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03 abril 2011

Diatriba de la primavera

Viendo una deliciosa lluvia otoñal que disfruto por primera vez en esta casa a través de la ventana pienso en que no es justo que la primavera sea la estación con mejor prensa de todas. Se podría entender un poco cuando se habla de edades personales (se supone que según la analogía entre estaciones y edades una estaría el otoño de la vida -¿están bien hechas las cuentas? No jodamos... ¿otoño? ¿cuál otoño? ¿cuándo pasó qué cosa?-) sólo si pensamos que cuanto más lejos de la primavera más cerca de la muerte (y la muerte, se sabe, es de todas las cosas lo que tiene peor prensa), pero es un pensamiento muy pequeño y me niego a suscribirlo porque la rueda seguirá girando sin nosotros más allá de destinos, méritos,  voluntades o deseos.


Pasa a veces que nuestras propias estaciones vitales se cruzan con lo que nos toca, para decirlo rapidito, y entonces parece que nos coinciden las estaciones.


Por ejemplo, en aquella época, agarré el envión y me mandé porque parecía que por lo menos eso había que hacer, en los ochenta. Manotear una bandera, la que más encajara conmigo y con mi "modus operanding" (pal careta de Javi ;-) , aprenderme las consignas y cantarlas. Ooooo somos revolucionaarioooos, ahora no me acuerdo bien, pero más o menos, así de raros eran los ochenta en los parajes por los que deambulaba en mi primera juventú (a ver quién te ganaba a zurdo. Hasta si eras peronista, mirá lo que te digo ¡¡o radical!!). La cuestión era que de una manera o de otra todos "andábamos en algo" político,  porque así fue esa época. Veníamos de un país que nos había mostrado sus colmillos feroces chorreando baba, amedrentándonos, y esa era la forma de salir del bajón. La calle era nuestra, cada barrio, cada esquina.
Y aquello fue llamado primavera.
Había un estado de ánimo generalizado de optimismo, producto de la sensación de que habiendo llegado al final del pozo, como cantaba el Nano


[me detengo un momento, algo indignada, para hacer una reivindicación, un desagravio, porque en mi grupo de birra de ciertos viernes hay unos imberbes irreverentes que vienen a cuestionar, desde la ignorancia y el desdén más supinos, la calidad del catalán, adhiriendo yo creo a cierta moda reciente: yo os digo, oh niñatos, que os documentéis: que no miréis tan sesgados por lo que les dejó el posmodernismo, el neoliberalismo, la ridiculización de la utopía, estos breves presentes que os tocó vivir. Que escuchéis, leáis y miréis con la cabeza y los oídos más abiertos. Y el bobo, también, por qué no. Un tipo que cantaba hermosamente, que escribía letras relativamente buenas pero cantaba las poesías de los enormes (¿demérito?), que fue tanto una expresión de aquellos años para más de una generación. Un poco de respeto, che.]


también por aquella época, sólo cabía (¿cupía? ¿quepaba?) ir mejorando.
La noción de primavera es promisoria, inicial, desprejuiciada. Lo por venir debe ser mejor, más libre, más ancho, renaciente, joven. Si coincide además con una juventud vital, el mundo por descubrir parece potenciarse. Y la primavera pareciera convertirse en  un fin en sí misma, igual que la juventud.


Puyo, Ecuador, donde siempre es primavera (2009).
Primavera de los pueblos fueron llamados los años efervescentes: la ola de revoluciones de los años 48 en Europa, después de las restauraciones monárquicas; también los sesentas en el mundo, donde parecía que todo podía cambiar, que -dicho en léxico flower power de época- las flores podían ganarle la batalla a las armas.
Primavera se llamó acá, unos pocos años después, a la camporista, quizás porque también se combinaron ciertas condiciones de efervescencia política con perspectivas de cambio (un tema aparte es la resignificación actual del camporismo como rasgo ideológico o identidad política -habría que ver trasladado hasta qué punto).

[Definición del diccionario de la sociología de mercadito: primavera: fenómeno socio-político producto de una determinada combinación de factores sociales (y políticos, culturales, ideológicos),  que posee al menos, tres particularidades: a) es de corta duración, b) hay un sentimiento compartido de optimismo -un estado de ánimo generalizado, y c) promete demasiado].


Pero pasa con la primavera que es una estación. Y contrariamente a lo que indica su nombre, la estaciones no se estacionan sino que transcurren, se podría decir que una de las principales características de las estaciones es que dan lugar a otras. Y entre las estaciones, pareciera que la primavera fuera más efímera, la que pasa más rápido (quizás por eso de que lo bue si bre dos veces bue). 
No sé bien si entonces dentro de la definición de primavera habría que incluir que terminan (y cómo terminaron aquellas).


Quizás sea porque la condición de la naturaleza humana es alternar, un devenir permanente entre modos posibles de compartir estos breves presentes y sus mundos sociales, entonces ni primaveras ni inviernos sino el propio oscilar entre estaciones pueden servirnos para ver qué pasa, qué nos pasa.

02 diciembre 2010

Una semanita en Río

Ojalá me diera el cuero para hacer un análisis político o algo así, pero no es el caso. Ni la información, ni la capacidad deductiva, ni la pluma (aunque es láser, la mía) me alcanzan para siquiera intentarlo.
Sí puedo (porque si no es para eso, para qué podría una querer tener un blog) decir lo que me parece, lo que vi, lo que viví, lo que conversé, presentí y sentí la semana pasada, cuando fui a caer, por esas putas casualidades de la vida, justo esa semanita en Río de Janeiro.
Y por más que reniegue de los métodos científicos, hasta en la sociología de mercadito son necesarios algunos datos duros, como dicen que les dicen, porque si no los me parece, los sentí, los conversé pueden ser simples delirios de la imaginación.
Y si serán duros los datos que muestran que Río es una ciudad donde 1.5 de sus 6 millones de habitantes vive en favelas, en un país donde el ¡1%! de la población concentra más del 50% de la de la renta (de América Latina, lejos el más inequitativo y del mundo anda por ahí), donde -como Joni también sabe- el homicidio es la principal causa de muerte para las personas de 15 a 44 años de edad, y las víctimas son mayoritariamente jóvenes, varones, negros y pobres. La gran mayoría de las muertes las provoca la policía: entre 2003 y 2009 sólo en Río y San Pablo se registraron más de 11.000 muertes, inscriptas en los registros policiales -vaya novedad el nombre, no la cifra- en contexto de "actos de resistencia".
Otro durísimo dato es la situación de los medios de comunicación. 107 son las emisoras televisivas que tiene la monopólica red O' Globo, y un tiraje de 350 mil ejemplares del diario de mayor circulación, entre otras exorbitancias  (y no llevaba ninguna hache, qué cosa, che...).
La combinación de esas realidades no puede dar un buen resultado, pese al esfuerzo por disminuir la desigualdad-exitoso si se tienen en cuenta números relativos pero casi invisible en términos absolutos- del PT.  Eso ya es una opinión.

De las cosas que ví esa semanita puedo contar las playas hermosas y tranquilas, con los meninos de las escuelitas de fútbol jugando en las praias de Copacabana, con esos mulatos jugando "futivoley", gente paseando, corriendo, tomando uma cervejinha geladinha con una casquinha de siri o agüita de coco helada. La gente de la calle, como siempre, las mujeres que te miran sagazmente, las mulatas y las negras con muchos hijos, los shoppings, los locos, cada color en su lugar, mayormente, los músicos, los funcionarios, los desayunos con jugos de frutas raras y exquisitas, el desinterés por la política.
Y mientras eso, lo de todos los días acontecía, paralelamente el despliegue de las fuerzas de seguridad: la policía federal, la estadual, el ejército, la prefectura, el temidísimo BOPE, y entre ellos los que tienen su negocio, los asesinos, narcotraficantes, contrabandistas. Y la señora transmitiendo en pleno centro con el chaleco antibalas, entre miles de personas que pasaban por delante y por detrás.
"Caos en Río de Janeiro". Una versión corregida y aumentada de lo que nos pasa.
Y ahora, quién podrá ayudarnos. O bem chega, o mal foge.


De lo que conversé, 18 mil efectivos es como mucho. Los tanques en las calles, la ostentación de fierros pesados en autos de civil sin identificación alguna, helicópteros (se podían ver casi en la misma proporción de la Globo y de los milicos). La gente devoró las imágenes en las televisiones de bares y vidrieras, pagó su cuenta y se fue. Caos en Río.

Por casa, De Narváez diciendo que así se hace, muchachos, y así se debe hacer.



Ahora que terminamos con el problema del narcotráfico, dicen sin pudor los medios, preparémonos para recibir las Olimpíadas.

De lo que sentí, por unas callecitas de por ahí, este reparo:

  Beth Carvalho - Saudades da Guanabara

31 octubre 2010

De la muerte y sus partos

Se dice de la muerte que es cancelatoria, que es injusta, que casi siempre es temprana. Aunque -desde la propia definición de "naturaleza humana"- nos puede acontecer en cualquier indefinido momento de nuestras vidas y por motivos "naturales" de lo más variados (entonces es natural se dé en las circunstancias en que se dé), la muerte es injusta aunque sea inexorable y es temprana aunque sea en el momento exacto.

Llanto, O. Guayasamin

La muerte, cuando está vinculada a la política, ese espacio de todos, es -también y en diferentes medidas- una muerte de todos, una muerte que nos concierne.  Por eso consterna una muerte política, con más razón si es sorpresiva, con más razón si es de un dirigente, con más razón si ese dirigente fue presidente de un país,  con más razón si muere en un momento político donde se vislumbra una construcción política, con más razón, finalmente, si su rol era o fue determinante en esa construcción.
Cuánto y cómo nos concierne puede hacer la diferencia, puede ser el factor que marque un antes y un después en determinada concepción y prácticas políticas conocidas hasta el momento.
La muerte de un político es un acto político.

El otro día el flaco me contaba cómo se había vivido treintaypico años atrás, la muerte del Viejo,

[no me decía "yo no era peronista" del mismo modo en que hoy se dice "yo no soy kirchnerista". En los setenta no ser peronista era, necesariamente, ser otra cosa -trostkista, marxista, guevarista, anarquista, socialista, comunista, radical, liberal, fascista- tendencias algunas que incluso se manifestaron dentro del propio peronismo- y "no ser kirchnerista" es decir " a mí la política mucho no me va pero"].

y qué transmitía aquella despedida, para él, que no era peronista, pero se sintió convocado. "La derrota", sintetizó. Todo no podía más que empeorar, en aquel julio del '74. No fue la muerte del Viejo la que la produjo, sino la que la dejó fluir, pero ya estaba en plena gestación.

De las últimas de estas muertes políticas, la de Alfonsín es la más presente, por más próxima y porque fue otro ex presidente con un gran peso político y simbólico. A Alfonsín mucha gente lo despidió, más que nada pero no únicamente radicales, también él fue símbolo de una época, emblema nada menos que de la transición argentina de la dictadura a la democracia. Sin embargo, en la despedida [parecía ser que] sus simpatizantes despedían también los vestigios de una vieja forma de hacer política, de un partido de masas capaz de disputar la representatividad del pueblo. El casi único triste legado de aquel radicalismo (porque Cobos claramente no lo es) fue su caricatura, Ricardo. Nada que hacerle. 
La muerte de Alfonsín, en ese sentido, cerraba tan claramente un ciclo como la muerte de Kircnher lo abre.

Se dice, y con razón, que este 2010 empezó en el 2001, donde hubo que arrancar rejuntando los restos. Pero también estaban los restos de otra derrota y la originalidad del kirchnerismo es que también los recogió. Los pedazos rotos de aquellos años fueron por primera vez piezas del nuevo rompecabezas político de nuestro país.
Si es cierto que se aprende de las derrotas y de las experiencias, dos son mejores que una. Y si es cierto que la construcción de hegemonía tiene que ver con la capacidad de aglutinar demandas de sectores cada vez más amplios, de interpelar a más actores sociales, de generar consensos, tomar aquellas banderas era una señal en esa construcción. Hay capacidad aglutinadora en este movimiento que se va reconociendo, paulatinamente, en la calle. Estos días la Plaza tomó aires de asamblea popular cuando la gente aplaudía o vivaba a las personas entrevistadas frente a las cámaras que transmitía la pantalla gigante, cuando inventaba consignas, conversaba, se reconocía. Ciertas aguas, que venían encontrándose en distintos recorridos, confluian nuevamente (por si no estaba claro cuáles aguas estaban del otro lado, la muerte de Kircnher aclaró todavía más el panorama) y conformaban -conforman- este nuevo delta. Local, regional, latinoamericano, a todo ello contribuyó el esfuerzo (qué si no podría ser este reconocimiento) y es parte del corazón que pareciera estar pariendo esta nueva era.

Todavía nos faltarán lecturas, análisis, aportes. Ver más, escuchar más, prestar más atención, formar parte, quizás sea el signo de estos tiempos.

Se dice que un nacimiento es un acontecimiento para celebrar. Salud, entonces.

 Manos de la esperanza, O. Guayasamin

31 agosto 2010

No tomen la escuela, tomen cerveza

Convencida, la señora, habló después del piiip cuando llamó al programa de radio:

-Hola Víctor Hugo, yo quería decir que prefiero toda la vida que los chicos estén en la escuela, ocupando la escuela, que en la esquina alcoholizándose.

-¿Eh?

13 agosto 2010

Víctimas

El perro lloraba afuera, podía ser en la plaza, por ahí. Y los perros de la cuadra replicaban ladrando, quizás pidiendo auxilio para su amigo en desgracia, quizá pretendiendo tranquilizarlo o quién sabe qué cosa de perros. Gemido y ladridos incomodaban la noche, la perturbaban. Escucho la voz de un tipo que fue al auxilio, el bicho que se calma, o al menos calla. Una señora grita "¿está bien?" y todo vuelve, imperceptiblemente, a la tranquilidad, al silencio lejanamente intervenido por el ruido de un auto. Todos nos dormimos.
El pibe debía tener unos once y lloraba. Sucio, maloliente, pasado de pegamento lloraba. Solo, sin grandes ni chicos que lo acompañaran, lloraba dolorosa, angustiosamente. La gente se apartaba lo más posible y hasta podía ser gracioso comparar desde arriba la fila de personas que hacía una curva frente a él, con una fila de hormigas que esquiva un obstáculo. Pero no era gracioso. Nadie preguntó nada, nadie miró, nadie intentó acercarse.
La misma gente.
Algo anda bien para el culo en estas sociedades.



Más murguita oriental. La Mojigata de este verano.

19 mayo 2010

Un tablerito

En tren de recuperar, el 4 de mayo escribía esto, que dejé porque me pareció una huevada, además de que no sabía bien adónde iba. Pensaba en gentes que conozco, que se nos cruzan. Gentes que tienen algunas características comunes, y que se trata más de una cuestión de medios que de fines, digamos  de una forma de hacer las cosas, más allá del objetivo que se persiga . 
Pensaba en el poema de Borges de más abajo y lo poco que somos, puestos en contexto.


De las categorizaciones de las gentes que hacemos en la inrigurosa sociología de mercadito, toda una ciencia del canyengue, hay una categoría, la que denominamos jugadores de ajedrez, que conforman un grupo bien delimitado (nota: la rama de la sociología de mercadito que estudia las conductas sociales es la psicología social de mercadito, y este intento debiera encuadrarse en esa disciplina. Dado que la misma aún no ha sido debidamente desarrollada, será la propia sociología de mercadito la que se ocupe de comprender por ejemplo por qué catzo Tita mi vecina es tan jodidamente reaccionaria, si porque escucha a Longobardi o por la cultura machista, por clase social o por crianza, o por cuántas otras variables y sus combinaciones).
Jugador de ajedrez es una categoría que combina un carácter astuto, audaz y premeditado, con un escenario que él mismo intenta transformar a medida que los acontecimientos se desenvuelven.
Es un jugador de ajedrez quien sabe inclinar la cancha para que las cosas salgan a su favor, es aquél que intenta (no que siempre lo logre) caer de pie, o se sobrepone, o es capaz de esperar para lanzar la estocada. Es el que suele acomodarse mejor, el que sabe en qué momento de la fiesta hay que llegar, el que sabe controlar los silencios. Puede ser jodido o no, bien o malintencionado, auténtico o hipócrita, valiente o cobarde. Los hay de izquierdas y de derechas, en lo privado y en lo público, en lo cotidiano y en lo que lo trasciende. Según las combinaciones serán oscuros, astutos, esquivos, pícaros, inquietantes, odiosos, conspirativos, interesantes.


Todos ellos son enemigos no declarados (porque declararlo sería mostrar el juego y eso no es de buen jugador) de los espontáneos, los intempestivos, los irreverentes, los indiscretos, los desmedidos.
Los jugadores de ajedrez son premeditados, por eso corren con ventaja, por eso nos sorprenden, nos ganan, nos engañan o nos enamoran. Ellos saben lo que a veces olvidamos quienes no jugamos, que estamos en un tablero y que se vale adelantar las jugadas, dominar el escenario, prevenir, premeditar, saber cuándo es el mejor momento para estar, para parecer, para semejar o para desaparecer. Los que nos olvidamos sólo nos sorprendemos de vernos a veces piezas y otras veces no.


Ajedrez [Jorge Luis Borges]

I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

12 marzo 2010

Gambetas

Raras épocas para los que nacimos en los sesentas, estas épocas. Y en estos lares, como si fuera poco. 
Quizás porque tuvimos la posibilidad de vivir otras realidades bastante diferentes, quizás porque nos fueron dados a conocer mundos posibles que hoy son, sencillamente, impensables.
Pero que lo fueron muy rápidamente, como si nos hubieran hecho una gambeta para gritarnos burlonamente "ooooole" más tarde.
Distinto -no digo que más fácil- es haber nacido con el muro ya caído, con el SIDA existiendo, derrotada la utopía, decretado el fin de la historia. O con una -mala- democracia garantizada.
Nuestra generación bien podría ser recordada como la generación de los amagues, te la muestro, te la doy... te la saco y te jodiste (algo habremos hecho): crecimos con la dictadura y maduramos con la certeza de su final inminente, sin haber hecho nada por merecer ni la una ni el otro. Los vimos pasar, aberramos de ellos, los gozamos, y creímos que con la democracia se comía, se curaba y se educaba. Óle.
En los primeros ochenta, cuando la política formaba parte de la vida cotidiana, ganar la calle fue la respuesta inmediata, espontánea, frente a tantas calles vacías durante años (recuerdo que en el 83 si te ponías a cantar "se va a acabar" con cinco amigos al ratito había que cortar la calle por la cantidad de gente que se sumaba). La calle, la universidad, el barrio, todo estaba cargado de política. Democracia era una palabra muy significativa, tenía un sentido compartido por muchos, quizás como "mérito" propio de la dictadura, como si aquél notemetás de la dictadura hubiera tenido su antítesis en un fugaz metámonos que duró hasta que nos comimos el sapito color verde oliva de nuevo. Óle.
(Ay, Alfonso).
Nos alcanzó el tiempo un poquito para ver de qué se trataba: la participación popular, el juzgamiento de los milicos, parecía venirse una era. Y quizás sí se haya venido, qué se yo.
Los futuros historiadores oficiales vernáculos tomarán seguramente los años ochenta como un hito, el antes y el después que marcaría rotundamente el fin de siglo en estas coordenadas (similar a la significación que tuvo a nivel internacional la caída del muro pero localito, vio, pobretón). El invento -buen invento- del siglo corto de Hobsbawm podría traducirse así en su versión tercermundista y sociomercaditológica: Si tomamos en cuenta la vida institucional del país,  podemos decir que en la Argentina el siglo XX corto va desde los años treinta, cuando el primer golpe de Estado a un gobierno constitucional -y donde los milicos se dieron cuenta cuán fácil era hacerse con el poder- hasta 1985, en que los procesos políticos en toda la región comienzan, si no consolidarse, a establecerse, ocluyendo -al menos en principio- la posibilidad de nuevos golpes de Estado.
Un siglo cortititito, bah. Pero bueno, puede ser una mirada. De última, si por algo estará marcada mi generación, es por el hito de la vuelta a la democracia (La revista Humo(r) de los ochenta definía dictadura como un período de gobierno ocasionalmente interrumpido por elecciones, así estábamos).
Ahora sí, esta democracia parecía poner fin al siglo infame (ma qué década).
El Juicio a las Juntas fue otro hito en ese camino. Los máximos responsables iban a ser juzgados.
Me emociona, siempre y mucho -y la ví tantas veces- la escena de la lectura del alegato, del ahora tan borracho Strassera : "Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad..." 
El aplauso que crecía desde tímido hasta emocionado. El desborde incontrolado, los abrazos, las lágrimas.  Ver las caras impertérritas de los victimarios mientras la gente les gritaba, sus miradas pretendidamente amenazadoras pero inevitablamente humilladas. 
Cómo no comerse el amague.
Por las mismas épocas, para colmo, nos comimos la gambeta con el sexo libre, también, hasta que alguien empezó a murmurar cierta cosa acerca de una rara enfermedad, o sea que ya no fue el único problema acordarse de "la pastillita del martes" sino que se ponía pesadito... sobrevinieron desconfianza y miedo, enemigos declaradísimos del goce.
Hay acontecimientos sociales, políticos, económicos. Hay cuestiones culturales, personales, hay más allás cósmicos y magias, hay incidencias y coincidencias. Las cosas son lo que son porque se conjugan de determinada manera en determinado momento. Y a nuestra generación le tocó la de haber saboreado una posibilidad.
Tan poco, parece, y es tanto...

29 septiembre 2009

Pecado, redención y después

Mal que nos pese a algunos, qué persistente el capitalismo. Ante cada nueva crisis global respondió doblando la apuesta. Habrá que reconocer, también mal que nos pese (¿será ésta la era del mal que nos pese?), que ha logrado ser flexible frente a la rigidez o ineficacia de los socialismos realmente existentes o como se dieran en llamar, ante sus crisis: anduvo intentando, probando distintas alternativas, como apostando tramposamente siempre a ganador sin que veamos la trampa, cayendo y levantándose, recomponiéndose, tantenado y cayendo parado, o casi: así, combinó altos grados de intervencionismo estatal con gobiernos más o menos democráticos; modelos de mínima intervención en la economía con democracias más o menos restringidas y gobiernos con mayor o menor legitimidad; totalitarismos y autoritarismos varios; mayores representaciones sociales, tiranías.
Sistemas y situaciones representados, jugados, dirimidas sus relaciones de poder entre distintos actores sociales, partidos políticos, movimientos sociales, personas. Otra vez la gelatina, González.

En fin, toda una maraña que combinándose de tales o cuales maneras, rescató (mejor o peor, pero hasta ahora viene haciéndolo) al capitalismo de sucumbir, cada vez que estuvo -o pareció estar- a punto de.
Yo no lo inventé, y si suena marxista me perdone Alá, pero la cosa en común que tiene cada uno de los resultados de esas combinaciones es que persiste en todas ellas la forma, el modo en que se producen los productos, valga la redundancia, para que las sociedades subsistan, es decir, se reproduzcan a sí mismas. Lo característico del capitalismo -y para no tener que pedir perdón de nuevo guait a mínut, que el que hablaba de esto antes que Karlitos era Adam Smith (Adancito vendría a ser)-, es que como todas las cosas se compran o se venden, pa comprar hay que vender, cosas del intercambio, mire vea. Y habemus algunus que nada más que nosotros mismos tenemos para vender, para alguien a quien le interese comprarlo.
Hay otro sector social, otra clase, que posee lo que se llama -Jehová me ampare si suena de izquierdas- la propiedad privada de los medios de producción.

Lejos de querer sugerir que todo es lo mismo, hay una condición material común en la socialdemocracia europea, el fascismo italiano, el peronismo, la nueva izquierda latinoamericana, la nueva derecha europea, el imperio yanki, el nazismo, las dictaduras del cono sur, las democracias representativas o plebiscitarias, las representaciones de los nuevos movimientos sociales.

-Tú, que posees la propiedad, serás propietario.
Vos callate.
Los anarcos la hacen corta y dicen la propiedad es el robo. Yo digo con ellos y vaya pequeña venganza de quienes nada tienen, ver tanta inversión en rejas y pastillas para dormir.
El capitalismo nace de un pecado original, decía, de nuevo, Lord Voldemort.

Y además está la gente, las cosas que pasan, las coyunturas, los desastres naturales, la idiosincrasia de los pueblos. El contexto internacional, está y también si Cris es más linda que Bachelet pero menos popular. Está si el precio del petróleo aumenta y que sigamos produciendo soja y la renta diferencial de la tierra. (Las pampas, las vacas, batatas, papas, calabazas, nada más, nada para armar, nada para arrancar, a plantar, a plantar, las pampas darán pan, nada más falta... aaah, ¿habrá atrás más trampas? Mañana habrá más papas, más batatas, más pampas, vacas para pastar las pampas, nada más habrá mañana).
Que haya sido el peronismo, en este país, que siga siendo. Que seamos tan argentinos y tan machos y la tengamos tan grande, también está y la izquierda devastada en todo el mundo y acá una y cien veces, y nuestro pasado tremendo.

Aclarar que es la regla y no la excepción del capitalismo esta inequidad de base puede sonar hasta ocioso.

Pero es cierto también que las sociedades pueden ser más o menos injustas y que la diferencia hace al vivir o morir, que la democracia es el mejor sistema que el capitalismo puede ofrecernos y que no se trata solamente de votar y otras cuestiones formales, sino de una convivencia lo mejor posible, dentro de un estado de derecho naturalmente injusto, ante el cual sólo el Estado puede atenuar tanta desigualdad, garantizando el bienestar de su población y de toda ella. No de sus ciudadanos exclusivamente, categoría tramposa que hoy dejaría afuera a cerca del 30% de la población de nuestras regiones. De todos, trabajen o no, tengan o no documentos, sean o no nativos, sepan o no leer. Garantizar su vida, primero, y sus derechos.

Y eso, no jodamos, no lo logró el capitalismo. Produce y no cura la miseria. Nuestros desintegrados crecen y hacen parecer a nuestra asustada burguesía, un paraíso aquel aluvión zoológico del 45. Aquellos negros venían peinaditos, por lo menos. Este aluvión asusta más, además, porque no irrumpe. Se agazapa, amenaza, se queda y gana espacio allá, en los márgenes.

En los suburbios. Allí abajo, o arriba, paradoja de las favelas en los morros y su vista incomparable del mar. Quizás la justa venganza de los pobres o una compensación cósmica que nivela lo material con lo inmaterial, lo artificial con lo natural, lo feo con lo bello, el smog y el aire diáfano.

La furia de los ricos, la consternación de los estúpidos, la incertidumbre idiota de los bienintencionados.


-Pues que es una linda ciudad Rio de Janeiro, lástima que Brasil sea un país tan mal administrado.
Nadie dice que así quede, lo político, los conflictos, siguen sus cursos, los "hilos sociales del poder" se tejen a partir de estas realidades concretas y sujetos más o menos existentes se dirimen en ellas, con mayor o menor protagonismo y éxito, sin certezas de rumbos, sin el Partido o la Revolución, o el Duce o el Mercado pero también sin Fin. Sí quizás con Historia y sin un gran Nosotros.
El pasado no ha muerto. Ni siquiera ha pasado, decía Faulkner. ¿Pero el futuro?

24 agosto 2009

Todo es según la lente del óptico que lo mira

"Todas las pasiones tienen dos sentidos, Juliette,
uno muy injusto, relativo a la víctima, y el otro,
singularmente justo, para quien la ejerce". [Sade]

Resulta que ante una sencilla y rápida observación de las cosas que pasan, las personas opinan, sienten e interpretan cosas distintas. Una manifestación en la calle podría ser un estorbo para un automovilista, la convicción de que loquepasaesqueenestepaísnadiequieretrabajar para un vecino del barrio, la posibilidad de más votos para un puntero, una buena fotografía -o la revelación de nuestra idiosincracia nacional- para un turista, un paso en la lucha por la emancipación para un militante, el coraje de luchar por lo que uno quiere para un manifestante, y tantos etcéteras como combinaciones de personas, clases y grupos haya.

Y podrá ser que combinaciones haya muchas, pero una clarísima cuestión -cuestión incuestionable- desde nuestra escasamente rigurosa disciplina o mirada, es que en tiempos y espacios delimitados esas combinaciones no son infinitas, es más: no son tantas. En tiempos y espacios variados probablemente lo sean, pasados insospechados, inexplorados o escasamente comprendidos, o algún mundo lejano posible y desconocido de espacios y épocas impensados, combinaciones distintas de cosas que hoy no conocemos.


Parece una boludez, pero no es... Hay circunstancias materiales, sociales, culturales, familiares, personales que producen esos "modos de ver las cosas", hay intereses concientes e inconcientes, diversas modalidades de extracción social, de formación, pertenencia identitaria que conforman esos diferentes modos de ver. Desde el sentido común –que siempre es útil y es bueno mantener afilado– es posible también comprender que “todo es según de qué lado te parás". El sentido común, pese a sus solemnes detractores, nos encanta a los defensores de las filosofías baratas y las sociologías de mercadito.

Entonces resulta que hay miradillas humanas actuales diametralmente opuestas entre sí, o levemente diferentes o casi iguales pero no tanto, sobre las mismas cosas que objetivamente nos pasan a todos.

Ese campo tan gris -el de lo ideológico-, Gramsci lo define como una "visión del mundo" hegemonizado por la clase dominante, que presenta su propio interés particular como si fuera el de todos (claro que por épocas eso no cierra y se nos viene un 2001), que lee e induce a leer la realidad con sus propias lentes, da o despoja a la realidad de su significado, manifiesta como contingentes cuestiones que son necesarias y al revés (ejemplos clarísimos entre cientos puede ser la elección de los "titulares" de los medios de comunicación masiva, o la exaltación y el nombre que la historiografía oficial coloca a un hecho histórico -esa cuestión del "descubrimiento de América" o la "Campaña al Desierto").

Pero como decía el filósofo: "no tan rápido, 99"

Al discurso hegemónico, en diversos niveles de lo social y con distinta efectividad, se oponen algunos discursos contrahegemónicos, que logran filtrarse, llenar de sentido -de otro sentido- los significantes vacíos: un discurso ecológico, así, puede ser progresista porque se articula con el discurso del bienestar general, etc., o la resignificación en su sentido social, igualitario, del concepto de democracia, hoy bastante devaluado en ese sentido. Los discursos contrahegemónicos son más efectivos -también- cuando sus demandas son apropiadas por otros sectores (las Madres y sus rondas desde el '77 comenzaron demandando por la aparición de sus hijos y terminaron representando la demanda por la investigación de los crímenes de Estado, el juzgamiento de sus responables y finalmente el retorno de la democracia, agrupando tras de sí otros movimientos sociales, partidos políticos, etc.). Antonito sostuvo, junto con otros marxistas más tarde, que en el terreno de lo ideológico es donde se manifiesta el conflicto social (¿puedo decir lucha de clases? ¿eh? ¿puedo?)

A la cuestión de la ideología Althusser le giraba la tuerquita un poco más sosteniendo que los canales a través de los cuales esa ideología se reproduce, se recrea, son los "aparatos ideológicos de Estado" : la escuela, las religiones, los medios de comunicación son encargados de transmitirla para asegurar su perpetuidad (de garantizar la -con perdón- "reproducción de las relaciones sociales de producción") en el poder, y la verdad es que en este ispa y en esta época no hace falta profundizar mucho para darnos cuenta de qué habla.

Por ejemplo, el otro día fui a una óptica a pedir un presupuesto para unos lentes. Me toca por puta prepaga Pförtner. Debo decir que además de no ser muy afecta a modas y marcas, nunca usé anteojos e ignoraba las peripecias de pasear por oftalmólogos, ópticas, y conocer la infinita cantidad, marcas y calidad de distintos marcos y vidrios -con o sin antirreflex- hasta el instante en que me dí cuenta -¿cuán tarde?- de que la enana no veía una vaca adentro de un baño.

Y ahí fui yo, a la concheta zona de la Recoleta, donde llegué a una especie de chópin (como dice Artur el peruano), un Blokbuster, un Farmacity de lo' anteojo, esa onda. Un lugar encastrado en el paisaje de la zona, perfectamente armónico con todo y la gente que lo caminaba y lo atendía, unos "ótpicos" (no sé por qué las comillas, la verdad, supongo que son realmente "ópticos", je) todos o jóvenes lindos o viejos con pinta de sabios (qué proces de selección de personal, pensé) .

Y resulta también que -mientras esperaba que me llamaran- en la tele grande, grandérrima, estaban pasando el noticiero de TN con la gente de la Villa 31 furiosa, tirando piedras y otros objetos contundentes contra la cana.

-Yo no sé, esto a mí me da una bronca, me da una impotencia, vení, pasá por acá. Me indicó el "óptico" pendejo y carilindo, con gesto como fruncido.

-¿Qué cosa te da impotencia? pregunté suspicaz mientras me acercaba, pensando en que SEGURAMENTE me iba a decir lo que segundos después escuchaba:

-Estos tipos. Hace media hora que están tirando piedras y la cana no hace nada.

Silencio...

-Se la pasan afanándonos, hacen lo que quieren y ahora mirá, la cana está ahí mirando, no reprime, no hace nada. Y ellos la pasan bárbaro.

Silencio...

-A vos te gustaría estar en ese lugar, ¿no? Digo, pasarla así de bien..., le dije.

Me miró un rato con cara de bobo: "no, no, yo digo que ellos están rompiendo todo y nadie hace nada", entre avergonzado y furioso.

-Ya hicieron. Un hijo de puta de la prefectura mató a una pibita de 17 años.

¿Qué es lo que permite ese desplazamiento tan impresionante para invertir los términos? ¿cómo operan los mecanismos ideológicos para que se pueda ver como una amenaza al sistema a quienes son, justamente, sus víctimas?

El discurso dominante excluye, criminaliza, juzga y condena. Invierte los términos. La clase media es su transmisora más efectiva, su garantía de persistencia. En una rápida operación de enroque se convierte en víctima (de la inseguridad, de los impuestos, del incremento del costo de los electrodomésticos) y demanda, exige al Estado que los proteja de ellos, sus victimarios.

Ese discurso oscila desde culpar al vendedor callejero de afear la ciudad o de competir deslealmente con los leales comerciantes (como bien muestra en su versión en papel, la maleducada revista Que de reciente y exitosa aparición, habrá que comprarla) hasta justificar, en un no muy lejano extremo, gatillos fáciles, "palizas" aleccionadoras, y mucho palo pa' que aprendan, pasando por un arco variado y pluralista. La izquierda no lo logró, por cierto. Pluralista-pluralista es la derecha.

Ah, y al final fui a la óptica del barrio. Me salió lo mismo, con antirreflex y todo.

08 mayo 2009

La lo le... política

Esta parece ser una época en donde se pone en duda, se reivindica, se denosta, se discute, "la política".  No sólo que se discute de política (de lo cual podría ser explicación suficiente la proximidad de las elecciones, aunque es cierto que siempre se discutió de política en este ispa) sino que además se discute sobre el significado de la política, que no siempre.

Es un buen síntoma, me parece, que más allá del estado de las cosas (aludiendo a "las cosas", apertrechada como siempre tras la chabacana sociología de mercadito, como los sentires cotidianos, cómo se vive, cómo se percibe la realidad, cuál puta -perdón, no puedo evitarlo- "opinión pública" instalan los medios como urgente, cómo la gente sigue viendo la política) que la política se mire a sí misma.

Porque me acuerdo que allá por los ochenta eso no había ni que pensarlo. En los ochenta, sencillamente, la política irrumpió. No que haya caído como un rayo sobre un cielo sereno, no. La historia, los procesos, los sujetos, las sociedades, la coyuntura, esas cosas blablabla. Ninguna casualidad, quiero decir. Pero sí de pronto, todo se llenó de política. Puede que se haya venido pensando a sí misma cuando la tardía multipartidaria sobre el final de la dictadura, preguntándose por su necesariedad, su rol, sus posibilidades (muestra de ello es una abundante producción teórica de la época), pero es como si el contexto la hubiera desbordado cuando el proceso electoral del '83.


Era claro que la política debía en ese momento refundar la nación sobre la base de la democracia y del respeto a los derechos humanos violentados mil veces por sus perpetradores (de los derechos humanos, digo, je).
Y refundarla quería significar confirmar que no era parte de otra seguidilla de interrupciones democráticas a períodos dictatoriales, sino que esta vez la democracia llegaba para quedarse. 

Sobre el fin de la dictadura y primeros años de la democracia, la política inundó las calles, las universidades, los barrios. Se discutía política, se militaba y se pensaba en términos de tácticas y estrategias políticas, de participación popular, de legitimidad, de relaciones de fuerza, de hegemonía y contrahegemonía. La sociedad podía pensarse políticamente (la convicción de pertenecer a un arco identitario político entonces -a diferencia de los '90 o ahora mismo- era un síntoma, creo, de esta preeminencia de lo político), o dicho de otra manera, en mayor o menor medida todos teníamos "algo" que nos representara políticamente. Partidos o movimientos políticos, arcos ideológicos, movimientos sociales conformaban identidades políticas en las que nos reconocíamos.

Esto duró, me parece y no exclusivamente por ese motivo, hasta el renunciamiento de Alfonso (que renunció a profundizar el proceso abierto por el Juicio a las Juntas y al que tanto le debe también esta democracia actual, a negarse a negociar con la runfla dinosauria de las fuerzas armadas cuando no haberlo hecho hubiera fortalecido -y no desestabilizado- la democracia como hoy mismo admite Caputo, a mantenerse en el gobierno a finalizar su mandato y poner pecho a la crisis, en fin) y la decepción posterior.

Paulatinamente empezaron a acotarse los espacios de lo público, de lo común, porque no sólo se privatizaron (con el menemato de una manera contundente, pero no olvidemos que asomaron durante el radicalismo) las empresas y los recursos sino también cierto espacio social que la política ocupaba y que paulatinamente se fue vaciando de gente, de intercambios, de reflexión.
Siguió existiendo la política, claro. El juego de las relaciones y la lucha por el poder, del conflicto, de la gobernabilidad nunca cesa, ni siquiera en dictaduras. Pero hay períodos en los que estas relaciones se ocultan, y prefieren mantenerse más en una esfera de lo privado, porque evidentemente es donde mejor se mueven. Funcional a esta necesidad (coincidence?) y abonada por la lamentable imagen que ofrecía "la política" de los últimos `80 y los `90, una concepción de lo político como un mal necesario, signada por la corrupción, las cuestiones turbias, la opacidad. Si el mayor índice de democratización de una sociedad es la transparencia de sus actos... bueh, eso.

El discurso político pasó a privilegiar el saber técnico, "desideologizado" (por lo tanto no necesitado de legitimidad), hay cientos de ejemplos para esto pero no puedo dejar de recordar el día que Menem anunció el indulto después de una impresionante movilización en contra, recitando el número de decreto. Si mal no recuerdo fue la última gran movilización de esa época. Y de ésta, me parece.



Aquél discurso que descalifica acciones por "políticas" (un paro, por ejemplo, o una protesta), o directamente las criminaliza (porque además, al tener menor legitimidad es necesario hacer mayor uso de la "fuerza pública", instancias que se refuerzan en una relación hasta dialética, le diría, mire vea), es, claramente, un discurso ideológico (siempre lo son aquellos que quieren descalificar cuestiones por "ideológicas") al que le conviene que la gente se quede en su casa. Buenos técnicos (casi un sinónimo de aburrido ¿a qué me hace acordar eso? ay, esta memoria) con capacidad de gestión, una administración eficiente para llevar adelante un país. Nada de política, muchachos, ustedes tranquilos. Damos por clausurada la etapa de la política, de las ideologías, hasta de la historia. Y nosotros nos ocupamos.

Yo mucho no entiendo, pero administración en lugar de gobierno... Me suenan dos cosas distintas, vio? Parecía que lo que se le pedía a la política es que fuera cada vez menos, literalmente, política.

El que se vayan todos fue quizás el punto de expresión máxima donde la demanda parecía caer fuera de la política (aunque nunca dejó de estar adentro). Fue, paradójicamente generado por el mismo sistema político, como si se diera cuenta de que era necesario sanearse, negándose a sí mismo (pavada de dialética, que lo parió). Gritaban los radicales, que se vayan todos, y los peronistas. Y los troscos, no sabés cómo gritaban. Los que quedaron del PC también gritaban y otros. Y todos se señalaban con los dedos. Y la gente, claro. La gente gritaba también, y se juntó un ratito y recuperó la calle. Un cacho nomás. Hasta ahí. Sí, perdón, muertos. Pero nuestra historia está llena de muertos en la calle .

[Recuerdo en la calle aquellos calurosos días de diciembre, un grupete de gente cantaba, ante la falta de una consigna concreta -y de nuevo, común- y para acompañar el ruido de las cacerolas: "la-la-lá, lalá" apasionadamente].

Habría que pensar qué cosas cambiaron posteriormente en cuanto a participación popular se refiere. A mí no me parece que mucho, pero bueno... soy de salir poco.
Más clara me parece la recomposición del sistema político y su "ajuste". Digamos, como si a partir del desfasaje de la crisis política del 2001 (de los 90, mejor, en un in crescendo que derivó en la crisis del 2001) hubiera sido necesario "volver a poner las cosas en su lugar", en el sentido de volver a  ubicar la política como espacio de construcción de legitimidad. Ni ahí digo que ahora sí funcionan los engranajes. Si así fuera, alusiones al caos permanente (discurso tanto del gobierno como de la  oposición) no harían ninguna mella, es más, no serían necesarios. Falta ajustar, claro (ratando de eludir la connotación negativa que esa palabra adquirió en nuestros lares), seguir buscando las definiciones, definiendo los roles que tanto se confunden en nuestra política nacional: el Estado y gobierno, lo público y lo privado, los ámbitos de acción de cada uno, las empresas, sociedad civil, los sujetos, los ciudadanos con derechos, los ciudadanos sin ellos (que creo que entonces no son... ¿y entonces? ¿no serían actores políticos?).

El contexto nacional, el internacional, el regional sobre todo, los sujetos, la interacción, plantean algunas relaciones novedadosas, quizás con ciertas reminiscencias al pasado, pero nuevas, definitivamente. Otras combinaciones, lo cierto es que esto no es "todo lo mismo". Los discursos más vacíos de política, los que pretenden "correrse" de la política desde la política (típica actitud de la derecha que acostumbra jugar sus juegos de poder desde las sombras, porque siempre hay algo que ocultar, más aún ahora que quiere desesperadamente meterse en política cuando encuentra que las maniobras desestabilizadoras hoy no son suficientes -aunque sí, desde su perspectiva, siempre necesarias para cubrir los diversos espacios de poder. No deja de ser un reconocimiento, je.) son los que hoy se favorecen con la deslegitimación de lo político. 

Que falta consolidar la democracia es una verdad de perogrullo, porque yo diría que siempre falta (y es cierto que nos falta muuuucho mucho a nosotros). Pero volver a otorgarle a la política el carácter positivo que debe tener se me hace que es un principio, además de una responsabilidad de la que la "clase política" no puede desentenderse, y de ahí para abajo todos. 
Si podemos entender a la política como ese espacio en que se dirimen determinadas cuestiones que tiene que ver con cómo -con nuestras diferencias de clase, de cultura, de intereses, de ideología- hacemos para vivir y convivir en el mismo tiempo y espacio geográfico, hay una responsabilidad de volver a pensar lo político en sentido amplio, en el sentido más pertinente y original de lo que es público y nos involucra en mayor o menor medida, más o menos, a todos nosotros.

Qué larguísimo se hizo esto. 

01 mayo 2009

Metamorfósises

La promesa de la mañana perfecta en los leves rayitos que se cuelan a través de la persiana de mi cuarto, en el silencio solapadamente interrumpido por trinos armoniosos y suaves ladridos lejanos, en la efímera alegría infinita de disfrutar de un día en casa, en el placentero recuerdo de alguna escena de anoche, pasada con amigos, disfrutada. La promesa confirmándose en un levantarse suave y pausado, sin ducha de apuro como cada mañana, despeinada, nueva, leve. En los sentidos puestos al servicio de sensaciones que se pierden otros días (en la maraña de agitaciones artificiales de despertadores, de salir a la calle pensando en monedas, del bondi al centro, del tránsito porteño, de los porteños, de la oficina, de las compus de cada uno, de cada uno. De los insoportables ruiditos nuevos que retumban fuerte en lugares cada vez más agobiantes -no quiero trabajar más).

En cambio, esta mañana, la paz. Disfrutar de sonidos, intentando decidir si me gusta más el del agua llenando el termo o el mate para que se hinche la yerba, y eligiendo definitivamente este último, más imperceptible pero tanto más intenso. El primer mate, su delicioso amargor. La notebook, el cuaderno, la luz del día, las plantas. La soledad. El libro complicado pero tentador en la alucinante cocina del departamento que alquilo en una arruga del culo de la ciudad de Buenos Aires.

Y de pronto acontece el desastre.

La música en ritmo de marcha irrumpe a todo volumen invadiendo impúdicamente mi escena. Imagino -casi veo- a mi vecina cincuentona, sobreexcedida de peso y siempre llamativa, con una vincha atrapando el recién teñido rojo de su cabello, calzas negras brillantes y una musculosa, transpirando interminablemente mientras realiza los ejercicios físicos que, seguramente y reiterándolos con disciplina -sumado a las cremas anti y pro age, a los baños aromáticos, a las múltiples y variadas intervenciones sobre un cuerpo que no lo termina de comprender- la podrán mantener un poco más tiempo en carrera.

Matilda es la primera en molestarse. Me mira con desprecio como si hubiera sido yo la causante del escándalo, mientras abandona con desagrado su plácido lugar en la ventana, al solcito.


(Matilda)                                              
El ritmo hace vibrar el vidrio de la puerta del patio. Intento abstraerme, retraerme, sustraerme.
Pongo Quebrado de Aznar que me trajo ayer Rober para mi cumple, otro mate, unas sequitas. 

Cierro ventanas y puertas, renunciando al aire externo. Trato de estar tranquila, pienso de nuevo que debería practicar algún método de relajación, intento no escuchar y me repito -de nuevo, me repito- que no debo ser tan irritable, voy a mi cuarto, enciendo la tele, la apago odiándola como siempre. El nuevo tema que puso mi vecina, la gorda, refuta mi idea de que el tema anterior era la música más horrible que había escuchado en mi vida. 

Mi sangre empieza a hervir.

Pienso en la inevitabilidad -porque la conozco, porque me conozco después de tanto tiempo de estar conmigo- de aquél mi privado monstruo verde que comienza a querer aparecer. Se mezcla Aznar con la marcha, odio a ambos. Lo siento Pedro, no es con vos, pero las combinaciones...

Nada más puedo hacer, nada más puedo pensar. Me acordé del post de Cando, y de que en ese momento me había parecido simpático, qué ilusa.

Siento que se me derrama el cerebro, desplazando sustancias químicas que -vayasabercómo- producen nuevas combinaciones en mis estados de ánimo que hacen que habiendo amanecido la persona más pacífica, feliz y plácida de este barrio pase a pensar en atentados, armas, violencia física y simbólica. Quiero asesinarla. A mi vecina, a su perro, a su hijo que nunca, NUNCA, va a aprender a tocar la batería. El in crescendo alcanza a la beba que no para de llorar, a una moto que pasa con el escape suelto y a la vieja de mierda que vive al lado que tiene siempre ese tonito en "la" menor que me enfurece, madre del imbécil que me mira como si yo fuera rara, pero mirate un poco, infeliz.
A la histérica separada que le grita al perrito ese chiquitito que tiene, ése que cada vez que lo veo me dan ganas de ver cuánto pudiera ser posible elevarlo de una patada bien puesta.
Al dedo de la mano del Testigo de Jehová apoyado en el timbre de mi departamento de manera insistente, mientras intenta decirme que me asome así me da el Atalaya sin compromiso de compra, ni solicitud de firmas ni afiliación. El niño que acompaña al Testigo dueño del dedo me mira aterrado al verme abrir la puerta con furia y decir que SOYATEAYMARXISTA método que descubrí espanta eficazmente estas especies, hoy todavía.

Y al cerrar de un golpe la puerta (¿quizás por un desingnio divino?) la música cesó. La gorda, la señora más bien, quizás se cansó de sus ejercicios. Y a lo mejor por eso también la niña dejó de llorar y el perro de ladrar, quién sabe. Y a lo mejor por eso, o porque ya se hizo el mediodía, la gente entró y no se la escuchó más. 

Y entonces, interrumpido por un breve espacio de tiempo en donde odié a la humanidad toda y a cada objeto de este mundo, volvió a ser el día perfecto.

24 abril 2009

Años

Mirarás hacia atrás y verás más de lo que has imaginado, tantas eras. Años, tantos en vos y muchos más (los mismos y otros) ahí tirados, de todos, de la gente que está ahora. Pero también de los que ya estaban y nos cuentan. Y de los que vinieron después, cuando ya estabas (que cada vez son más, mierda, cada vez son más). Años también de los que se fueron ya hace tiempo. Y de nuestros muertos recientes. Y de aquellos quienes sabrán de vos por otros.

Años propios, digamos, con sus gentes.

Privados y públicos, conocidos o ignotos. Amigos, enemigos, viejos amores, nuevos deseos. Afectos, obligaciones. Convivencia obligada, libreelecciones. Gente en la calle y esos viejitos mirando por la ventana de un geriátrico de lujo en Villa del Parque. Los mundos que no fueron, los que no podrán no ser. Los nuevos mundos.

Te contaron de bisabuelos, de Evita, de cuando Uruguay ganó un mundial de fútbol, del Che, de Mussolini. De las grandes guerras y de cuando el tío Carlos te hacía enojar a propósito jugando al culo sucio. De la revolución rusa. De las montañas, de la nieve, de Argentina en los treinta. Contás a los nuevos de tu historia. Que se jugaba carnaval, que la nostalgia. Que te hiciste de River. Cuando ganó Alfonsín, que había un muro. Que el SIDA no existía y otras cosas.


Que desaparecieron y las Viejas, contás de Maradona, de los Bushes. Que te aburriste.

Y contarán de vos lo que les plazca. De tu carácter, tu humor o tu indecencia. De épocas de muros, nuevos muros construidos con aquellos mismos ladrillos. De nuevas catedrales, nuevas guerras. Temas viejos, mentiras, nuevos héroes.

El tiempo debería medirse en gente que cuenta...


08 febrero 2009

Saber combinar

Saber combinar no es un don menor. Hay gente que posee ese talento y produce unas combinaciones siempre asombrosas. De ropa, de sabores, de colores, de amigos.
Se visten de manera que siempre están bien, aunque estén de lo más informales o hasta deportivos, con todo lo que pueda odiar yo esa indumentaria. O pueden hacer magia con dos puerros y un tomate o saber qué especia pega con qué tipo de carne. O entrás a sus casas y quisieras vivir allí, tener esos muebles, esas paredes.
Los que saben combinar amigos organizan esas reuniones en donde todos nos sentimos cómodos, tan bien estamos con algunos que ya conocemos y otros con quienes seguramente podremos congeniar, que siempre vamos contentos, sabiendo de antemano que volveremos felicitándonos por no haber dejado de ir, por haberla pasado bien, por haber tenido un buen momento.
Cuando quien organiza la reunión no posee ese don, suelen presenciarse diálogos como éste:
-Estuve leyendo lo último de Pauls.
-Ah, tiene otro programa ¿no? Me gusta ese pibe.
-Son varios, ¿no?
-¿Y el que está bueno cuál es?
O
-Yo, cuando era pendejo, salía a pintar todas las paredes con la Pe y la Ve.
-Ah, ¿eras vos?
O
-Leí el otro día acerca de la rebelión del Taki Ongoi
-Ojo, ¡eso fue todo un invento de la prensa!
 Y otros parecidos, o distintos.