...quién pudiera tomárselo como ella...
Signos de una época, de una edad. El hoy fugaz, sus antes y después. Estos días, estas gentes, aquellos mundos posibles.
Mostrando entradas con la etiqueta Clarita. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Clarita. Mostrar todas las entradas
05 febrero 2011
05 enero 2011
Ví pasar
cosas que antes no había visto:
a través de una persiana los pies de Rocío y a Clarita caminando entre ellos,
muchos años en pocos días,
ví pasar y quedarse amigos para dar una mano, para preguntar qué hace falta, para sugerir dónde habrá que poner una parrilla.
A Matilda, furtivamente, porque decidió vivir unos días en la clandestinidad,
al mundo real al lado mío, mientras transcurro en una especie de dimensión desconocida.
Libros, recetas de cocina, llaves de extrañas puertas de una casa que fue de otros lectores, otros cocineros y otros centinelas. Dos universos paralelos en antitética lucha por dominar(se) o persistir en el eclecticismo para siempre, como siempre. Infancias de otra, rastros de años de otrora, pequeñas almitas que persisten neciamente en los ambientes, hasta que pronto dejarán de sorprenderme, hasta que se integrarán al nuevo hábitat o morirán con la frente en alto deshaciéndose en el aire.
Cada cosa ví pasar estos días.
a través de una persiana los pies de Rocío y a Clarita caminando entre ellos,
muchos años en pocos días,
ví pasar y quedarse amigos para dar una mano, para preguntar qué hace falta, para sugerir dónde habrá que poner una parrilla.
A Matilda, furtivamente, porque decidió vivir unos días en la clandestinidad,
al mundo real al lado mío, mientras transcurro en una especie de dimensión desconocida.
Libros, recetas de cocina, llaves de extrañas puertas de una casa que fue de otros lectores, otros cocineros y otros centinelas. Dos universos paralelos en antitética lucha por dominar(se) o persistir en el eclecticismo para siempre, como siempre. Infancias de otra, rastros de años de otrora, pequeñas almitas que persisten neciamente en los ambientes, hasta que pronto dejarán de sorprenderme, hasta que se integrarán al nuevo hábitat o morirán con la frente en alto deshaciéndose en el aire.
Cada cosa ví pasar estos días.
25 septiembre 2010
02 marzo 2010
Las noches y los días
La noche se hará día, esas cuestiones del ciclo natural.
Entonces
Mi vecino adolescente se da cuenta -o le alguien le dice, y yo agradeceré de ser así a quien lo haga- que nunca, nunca, jamás de los jamases, podrá tocar bien la batería, porque carece de un sentido que no siempre, pero sí en este caso, es esencial para sobrevivir: el del ritmo. De día, para seguir en tema, la hermosa placita de enfrente de casa suspira alegre y silente cuando los ensayos de las murgas -por fin- terminan, y yo no tengo que volver a defenderme ante H. porque me gusta más la murga uruguaya, aunque a la de acá, claro, le reconozco el esfuerzo.
De día también, y no de noche, sé lo que hay que hacer. Buendiaunoveinticinco, seguir con el libro, bajar antes del bondi porque Corrientes de nuevo, buen día, buen día y a esto ya te pedí que le pusieras fecha y la reunión la hacemos un poco más tarde, no hay problema, no?
También ocurre de día el punto justo del agua para el mate, comprar jabón en polvo, pensar en la semana.
Que si tengo trabajo, plata, pareja, hijos, proyectos, publicaciones, esas menudencias aparecen de día.
Cuando llego a casa sola o acompañada de día, mis vecinos me saludan con una amplia sonrisa.
(Matilda y Clarita no tienen preferencias).
De día se disipan las dudas de la noche, que vuelve, la muy puta
Entonces
Que adónde va mi vida, que esta edad rara, que si habrá vuelta atrás de alguna cosa. El ruido del cartonero revolviendo la basura acontece de noche. Los gatos que cogen a unos metros de mi ventana, las cosas vitales acontecen de noche.
Cuando despuntó el vicio, sin dudas, tuvo que ser de noche y de noche es más fácil desaparecer o ser desaparecido.
Y de noche no importa si es que tengo trabajo, si la ropa está arriba o cuán corta es la vida porque de noche, extrañamente, sabemos que es mentira lo que pasa de día. O mejor, de noche sorprendemos nuestras hipocresías.
De noche
Cuando llego a casa sola o acompañada, mis vecinos saludan con amplia suspicacia.
Quizás, confundida entre la oscuridad y el silencio se agazape cómoda la conciencia de género de la noche, esa loba devoradora de certezas, y sólo importe que estamos sin destinos, no nuestros muertos recientes y nuestros futuros muertos, sino esas incertezas: los miedos, los deseos, sabernos vulnerables.
La puta de la noche.
De día también, y no de noche, sé lo que hay que hacer. Buendiaunoveinticinco, seguir con el libro, bajar antes del bondi porque Corrientes de nuevo, buen día, buen día y a esto ya te pedí que le pusieras fecha y la reunión la hacemos un poco más tarde, no hay problema, no?
También ocurre de día el punto justo del agua para el mate, comprar jabón en polvo, pensar en la semana.
Que si tengo trabajo, plata, pareja, hijos, proyectos, publicaciones, esas menudencias aparecen de día.
Cuando llego a casa sola o acompañada de día, mis vecinos me saludan con una amplia sonrisa.
(Matilda y Clarita no tienen preferencias).
De día se disipan las dudas de la noche, que vuelve, la muy puta
Entonces
Que adónde va mi vida, que esta edad rara, que si habrá vuelta atrás de alguna cosa. El ruido del cartonero revolviendo la basura acontece de noche. Los gatos que cogen a unos metros de mi ventana, las cosas vitales acontecen de noche.
Cuando despuntó el vicio, sin dudas, tuvo que ser de noche y de noche es más fácil desaparecer o ser desaparecido.
Y de noche no importa si es que tengo trabajo, si la ropa está arriba o cuán corta es la vida porque de noche, extrañamente, sabemos que es mentira lo que pasa de día. O mejor, de noche sorprendemos nuestras hipocresías.
De noche
Cuando llego a casa sola o acompañada, mis vecinos saludan con amplia suspicacia.
Quizás, confundida entre la oscuridad y el silencio se agazape cómoda la conciencia de género de la noche, esa loba devoradora de certezas, y sólo importe que estamos sin destinos, no nuestros muertos recientes y nuestros futuros muertos, sino esas incertezas: los miedos, los deseos, sabernos vulnerables.
La puta de la noche.
Etiquetas:
Clarita,
Cosas que pasan,
Mios,
Mis problemas conmigo
07 abril 2009
Míos
Miedos vulgares, a la muerte, al ridículo, a no llegar a fin de mes.
O cotidianos de no saber resolver, de no animarme a decir, de perder la oportunidad.
Miedos que se sienten en el cuerpo, que me atraviesan como un fantasma, que me quiebran un segundo. Se vuelve de ellos cuando la pregunta se responde satisfactoriamente -los miedos se expresan en forma de pregunta: "¿qué fue ese ruido"?; "¿qué tengo?"; "¿borré la cola de mails?" "¿cuándo me tenía que venir"?- y se dice (bellamente, se dice) "el alma me volvió al cuerpo". Clarita, un carajo, sí, faltan como diez días, qué boluda.
Almitas que vuelven y alivian ese miedo intempestivo, infundado, espontáneo. Casi un susto.
Un susto sin embargo es más intenso. Y más corto, como cuando el doberman tras la reja. Ningún susto más corto y más intenso y más negro. Y más mandíbulas, y dientes blancos y nubes de su aliento tibio sobre mi cara aterrada. Qué perro hijo de puta.
O que casi me pisen con la bici.
O que al volver esté la policía en la puerta de casa.
Cagazo, de otra forma, frente a un examen [llegando tarde siempre que iba a rendir con Carlitos, cada vez haciéndome bajar del 107 (Flores - Ciudad Universitaria), en cualquier lugar para buscar un baño].
Cagazo cuando una entrevista de laburo o de hablar ante gente. O cuando me llaman por teléfono desde el colegio de la enana.
Miedito, en cambio, de elegir mal. De entender mal las cosas, de que se malinterprete. De joder sin desearlo. Miedito de sufrir, de envejecer. De algunas cosas que siento.
Espanto el que nos une. Simple espanto.
Y a los aviones, carajo, si voy dentro, son todos esos miedos (y todos juntos).
O cotidianos de no saber resolver, de no animarme a decir, de perder la oportunidad.
Miedos que se sienten en el cuerpo, que me atraviesan como un fantasma, que me quiebran un segundo. Se vuelve de ellos cuando la pregunta se responde satisfactoriamente -los miedos se expresan en forma de pregunta: "¿qué fue ese ruido"?; "¿qué tengo?"; "¿borré la cola de mails?" "¿cuándo me tenía que venir"?- y se dice (bellamente, se dice) "el alma me volvió al cuerpo". Clarita, un carajo, sí, faltan como diez días, qué boluda.
Almitas que vuelven y alivian ese miedo intempestivo, infundado, espontáneo. Casi un susto.
Un susto sin embargo es más intenso. Y más corto, como cuando el doberman tras la reja. Ningún susto más corto y más intenso y más negro. Y más mandíbulas, y dientes blancos y nubes de su aliento tibio sobre mi cara aterrada. Qué perro hijo de puta.
O que casi me pisen con la bici.
O que al volver esté la policía en la puerta de casa.
Cagazo, de otra forma, frente a un examen [llegando tarde siempre que iba a rendir con Carlitos, cada vez haciéndome bajar del 107 (Flores - Ciudad Universitaria), en cualquier lugar para buscar un baño].
Cagazo cuando una entrevista de laburo o de hablar ante gente. O cuando me llaman por teléfono desde el colegio de la enana.
Miedito, en cambio, de elegir mal. De entender mal las cosas, de que se malinterprete. De joder sin desearlo. Miedito de sufrir, de envejecer. De algunas cosas que siento.
Espanto el que nos une. Simple espanto.
Y a los aviones, carajo, si voy dentro, son todos esos miedos (y todos juntos).
Etiquetas:
Clarita,
Cosas que pasan,
En plural,
Los aviones y yo,
Mios
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


