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31 diciembre 2019

Hace mil años

Hace mil años vivíamos en otros mundos en los mismos breves presentes, aunque parezca al revés.
Diez, quince años, son mil años y siguen siendo breves presentes, pero vividos en otros mundos.
No recuerdo época en mi vida en que no me acompañara de forma persistente la conciencia de lo efímero y minúsculo de nuestras vidas, pobres almas tiradas a vivir en estas épocas y en estos lugares (así se iba a llamar este blog, Pobres Almas, pero suena triste, melancólico y oscuro, y no era el ánimo).

Bueno. En realidad entré porque esta encuesta va tan en la línea de la Sociología de mercadito que me acordé de este blog.


Y porque quería saber quién era yo hace mil años, porque nosotres, les de entonces, ya no somos les mismes.




01 mayo 2011

Del trabajador, no del trabajo.


De otras vidas, encontré este genial folleto anarco de 1900, que os comparto, con la excusa de la efemérides.
Tan otros breves presentes...

24 septiembre 2010

Chistes grisáceos

Hay cosas de las que no hay que reírse. La gente dice. Como todas las cosas de la gente, el matiz es variado.
Suele discutirse el humor negro desde un punto de vista ético o moral. Que se meta la moral en estas cuestiones, tiene que ver, supongo, con que atañe a temas difíciles para el ser humano, fundamentalmente la muerte, más todavía si aconteció en situaciones trágicas o muy tristes (no que la muerte sea alegre, entiéndase, pero hay escalas).
Como todas las cosas (las humanas, más que nada), eso depende. Depende de quién lo diga, del contexto, de en qué ámbitos se diga, a quién/es, y que sea bueno o no. Los matices, carajo, por qué seremos tan complicados.
No creo -personalmente- que todos los chistes negros sean de mal gusto y algo seductor en la subversión de valores me tienta un poco, (como siempre hay algo de seductor en la subversión -además del menos efectista argumento de que ayudan a sobrellevar situaciones dificilísimas, y esto lo digo por propia marca en el cuerpo, pa´ atajarme, je). Pero bueh, it´s only an opinion y no pensaba este post ser  uno -como su nombre lo indica- de chistes negros, justamente porque todos aquellos condicionantes no existen. Lector, escritor-víctima o victimizado (aunque podría contar cosas que harían llorar a más de uno), contextos variados de escritura.
Pero bueh, como no quería meterme en eso, no sé por qué catzo me disculpo.

Hay un tipo de chiste que está en el borde, o es intermedio, que no ofende ni teme (o no tanto, a los corazones sensibles -demás está decir que no tengo uno) y ahora que me pongo a pensar, se trata de situaciones en las que la muerte estuvo presente de algún modo, pero no aconteció y dejó alguna huella (muchas veces terrible, otras sólo de recuerdo), pero lo terrible -lo más terrible- había podido ser superado.

De los chistes, me acuerdo de éste y de otros, pero escribo éste, por pura fiaca y, como decía el gallego, porque me place:

El tipo en el hospital, despertándose después de unos días inconsciente:
Médico: "Buenos días, señor, me alegro que haya despertado. Ha estado varios días inconsciente, sufrió un grave accidente y debo darle dos noticias, una buena y una mala".
Paciente: "¡¡No!! No puede ser! es tremendo, terrible, ¡dígame, por favor, dígame primero la mala!
Médico: "La mala es que tuvimos que amputarle ambas piernas"
-Oh, no!! no puede ser!! cómo puede ser? esto no me está pasando a mí, esto es terrible, es tremendo. -Y lloraba y se lamentaba, y trataba de mirarse las piernas.
Un poco más calmado, volvió a mirar al doctor, esperanzado.
-¡¡¡Dígame la buena, doctor, por favor!!!
-La buena -dijo el médico con una mueca de satisfacción, -la buena es que el tipo de la cama de al lado quiere comprarle los zapatos.

Pero ése es un chiste. Construido, premeditado. Diría inespontáneo, si existiera esa palabra.

Otras cosas pasaron, y las que sé las cuento:

Nelson había sufrido un ACV. Una cagada total, pero no fue de los más graves. Eso sí, había perdido el habla, algo así como la capacidad de que aquellas cosas que enhebraba en su cerebro pudieran ser dichas por su boca. Adri y Mari estaban refaccionando la casa, y antes de que pudieran seguir pasó eso con Nelson, el papá de Marina. La historia puede tener tonos trágicos si no cuento que al final todos siguen vivos y bien, pero a Mari (mi cuñada, la compañera de mi hermana) tuvieron que intervenirla quirúrgicamente de un tumor en el corazón. Así de rápido, de intempestivo, así de urgente, así de grave el diagnóstico. Lo de Nelson, de pronto, pasaba a un segundo plano. Pero existía, y esta conversación se dio en ese contexto. Porque en la refacción, todo había quedado por la mitad, y un habitáculo sin puertas ni ventanas había quedado construido en mitad del patio.
-¡Esófago! -gritó Nelson.
-¿Cómo, Nelson? -trató de atender mi hermana, preocupada en otras cuestiones.
-¡Esófago! -volvió a repetir.
-¿Esófago? Nelson, qué es? no entiendo, mire... estoy con otra cosa. _¿Le duele el estómago, tiene algún problema?
Tartamudeó, se esforzó, y finalmente se lo escuchó decir, entusiasta y con media sonrisa:
-¡La tumba de Tutankamón!!.
Nelson, demás está decir, había querido hacer un chiste, había querido relajar esa situación, refiriéndose al "sarcófago" que las chicas habían dejado a medio construir en el medio del patio.

Mi suegra (la primera, creo), había empezado a tener demencia senil. Yo no sé si eso existe, pero los viejos están todos locos. Mi suegra estaba loca, también.
Una vez conversábamos amigablemente sobre lentes, vista, ojos, y esas cosas. Hizo un coherente relato sobre los problemas de visión, mis limitaciones (porque los ojos claros siempre sufren más, ya te vas a dar cuenta), el beneficio de tener bifocales y otras cuestiones que yo -por edad y jactancia visual- casi ni atendí.
De pronto, como colgada de la conversación, soltó:
-Ahora, a mí, lo que más me gusta, es cuando la gente los lleva colgados.
-¿Los lentes? -sonreí-.
-¡No, mi amor! ¡¡¡los dientes!!!
La conversación continuó, creo. Yo me acuerdo hasta allí.


Una noticia -sensacionalista, pero noticia veraz al fin- decía que en cierto barrio de González Catán (allá por los noventa, viejo, ahora esas cosas no pasan, jeje) la gente tenía hambre. Y ante la desesperación, habían empezado a comer cualquier cosa. La noticia decía, literalmente "comen sapos en González Catán".
La abuela de Ceci (la esposa del Egar) estaba indignada. Puteaba, insultaba, lanzaba una serie de "estonopuedeser" tan furiosa que finalmente Ceci accedió a compartir.
-Tremendo, ¿no abuela? esto sí que es terrible.
-¡¡¡Pero claro!!! espetó la vieja, con un Alzheimer bastante avanzado... -¡no puede ser que coman sapos!
Y antes de que Cecil pudiera asentir, agrego:
-¡¡¡¡Pobres animalitos!!!!


19 mayo 2010

Un tablerito

En tren de recuperar, el 4 de mayo escribía esto, que dejé porque me pareció una huevada, además de que no sabía bien adónde iba. Pensaba en gentes que conozco, que se nos cruzan. Gentes que tienen algunas características comunes, y que se trata más de una cuestión de medios que de fines, digamos  de una forma de hacer las cosas, más allá del objetivo que se persiga . 
Pensaba en el poema de Borges de más abajo y lo poco que somos, puestos en contexto.


De las categorizaciones de las gentes que hacemos en la inrigurosa sociología de mercadito, toda una ciencia del canyengue, hay una categoría, la que denominamos jugadores de ajedrez, que conforman un grupo bien delimitado (nota: la rama de la sociología de mercadito que estudia las conductas sociales es la psicología social de mercadito, y este intento debiera encuadrarse en esa disciplina. Dado que la misma aún no ha sido debidamente desarrollada, será la propia sociología de mercadito la que se ocupe de comprender por ejemplo por qué catzo Tita mi vecina es tan jodidamente reaccionaria, si porque escucha a Longobardi o por la cultura machista, por clase social o por crianza, o por cuántas otras variables y sus combinaciones).
Jugador de ajedrez es una categoría que combina un carácter astuto, audaz y premeditado, con un escenario que él mismo intenta transformar a medida que los acontecimientos se desenvuelven.
Es un jugador de ajedrez quien sabe inclinar la cancha para que las cosas salgan a su favor, es aquél que intenta (no que siempre lo logre) caer de pie, o se sobrepone, o es capaz de esperar para lanzar la estocada. Es el que suele acomodarse mejor, el que sabe en qué momento de la fiesta hay que llegar, el que sabe controlar los silencios. Puede ser jodido o no, bien o malintencionado, auténtico o hipócrita, valiente o cobarde. Los hay de izquierdas y de derechas, en lo privado y en lo público, en lo cotidiano y en lo que lo trasciende. Según las combinaciones serán oscuros, astutos, esquivos, pícaros, inquietantes, odiosos, conspirativos, interesantes.


Todos ellos son enemigos no declarados (porque declararlo sería mostrar el juego y eso no es de buen jugador) de los espontáneos, los intempestivos, los irreverentes, los indiscretos, los desmedidos.
Los jugadores de ajedrez son premeditados, por eso corren con ventaja, por eso nos sorprenden, nos ganan, nos engañan o nos enamoran. Ellos saben lo que a veces olvidamos quienes no jugamos, que estamos en un tablero y que se vale adelantar las jugadas, dominar el escenario, prevenir, premeditar, saber cuándo es el mejor momento para estar, para parecer, para semejar o para desaparecer. Los que nos olvidamos sólo nos sorprendemos de vernos a veces piezas y otras veces no.


Ajedrez [Jorge Luis Borges]

I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?