cosas que antes no había visto:
a través de una persiana los pies de Rocío y a Clarita caminando entre ellos,
muchos años en pocos días,
ví pasar y quedarse amigos para dar una mano, para preguntar qué hace falta, para sugerir dónde habrá que poner una parrilla.
A Matilda, furtivamente, porque decidió vivir unos días en la clandestinidad,
al mundo real al lado mío, mientras transcurro en una especie de dimensión desconocida.
Libros, recetas de cocina, llaves de extrañas puertas de una casa que fue de otros lectores, otros cocineros y otros centinelas. Dos universos paralelos en antitética lucha por dominar(se) o persistir en el eclecticismo para siempre, como siempre. Infancias de otra, rastros de años de otrora, pequeñas almitas que persisten neciamente en los ambientes, hasta que pronto dejarán de sorprenderme, hasta que se integrarán al nuevo hábitat o morirán con la frente en alto deshaciéndose en el aire.
Cada cosa ví pasar estos días.
Signos de una época, de una edad. El hoy fugaz, sus antes y después. Estos días, estas gentes, aquellos mundos posibles.
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05 enero 2011
01 mayo 2009
Metamorfósises
La promesa de la mañana perfecta en los leves rayitos que se cuelan a través de la persiana de mi cuarto, en el silencio solapadamente interrumpido por trinos armoniosos y suaves ladridos lejanos, en la efímera alegría infinita de disfrutar de un día en casa, en el placentero recuerdo de alguna escena de anoche, pasada con amigos, disfrutada. La promesa confirmándose en un levantarse suave y pausado, sin ducha de apuro como cada mañana, despeinada, nueva, leve. En los sentidos puestos al servicio de sensaciones que se pierden otros días (en la maraña de agitaciones artificiales de despertadores, de salir a la calle pensando en monedas, del bondi al centro, del tránsito porteño, de los porteños, de la oficina, de las compus de cada uno, de cada uno. De los insoportables ruiditos nuevos que retumban fuerte en lugares cada vez más agobiantes -no quiero trabajar más).
En cambio, esta mañana, la paz. Disfrutar de sonidos, intentando decidir si me gusta más el del agua llenando el termo o el mate para que se hinche la yerba, y eligiendo definitivamente este último, más imperceptible pero tanto más intenso. El primer mate, su delicioso amargor. La notebook, el cuaderno, la luz del día, las plantas. La soledad. El libro complicado pero tentador en la alucinante cocina del departamento que alquilo en una arruga del culo de la ciudad de Buenos Aires.
Y de pronto acontece el desastre.
La música en ritmo de marcha irrumpe a todo volumen invadiendo impúdicamente mi escena. Imagino -casi veo- a mi vecina cincuentona, sobreexcedida de peso y siempre llamativa, con una vincha atrapando el recién teñido rojo de su cabello, calzas negras brillantes y una musculosa, transpirando interminablemente mientras realiza los ejercicios físicos que, seguramente y reiterándolos con disciplina -sumado a las cremas anti y pro age, a los baños aromáticos, a las múltiples y variadas intervenciones sobre un cuerpo que no lo termina de comprender- la podrán mantener un poco más tiempo en carrera.
Matilda es la primera en molestarse. Me mira con desprecio como si hubiera sido yo la causante del escándalo, mientras abandona con desagrado su plácido lugar en la ventana, al solcito.
El ritmo hace vibrar el vidrio de la puerta del patio. Intento abstraerme, retraerme, sustraerme.
Pongo Quebrado de Aznar que me trajo ayer Rober para mi cumple, otro mate, unas sequitas.
Cierro ventanas y puertas, renunciando al aire externo. Trato de estar tranquila, pienso de nuevo que debería practicar algún método de relajación, intento no escuchar y me repito -de nuevo, me repito- que no debo ser tan irritable, voy a mi cuarto, enciendo la tele, la apago odiándola como siempre. El nuevo tema que puso mi vecina, la gorda, refuta mi idea de que el tema anterior era la música más horrible que había escuchado en mi vida.
Mi sangre empieza a hervir.
Pienso en la inevitabilidad -porque la conozco, porque me conozco después de tanto tiempo de estar conmigo- de aquél mi privado monstruo verde que comienza a querer aparecer. Se mezcla Aznar con la marcha, odio a ambos. Lo siento Pedro, no es con vos, pero las combinaciones...
Nada más puedo hacer, nada más puedo pensar. Me acordé del post de Cando, y de que en ese momento me había parecido simpático, qué ilusa.
Siento que se me derrama el cerebro, desplazando sustancias químicas que -vayasabercómo- producen nuevas combinaciones en mis estados de ánimo que hacen que habiendo amanecido la persona más pacífica, feliz y plácida de este barrio pase a pensar en atentados, armas, violencia física y simbólica. Quiero asesinarla. A mi vecina, a su perro, a su hijo que nunca, NUNCA, va a aprender a tocar la batería. El in crescendo alcanza a la beba que no para de llorar, a una moto que pasa con el escape suelto y a la vieja de mierda que vive al lado que tiene siempre ese tonito en "la" menor que me enfurece, madre del imbécil que me mira como si yo fuera rara, pero mirate un poco, infeliz.
A la histérica separada que le grita al perrito ese chiquitito que tiene, ése que cada vez que lo veo me dan ganas de ver cuánto pudiera ser posible elevarlo de una patada bien puesta.
Al dedo de la mano del Testigo de Jehová apoyado en el timbre de mi departamento de manera insistente, mientras intenta decirme que me asome así me da el Atalaya sin compromiso de compra, ni solicitud de firmas ni afiliación. El niño que acompaña al Testigo dueño del dedo me mira aterrado al verme abrir la puerta con furia y decir que SOYATEAYMARXISTA método que descubrí espanta eficazmente estas especies, hoy todavía.
Y al cerrar de un golpe la puerta (¿quizás por un desingnio divino?) la música cesó. La gorda, la señora más bien, quizás se cansó de sus ejercicios. Y a lo mejor por eso también la niña dejó de llorar y el perro de ladrar, quién sabe. Y a lo mejor por eso, o porque ya se hizo el mediodía, la gente entró y no se la escuchó más.
Y entonces, interrumpido por un breve espacio de tiempo en donde odié a la humanidad toda y a cada objeto de este mundo, volvió a ser el día perfecto.
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