Todos nos morimos antes.
Flor de los treinta, nosotros de lo que querríamos o querrían quienes no quieren, sus hijos de tener la certeza de que estaban muertos (certeza que no se tiene, no se tiene), mi vieja de enseñarme algo, Seve de tenerlo en brazos, el negro de darse cuenta.
Quizás la vida sea sólo esperar a ver cuánto antes pasa.
Signos de una época, de una edad. El hoy fugaz, sus antes y después. Estos días, estas gentes, aquellos mundos posibles.
22 noviembre 2011
09 noviembre 2011
Historia de estación
Yo la había mirado antes de que se pusiera a llorar, por esas cosas que atraen de la gente, una mirada, un aspecto particular, su entorno, o tres personas que parecían venir a despedirla. Tras todos ellos (me pareció) pero sobre todo tras ella, casi aparecía dibujada la historia interesante, incluso antes de que se pusiera a llorar, no sé si por los ojos o qué. Ella sólo me miró más tarde cuando, sentada en el primer asiento de arriba del ómnibus de dos pisos, despedía a sus acompañantes, un hombre y una mujer de su misma edad y una chica que podía ser su hija, pensé. Quiero decir, lo que cuento no es una historia entre nosotras, aunque me hubiera gustado: sólo aparecí en su campo perceptivo cuando saludé sonriente, despidiéndome también de un amor, como su grupo de tres, despidiéndola a ella, en la estación de Retiro. Recién ahí me miró. No me sonrió a mí, sino al tipo que se quedaba abajo, y seguramente el destinatario de esa tristeza que se llevaba al viaje, me parecía. Lo miraba como si esperara salir de escena para explotar en un llanto y preguntarse por qué: no poder dejar todo allá y quedarse, no poder tener veinte años menos, no haber sabido hacer las cosas de modo de que hoy, ahora, desde arriba, no hubiera que llorar así, y, quién sabe, poder despedirse sonriendo como esta vez nosotros, meu amor y yo, sabiendo de nuestra próxima vez juntos.
La intuición (esto me lo contó él, su compañero de asiento y sentires durante las 15 horas de viaje) y no la convicción, la habían hecho apartarse veintisiete años atrás desde esa misma estación, saliendo hacia Santa Catarina con su flamante marido y del cual, unos meses más tarde, se embarazaría de Tomás. Y que no era él, mi vecino eventual de estación de Retiro ("rodoviaria", quizás diría ella después de tantos años de curtir la cultura brasileña), que despedía a la señora llorando sin importarle hipos, mocos, o ridículo: todavía somos jóvenes, vos querés tener hijos, esto no da para más, podemos probar otras gentes, otras realidades, otras vidas cotidianas, le dijo él, ese señor de barba lloroso a mi lado, veintisiete años antes. No había venido como hoy a despedirla, porque ella no se iba sola, porque no sabía si en todo caso le hubiera permitido irse, porque la amaba profundamente y pensaba que le estaba haciendo un favor. Cuántos errores vitales o cuántos aciertos podríamos reconsiderar si tuviéramos nuevamente la oportunidad, y sin embargo nos condenamos por naturaleza siempre a encrucijadas novedosas, inéditas, inescrutables. Un fragmento en un espacio de tiempo que nunca es igual a sí mismo, que nunca es, igual a sus ojos cruzándose con un amor intenso como quizás no lo fue, diciéndose te amo te amo te amo, como nunca amé a nadie, como nunca te amé a vos mismo, a vos misma hace veintisiete años.
Tomás y después Gabriela, hijos llenando momentos y distrayendo, y amores, idas y vueltas de la vida, trabajos, días. La vida misma para ella, o una serie de fragmentos incongruentes e inocuos para el cosmos.
Como fuera, el encuentro en Baires fue casual.
Se vieron desde lejos y los ojos achinados y sonrientes de él despertaron en ella la sonrisa. Repitieron sus nombres varias veces, primero en tono de pregunta, acercándose, y más tarde exclamándose, reconociéndose, añorándose. No se separaron hasta ahora, cuando quizás -de nuevo- se preguntaban cómo se hace, carajo, cómo se hace.
Todos tenemos nuestras novelas. A mí me gustan las que se cuentan solas.
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Cosas que pasan
27 octubre 2011
22 octubre 2011
17 octubre 2011
Diatriba del asunto
Yo no sé si es justo decir que hay palabras jodidas, porque pobres ellas, qué culpa tienen del significado que les dan, o de la utilización que de ellas hacen o de su bastardización, ¿eh? ¿Qué culpa tienen ellas, en definitiva, de salir de las bocazas de quienes las profieren (de ser escupidas) o de emanar de los dedos de quienes las teclean (de derramarse en pantallas a veces impúdicas desde teclados indecentes)?
Quizás entonces habría que decir que las palabras son usadas jodidamente, pero eso sería penoso. Porque si sólo existen para ser utilizadas ¿cómo serían vanas, o desoídas, o malentendidas? ¿cómo sería posible ignorar o pasar por alto o evitar gritar? ¿Cómo tendrían ellas su propia autonomía y se desprenderían de nuestro estúpido balbuceo para lucirse con brillo propio libres de contexto? (palabras como improperio, o encrucijada, o digresión).
Entonces capaz que lo que hay son tipos de palabras jodidas, porque vienen jodidas en su intención, como el eufemismo, que intenta tapar, disfrazar, eludir, atenuar. El eufemismo presenta una versión berreta de la realidad, es su ocultamiento, su estúpido consuelo.
Y yo no sé la verdá si asunto es un eufemismo. Si lo fuera, debería ser una especie de eufemismo-comodín, un genérico como esos repuestos chinos que sirven pa cualquier cosa. Es una de esas palabras que habría que poner siempre entre comillas, porque se usan como con disimulo, tengo un "asunto" que tratar, ¿cómo te va del "asunto"?
Por otra parte, los asuntos del poder siempre parecen turbios, y tampoco suena muy simpático que haya una Comisión de Asuntos Legislativos, porque pareciera que quién sabe qué cosas se cocinan ahí de las que nosotros no tenemos ni la más puta idea.
El asunto también puede tratarse de meterse en los de uno, sea quien sea uno, y mejor vos metete en los tuyos, seas quien seas vos.
Y en una lógica inversamente proporcional, su intención se ve exasperada con el uso de su diminutivo: algo chiquito, inocuo, algo que tan poco vale la pena que ni siquiera amerita ser preguntado, tengo que atender un asuntito o tengo un asuntito con ella (aunque la cuestión de los diminutivos debería ser tratada globalmente, con preguntitas, problemitas, cuestioncitas).
Mejor hablamos de las cosas importantes.
El asunto es el siguiente:
Quizás entonces habría que decir que las palabras son usadas jodidamente, pero eso sería penoso. Porque si sólo existen para ser utilizadas ¿cómo serían vanas, o desoídas, o malentendidas? ¿cómo sería posible ignorar o pasar por alto o evitar gritar? ¿Cómo tendrían ellas su propia autonomía y se desprenderían de nuestro estúpido balbuceo para lucirse con brillo propio libres de contexto? (palabras como improperio, o encrucijada, o digresión).
Entonces capaz que lo que hay son tipos de palabras jodidas, porque vienen jodidas en su intención, como el eufemismo, que intenta tapar, disfrazar, eludir, atenuar. El eufemismo presenta una versión berreta de la realidad, es su ocultamiento, su estúpido consuelo.
Y yo no sé la verdá si asunto es un eufemismo. Si lo fuera, debería ser una especie de eufemismo-comodín, un genérico como esos repuestos chinos que sirven pa cualquier cosa. Es una de esas palabras que habría que poner siempre entre comillas, porque se usan como con disimulo, tengo un "asunto" que tratar, ¿cómo te va del "asunto"?
Por otra parte, los asuntos del poder siempre parecen turbios, y tampoco suena muy simpático que haya una Comisión de Asuntos Legislativos, porque pareciera que quién sabe qué cosas se cocinan ahí de las que nosotros no tenemos ni la más puta idea.
El asunto también puede tratarse de meterse en los de uno, sea quien sea uno, y mejor vos metete en los tuyos, seas quien seas vos.
Y en una lógica inversamente proporcional, su intención se ve exasperada con el uso de su diminutivo: algo chiquito, inocuo, algo que tan poco vale la pena que ni siquiera amerita ser preguntado, tengo que atender un asuntito o tengo un asuntito con ella (aunque la cuestión de los diminutivos debería ser tratada globalmente, con preguntitas, problemitas, cuestioncitas).
Mejor hablamos de las cosas importantes.
El asunto es el siguiente:
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Diatribas
10 octubre 2011
Una tristeza
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
[César Vallejo, los Heraldos Negros]
Por qué la tristeza no tendrá la propiedad física de la materia, que si se comparte es porque se divide, o se diluye, o se evapora, y entonces se atenuaría. Pero esta tristeza no, esta tristeza se hace más fuerte y se afirma aunque se comparta, a pesar de nuestras manos y nuestros abrazos la sensación te inunda y es tan intensa y qué importa en quién más, qué importa nada de las cosas cotidianas, qué comemos, cuánto tengo en la cuenta o me hinchó las pelotas tu actitud, qué importa cualquier cosa en este instante, este momento en que sé que te preguntás por qué la tristeza no dará tregua ni le servimos un poco, un rato, cada tanto.
A lo mejor no nos terminamos de volver locos porque ya estábamos locos, dijeron. Y debe ser cierto, aunque se hayan repetido una y otra vez qué hacemos ahora.
Estaremos sin palabras, mezclando lágrimas y gestos de incomprensión y compartiremos aunque atenúe poco, casi nada, esperaremos con ustedes a que el tiempo vaya sanando, vaya venciendo, como suele acostumbrar, a las tristezas más profundas.
Porque si no no sé.
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