03 febrero 2012

Lo que el tuiter te saca

Amigos, ganas de leer cosas largas, ganas de escribir cosas largas, el horror a leer cosas mal escritas, el interés por la gente que parecía interesante, la ironía, la capacidad de argumentar, la emoción, la percepción, la humildad si la hubo, el interés por los blogs donde habitaban los amigos, las ganas de leer cosas largas, las ganas de escribir cosas largas y el horror.
Y sin embargo.

13 enero 2012

Si nosotros

O Meu Guri by Chico Buarque on Grooveshark

Seguro que se juntan ahí porque el andén es grande y hay más gente, o porque es un andén central y pueden ir y venir más fácil o porque esa estación tiene baños. Seguro que por eso ellos se juntan ahí.
Yo los voy conociendo de a poco, segundos sumados mañana tras mañana y tarde tras tarde, ida y vuelta, mañana y tarde, mañana ida, tarde vuelta y así, en ese cotidiano trasladarse de lugares como si algo de eso fuera propio de la condición humana, como si ir y volver fuera tan natural, como si fuera natural Buenos Aires y sus gentes o viajar por debajo de la tierra.
En esa estación, que es doble, el subte se detiene algún segundo más.
A ver quién se anima a definir qué es una familia en qué épocas, en cuáles circunstancias. Ellos: siete, ocho, nueve reunidos, zaparrastrosos algunos, más dignos otros, en el banco de la estación de subte. Conversan, se tocan, se chicanean, ríen y son hombres, mujeres, niños, púberes, adolescentes, embarazadas, viejas sin dientes, payasos reales, tránsfugas, atorrantes, pobres de toda pobreza.
A ver quién tiene el coraje de hablar de identidad entre parias, lúmpenes y marginados, quién hablando desde dónde puede decir ellos son qué.
Tiene no más de tres años y se acerca peligrosamente al borde del andén. De nada sirven las miradas horrorizadas y reprobatorias de las chicas, las que van a trabajar a sus oficinas o bancos o empresas de marketing, las que hacen ruido con las pulseras o se maquillan cuando van sentadas. Llega el tren a la estación y el nene sigue acercándose al borde, torpemente, y las mujeres se escandalizan con esa su madre que lo parió que no lo está vigilando en este mismo momento, que qué horror, que dónde mierda está por el amor de Dios.
Esto pasa muchas veces, muchos días, como si fuera una obrita ensayada por ellos para el horror. Funciona, y ellos parecen todos los días iguales a sí mismos, como si el tiempo no pasara y las mujeres niñas no se embarazaran y los viejos no murieran y los niños no murieran, o la gente no se quedara en la calle, sola, a veces.
Todos, los unos y otros que viajamos en el vagón del subte nos transformamos en uno cuando el tren se detiene en esa estación y somos ellos y somos nosotros, tan claramente distintos, nosotros tan parecidos entre nosotros remeras baratas o anillos de cierto valor, laburante obrero o de oficina. Nosotros tan distintos hace unos metros, unos segundos y tan parejos ahora frente a ellos, que son ellos.

14 diciembre 2011

De rencores, nostalgias y otros tangos

Que la vida pasa puede ser novedad sólo para niños, adolescentes, o adultos adolescentados eternamente. Que cuanto más pasa menos queda quizás sea la verdad de un momento reflexivo que muchos prefieren ignorar o negar, aunque negar la realidad no la cambie, pero también esa idea puede ser negada y qué carajo. Que nuestra idiosincrasia -la argenta- sea más bien melancólica es un hecho que basta mirar para entender, porque en Sudaquia la vida se sufre, los amores son tormentosos y la realidad es opresiva.
Pero igual puedo morirme mañana. Feliz.
Good show.

29 noviembre 2011

Cuestión contemporánea

Que haya maniquíes gordos podría verse como un notable progreso social.


Pero hasta que las maniquisas no vengan con una marcada celulitis, o las tetas caídas o los maniquises con los tobul chiquititos, la batalla no estará ganada.

22 noviembre 2011

Cuán antes

Todos nos morimos antes.
Flor de los treinta, nosotros de lo que querríamos o querrían quienes no quieren, sus hijos de tener la certeza de que estaban muertos (certeza que no se tiene, no se tiene), mi vieja de enseñarme algo, Seve de tenerlo en brazos, el negro de darse cuenta.
Quizás la vida sea sólo esperar a ver cuánto antes pasa.

09 noviembre 2011

Historia de estación

That Song Abouth The Midway by Joni Mitchell on Grooveshark 

Yo la había mirado antes de que se pusiera a llorar, por esas cosas que atraen de la gente, una mirada, un aspecto particular, su entorno, o tres personas que parecían venir a despedirla. Tras todos ellos (me pareció) pero sobre todo tras ella, casi aparecía dibujada la historia interesante, incluso antes de que se pusiera a llorar, no sé si por los ojos o qué. Ella sólo me miró más tarde cuando, sentada en el primer asiento de arriba del ómnibus de dos pisos, despedía a sus acompañantes, un hombre y una mujer de su misma edad y una chica que podía ser su hija, pensé. Quiero decir, lo que cuento no es una historia entre nosotras, aunque me hubiera gustado: sólo aparecí en su campo perceptivo cuando saludé sonriente, despidiéndome también de un amor, como su grupo de tres, despidiéndola a ella, en la estación de Retiro. Recién ahí me miró. No me sonrió a mí, sino al tipo que se quedaba abajo, y seguramente el destinatario de esa tristeza que se llevaba al viaje, me parecía. Lo miraba como si esperara salir de escena para explotar en un llanto y preguntarse por qué: no poder dejar todo allá y quedarse, no poder tener veinte años menos, no haber sabido hacer las cosas de modo de que hoy, ahora, desde arriba, no hubiera que llorar así, y, quién sabe, poder despedirse sonriendo como esta vez nosotros, meu amor y yo, sabiendo de nuestra próxima vez juntos.

La intuición (esto me lo contó él, su compañero de asiento y sentires durante las 15 horas de viaje) y no la convicción, la habían hecho apartarse veintisiete años atrás desde esa misma estación, saliendo hacia Santa Catarina con su flamante marido y del cual, unos meses más tarde, se embarazaría de Tomás. Y que no era él, mi vecino eventual de estación de Retiro ("rodoviaria", quizás diría ella después de tantos años de curtir la cultura brasileña), que despedía a la señora llorando sin importarle hipos, mocos, o ridículo: todavía somos jóvenes, vos querés tener hijos, esto no da para más, podemos probar otras gentes, otras realidades, otras vidas cotidianas, le dijo él, ese señor de barba lloroso a mi lado, veintisiete años antes. No había venido como hoy a despedirla, porque ella no se iba sola, porque no sabía si en todo caso le hubiera permitido irse, porque la amaba profundamente y pensaba que le estaba haciendo un favor. Cuántos errores vitales o cuántos aciertos podríamos reconsiderar si tuviéramos nuevamente la oportunidad, y sin embargo nos condenamos por naturaleza siempre a encrucijadas novedosas, inéditas, inescrutables. Un fragmento en un espacio de tiempo que nunca es igual a sí mismo, que nunca es, igual a sus ojos cruzándose con un amor intenso como quizás no lo fue, diciéndose te amo te amo te amo, como nunca amé a nadie, como nunca te amé a vos mismo, a vos misma hace veintisiete años.
Tomás y después Gabriela, hijos llenando momentos y distrayendo, y amores, idas y vueltas de la vida, trabajos, días. La vida misma para ella, o una serie de fragmentos incongruentes e inocuos para el cosmos.
Como fuera, el encuentro en Baires fue casual.
Se vieron desde lejos y los ojos achinados y sonrientes de él despertaron en ella la sonrisa. Repitieron sus nombres varias veces, primero en tono de pregunta, acercándose, y más tarde exclamándose, reconociéndose, añorándose. No se separaron hasta ahora, cuando quizás -de nuevo- se preguntaban cómo se hace, carajo, cómo se hace.

Todos tenemos nuestras novelas. A mí me gustan las que se cuentan solas.