces piezas y otras veces no.
Raras épocas para los que nacimos en los sesentas, estas épocas. Y en estos lares, como si fuera poco.
Quizás porque tuvimos la posibilidad de vivir otras realidades bastante diferentes, quizás porque nos fueron dados a conocer mundos posibles que hoy son, sencillamente, impensables.
Pero que lo fueron muy rápidamente, como si nos hubieran hecho una gambeta para gritarnos burlonamente "ooooole" más tarde.
Distinto -no digo que más fácil- es haber nacido con el muro ya caído, con el SIDA existiendo, derrotada la utopía, decretado el fin de la historia. O con una -mala- democracia garantizada.
Nuestra generación bien podría ser recordada como la generación de los amagues, te la muestro, te la doy... te la saco y te jodiste (algo habremos hecho): crecimos con la dictadura y maduramos con la certeza de su final inminente, sin haber hecho nada por merecer ni la una ni el otro. Los vimos pasar, aberramos de ellos, los gozamos, y creímos que con la democracia se comía, se curaba y se educaba. Óle.
En los primeros ochenta, cuando la política formaba parte de la vida cotidiana, ganar la calle fue la respuesta inmediata, espontánea, frente a tantas calles vacías durante años (recuerdo que en el 83 si te ponías a cantar "se va a acabar" con cinco amigos al ratito había que cortar la calle por la cantidad de gente que se sumaba). La calle, la universidad, el barrio, todo estaba cargado de política. Democracia era una palabra muy significativa, tenía un sentido compartido por muchos, quizás como "mérito" propio de la dictadura, como si aquél notemetás de la dictadura hubiera tenido su antítesis en un fugaz metámonos que duró hasta que nos comimos el sapito color verde oliva de nuevo. Óle.
(Ay, Alfonso).
Nos alcanzó el tiempo un poquito para ver de qué se trataba: la participación popular, el juzgamiento de los milicos, parecía venirse una era. Y quizás sí se haya venido, qué se yo.
Los futuros historiadores oficiales vernáculos tomarán seguramente los años ochenta como un hito, el antes y el después que marcaría rotundamente el fin de siglo en estas coordenadas (similar a la significación que tuvo a nivel internacional la caída del muro pero localito, vio, pobretón). El invento -buen invento- del siglo corto de Hobsbawm podría traducirse así en su versión tercermundista y sociomercaditológica: Si tomamos en cuenta la vida institucional del país, podemos decir que en la Argentina el siglo XX corto va desde los años treinta, cuando el primer golpe de Estado a un gobierno constitucional -y donde los milicos se dieron cuenta cuán fácil era hacerse con el poder- hasta 1985, en que los procesos políticos en toda la región comienzan, si no consolidarse, a establecerse, ocluyendo -al menos en principio- la posibilidad de nuevos golpes de Estado.
Un siglo cortititito, bah. Pero bueno, puede ser una mirada. De última, si por algo estará marcada mi generación, es por el hito de la vuelta a la democracia (La revista Humo(r) de los ochenta definía dictadura como un período de gobierno ocasionalmente interrumpido por elecciones, así estábamos).
Ahora sí, esta democracia parecía poner fin al siglo infame (ma qué década).
El Juicio a las Juntas fue otro hito en ese camino. Los máximos responsables iban a ser juzgados.
Me emociona, siempre y mucho -y la ví tantas veces- la escena de la lectura del alegato, del ahora tan borracho Strassera : "Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad..."
El aplauso que crecía desde tímido hasta emocionado. El desborde incontrolado, los abrazos, las lágrimas. Ver las caras impertérritas de los victimarios mientras la gente les gritaba, sus miradas pretendidamente amenazadoras pero inevitablamente humilladas.
Cómo no comerse el amague.
Por las mismas épocas, para colmo, nos comimos la gambeta con el sexo libre, también, hasta que alguien empezó a murmurar cierta cosa acerca de una rara enfermedad, o sea que ya no fue el único problema acordarse de "la pastillita del martes" sino que se ponía pesadito... sobrevinieron desconfianza y miedo, enemigos declaradísimos del goce.
Hay acontecimientos sociales, políticos, económicos. Hay cuestiones culturales, personales, hay más allás cósmicos y magias, hay incidencias y coincidencias. Las cosas son lo que son porque se conjugan de determinada manera en determinado momento. Y a nuestra generación le tocó la de haber saboreado una posibilidad.
Porque casi casi que iban a decir que en este país también hay violencia de género, encima: ¿no será mucho?
Por una bestia que quema a la jermu, van a decir que es una sociedad machista y blablabla. Ése, y Monzón ponele, que pobrecito al final la terminó pagando.
Porque si vas a otros países ahí sí hay violencia contra las mujeres, por algo está lleno de carteles pegados en las calles y hay marchas en contra de la violencia contra las mujeres, pero por un caso o dos que pasan acá no vamos a estar gastando dinero público en campañas.
"Romanticismo" (Santa Rosa, Argentina)
Porque si vamos al caso tampoco nos pueden decir que seamos racistas, che. Con esos negros tan lindos que hay por la avenida Corrientes, ahora cada vez hay más.... debe ser que se pasan la voz, viste, uno le escribe una carta y le dice, "venite que en Baires se pasa bien, acá nos adoran porque vendemos bijou"
Y tampoco se puede decir seriamente que haya xenofobia, viejo, si los cantitos en la cancha son re simpáticos, só bolita só paragua lavate el culo con aguarrás, no puede tener nada de malo eso, es chistoso nomás, tampoco hay que exagerar.
[-Disculpame ¿cómo dijiste? pregunté consternada, dos veces a la mujer, docente de primaria de escuela pública bonaerense ella, que hacía un curso de capacitación. "Bolitas, dije. Pero cariñosamente"]
Y tampoco vamos a andar midiendo las cosas según lo que se canta en la cancha, che. Porque en eso sí que somos democráticos. Si no só bolita, só paragua, o sos puto, o sos judío.
No jodamos, si somos bárbaros los argentinos. Somos bárbaros.
Las sociedades somos lo que sus grupos en interacción producen, y lo que ellos en interacción con un medio que modifican permanentemente también construyen. Las sociedades, su gente, se producen y reproducen en un contexto específico que al mismo tiempo tienden, lentamente, a cambiar.
Por ejemplo, diría que un argentino hoy es algo totalmente distinto a un argentino hace 50 años. Y hace 50 años, el argentino era distinto porque la Argentina era distinta (lo cual implica que esa Argentina distinta producía argentinos distintos, y así indefinidamente, pseudohegelianísticamente hablando). El argentino, se puede decir, se produce a sí mismo. Uy.
En una combinación única de prácticas, azares, consecuencias cantadas, idiosincrasia, contexto internacional y regional, las nuevas modalidades del ser nacional, la certeza de un futuro incierto (a la lista de oximoron) y su gente en general y alguna gente en particular, la Argentina a las entradas del siglo XXI es quizás, la parodia de lo que iba a ser durante el siglo XX.
Una vez como tragedia y otra vez como farsa.
A las entradas del siglo XXI, el pasado combativo y de lucha, orgullo de nuestra historia (no la oficial, que esa va a seguir contando cómo se suceden los gobiernos contando sin nombre -cuando amerite- alguno que otro muerto en la calle) se diluyó de la misma manera en que empezó a ser -de golpe y porrazo- extemporáneo el lenguaje cotidiano: ¿pueblo? ¿eso viene a ser tipo qué, che?
[Hay términos que hoy sólo se dicen con vergüenza o pidiendo perdón o sólo aludiendo al pasado: pueblo, popular, luchas populares. Comunista, revolucionario, clase obrera. Otros sirven tal cual eran, que es lo mismo que decir que siguen igual a sí mismos: fascismo, liberalismo, socialismo, libertad de mercado. Y otros se resignificaron adquiriendo otras connotaciones: democracia, Nación, campo nacional-popular, sindicato, política.
Y peronismo, siempre ejemplo para todas y cada una de las categorías].
Estos nuevos modos de la política no son, claro, exclusivamente locales, sino que acompañan también cambios a nivel global. Mucho y claro se escribió sobre el corto siglo XX de entre el 14 y el 90, y no tan claro sobre el después, pero usando las categorías que nos ofrece la sociomercaditología, se puede decir que después de la caída del muro nos quedamos pataleando en el aire. Vanos y escasos resultan hasta ahora los esfuerzos de los verdaderos militantes para revertir esta percepción hegemónica que fue instalándose y afirmó su cimiento sobre un espectro político que la izquierda y el movimiento nacional-popular abandonaron, o al que no supieron dar respuesta (y a cuya derrota el contexto internacional contribuyó con su nada desdeñable aporte de la paredcita que se vino abajo). Ni los nuevos movimientos de resistencia global, ni los laclaunianos grupos identitarios que encontrarían la canalización de sus demandas en demandas contrahegemónicas más amplias, ni los viejos movimientos sociales, ni los viejos ni nuevos partidos políticos logran articular, hoy, un discurso contrahegemónico, o -como decíamos en aquella época- emancipatorios.
Otro mundo ¿es posible?
("millones de personas pensando sólo en si mismas, ¿es el único camino? ¡No!", reza nada menos que una propaganda de whisky, demostrando que ser distintos es levantar a la chica linda para que no se moje sus bonitos pies en un día de lluvia).
A las entradas del siglo XXI, la "virtud" mayor que esgrime la política sigue siendo el no tener nada que ver con la política.
Las versiones vernáculas siempre son expresiones extremas (porque nos gusta ser modelos: si privatizamos -mal- tenemos que ser el modelo de cómo hay que -mal- privatizar. Si hay corrupción, tenemos que ser el modelo de país corrupto. Si salimos a la calle, nadie como el pueblo argentino para salir a la calle, si nos hacen enojar nos hacemos escuchar, y así.
Así, la política como empresa (y no como vocación o como acción) está representada directamente con nuestro empresario modelo:
"El PRO es un espacio pragmático, que convoca a gente que nunca hizo política, de distintos partidos, buscando soluciones" y que no quiere "dar debates con fantasmas del pasado, que no sirve para nada", Macri dixit, sin necesidad de avisar que eso es una virtud (ay, si por lo menos pudieran manejar la ironía).
En su opuesto, en la posibilidad de encontrar nuevamente la política, una tibia demanda ambigua, unos caminos equívocos que no terminan de tomar forma.
Por culposidad generacional sólo pretendemos disculpas, por idiosincracia nacional nos hacemos los boludos o nos cobramos los méritos (según el caso) y por desconcierto epocal sólo balbuceamos unas pocas palabras levantando tímidamente el dedo.
[Raras épocas para los que nacimos en los sesentas, estas épocas. Y en estos lares, como si fuera poco. Y de "estos palos", por decirlo sociomercaditológicamente. Al brasuca le encanta la expresión "del palo", nosotros-astillas desparramadas por doquier que se cruzan, se encuentran, se reconocen como partes. Nosotros del cordobazo sólo escuchamos hablar; éramos muy pendejos cuando oímos de los montos o los perros y niños cuando escuchamos el Comunicado número 1. Generaciones posteriores nos dirían que nosotros, por lo menos, supimos lo que era vivir en dictadura, y salir de ella. Que ellos ni eso. Pero de ellos mejor que hablen ellos mismos, que son distintos de este triste nosotros desolado, a la intemperie, con el hilito del globo colgando de la mano como si todavía esperáramos que lo vuelvan a inflar. Qué boludos].
Lo que hoy somos lo construimos persistentemente durante todo el siglo XX, sumando y restando de lo que nos ofreciera el resto del mundo, eligiendo algunos caminos y otros sólo tomándolos, sin darnos cuenta de las encrucijadas. Habrá que hacerse cargo.
A lo que venga, que es nuevo, habrá que reconocerlo como nuevo. Pretender que es sólo una versión del pasado sólo nos desafiaría a gestionar los restos. ¿Acaso se agotaría el futuro con la gestión de los restos del pasado?