04 agosto 2011

Un clásico

Pedernera y Bonifacio, Baires, esta mañana

18 julio 2011

Cosas que pasan en un viaje II

-Ochocientos diez pesos, -dijo ella. -Por si no te acordás, te dí ochocientos diez pesos.
-No tenemos que hablar de esto ahora. Pero no.
-Yo sí tengo que hablar de esto ahora. ¿Cómo que no? ¿Cuánto te dí?
-¿Si no qué? ¿Se acaba el mundo si no hablamos de esto ahora? Quinientos me diste. Quinientos diez.
-Sí. MI mundo se acaba si no hablamos de esto ahora. Está bien, ahora me estás robando.

Discutían así, dos cosas simultáneamente, como si tuvieran cierta práctica. La línea E del subte suele ser muy ruidosa, pero quedé frente a ellos cuando las puertas se cerraron. Era imposible no escuchar. O moverse.

Sus frases eran breves, de una ira contenida quizás por mi presencia involuntaria. Rondarían los cuarenta, pero ése y otros detalles los fui viendo después. Otros los fui inventando por diversión o gajes del oficio, por ejemplo que ellos no suelen tomar el subte a menudo, o que no viven juntos. Clasemediaporteñapropietaria. Ufff.

Antes de todo eso lo que sentí fue la voz de dos personas, hombre y mujer, que discutían en voz baja.

-Acordate, te di ochocientos diez del piloto que le regalamos a tu papá.
-No voy a discutir esto ahora. Y no fueron ochocientos diez.

No debe haber sido, o capaz que sí y yo estaba justo ahí, yo sentí como una cosa física. Quizás sea cierto lo de la vibra, lo de las ondas, sentí como si un impulso eléctrico los atravesara. O quizás los sentimientos cuando son muy profundos se hacen carne. Estas últimas frases las dijeron entre dientes, con una rabia intensa como pocas veces presencié.

-Entonces ¿sabés qué?, -dijo ella furiosa, y abrió su cartera. Tuve que apartarme un poco.
-Tomá, -le dijo, y le puso unos billetes en la mano, -ahí tenés entonces.

Tanta violencia en tan poco espacio, con tan poca libertad de movimiento, sin posibilidad alguna de gritar.

En La Plata se bajó bastante gente. Su ropa era fina, pude ver.


Él le tomó la mano, le apretó la muñeca.
-Guardate esto ya.
-No, si te lo debo, tomalo, -y le metió la mano con los billetes en el bolsillo del piloto. Lindo piloto, tenía.


Apartó la mano de ella con los billetes. Se había puesto feo en serio. A mí me hubiera gustado ver los billetes desparramándose alegremente frente a la mirada atónita de todos, pero no. Ella los tenía bien agarrados. Y en un gesto altanero soltó su mano, abrió su cartera, su billetera, colocó los billetes y cerró todo, de una manera tan brillantemente sincronizada que apenas terminó, las puertas se abrieron y ella salió, diciendo:
-No nos debemos nada.

La escena fue patética. Pero qué salida.

13 julio 2011

Impresiones secundarias

A la (ex) enana, que preguntaba 

Durante 13 años, entre mis 26 y mis 39, di clases en colegios secundarios. Alguna reminiscencia estoy empezando a tener, ahora que esta hija va abrazando inevitablemente la adolescencia, y me acordé (le contaba) de algunas mesas de examen que integré.
Solían ser de disciplinas afines, sociales, pero también podían tocarte otras.

Las que recuerdo como más divertidas siempre fueron las de francés, pero es irreproducible por acá. Yo siempre tenía que hacer malabarismos para no estallar en carcajadas cuando los pibes más vagos tenían que pronunciar "fgreeeeeeere" como ella, "poniendo la boquita así" y emitiendo sólo sonidos guturales.
De otras más fáciles de contar, recuerdo:

I
De Historia, 3º año (moderna y contemporánea)
Profesora: -Mencione una de las reformas de los Borbones
Alumna (piensa largo rato): -¡el ferrocarril Buenos Aires-Madrid!

II
De Química, 4º
Profesora: -Dígame la composición química de la madera
Alumna: -Esteeee.... bueno.... eeeee.... está la sustaaaancia....
Profesora: -¿Síiiii? Siga, siga
Alumna: -esteeee que tiene carboooono.... hidro esteeee nitro.... hidrógeno
Profesora: -Siiiii´? Qué más? ¿Cuál es la sustancia principal?
Alumna: -eeeee..... esteeeee
Profesora: -Ce- lu.....
Alumna: -¡¡¡¡¡Celulitis!!!!

III
De Geografía, 3º
Profesor: -Y dígame... ¿por qué la corriente oceánica del Golfo es cálida?
Alumno: -eeeeee.... esteeeee... eeeeee....
Profesor: Piense, piense
Alumno: -eeee.... esteeee....(piensa, cierra los ojos)
Profesor: -Vamos, razone.
Alumno: -¡¡Porque los peces nadan más rápido!!
Nos quedamos un segundo los tres profes pasmados, y el de geografía:
-Ah, claaaaaaro. ¡¡Por fricción, dice usted!!

10 julio 2011

Humanum est

Los sociólogos denserio y los de mercadito decimos que no hay nada natural en los seres humanos, o lo que es más o menos lo mismo, que todo lo humano es natural, porque es la propia naturaleza humana la que puede producir los más variados efectos, conductas, relaciones, realizaciones, contextos (escribo mientras compro tierra para mis plantas por mercadolibre. De la naturaleza a su mesa).

[de viaje con la mochila, de nuevo, en el Sur, cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados. Mandarse por caminitos, montaña arriba, en lugares casi vírgenes pegados a la Cordillera, y subir y subir y subir y subir, mientras escuchábamos cada vez más cerca la caída del agua. Y de pronto, la maravilla: la cascada sobre el lago turquesa, las piedras, las flores, el cielo de un azul intenso. Y cuando lo ví dije sin pensar (la especialidad del casa): "¡¡esto es tan lindo que parece artificial!!].

Las gentes somos de diversas maneras y nos relacionamos entre nosotros de diversas maneras, y eso podrá estar condicionado por el contexto y otras yerbas, pero no está predeterminado. El modo como encaramos las relaciones con los demás, podría (acá sólo hablo por los de mercadito) condicionar (darle forma) a la realidad social, e'cir, al mundo en el que vivimos cotidianamente. No es lo mismo (ni hay una determinación fijada para) establecer relaciones más democráticas y simétricas (en la familia, en el laburo) que relaciones autoritarias y jodidas, entre unas y otras todas las formas son posibles y nosotros y nuestras circunstancias somos los responsables de producirlas.

En todo caso, no hemos sido exitosos, los seres humanos, en esto de crear sociedades o colectivos muy democráticos, ni siquiera en establecer mejores relaciones entre nosotros ¿no? No lo hemos sido -no lo somos- los argentinos (no jodamos), no lo ha sido la izquierda (muchachos), las gentes de izquierda, nosotros (no jodamos, muchachos)...

Digo, no necesariamente tenés que llevarte para el orto con tu ex, maltratar a tu empleado o atosigar a tus hijos. No es algo que esté escrito en lado alguno que haya que ser celosos o que sea necesario castigar a tu hijo para que entienda. Ninguna corriente social nos lleva a ser machistas o histéricas, y no se trata de ninguna condición social ni cultural ni política ser un cretino o un manipulador. Habrá condicionamientos sociales, culturales, qué sé yo, hasta biológicos, pero en ningún lugar está escrito que haya que martirizar a nuestra pareja, ni se es muy hippie por tratar bien al prójimo, sea el prójimo que sea. 

Y sin embargo.
Y sin embargo, lo que es peor, entre gentes que dicen ser, pertenecer, empatizar, acercarse, coquetear, conocer o frecuentar cierto arco ideológico político cultural emotivo afectivo anal de las izquierdas.

¿A quién cargarle el fracaso? ¿A la caída del muro? ¿a la derrota de los setenta? ¿a la dictadura? ¿a los populismos? ¿a la condición humana? ¿al descenso de River?










¿Y hacernos cargo?

26 junio 2011

Vueltas

Hasta que un día, redepennnte, se da vuelta otra hoja.
Qué lo parió.

20 junio 2011

Historias de otros siglos

Primer tema de contexto: 





No sé si a toda nuestra generación, pero a nosotros, al flaco y a mí, no nos importaba nada. Vivíamos leves, felices, despreocupados, al día, disfrutando amigos, libertades y expectativas de las próximas horas y no mucho más allá. Improvisábamos, todo el tiempo: trabajos, relaciones, formas de ganarnos la vida, filosofías, vacaciones. Así "organizamos" ese viaje al Sur (y otros tan locos como ése). Juntamos cuatro cosas, pedimos prestadas otras y salimos en un tren hacia el camino, a esperar a ese auto que nos lleve por las....

"Veinte días", dijimos al partir y recién dos meses después, cuando no hubo más remedio, emprendimos la vuelta. Si existe el paraíso, debe ser como El Hoyo, en Epuyén.



Volviendo, de nuevo en la ruta. Poca agua, cansancio, mucha tierra y el peso de una mochila llena de cacharros,esta vez sin latas ni paquetes de arroz, sin un centavo, pensando sólo en una ducha caliente,  unas milanesas con papas fritas a caballo (posibles a través de la -siempre salvadora, siempre infalible- venta de las piezas de plomo y bronce que el flaco acumulaba de sus trabajos de plomería y gas) y una cama con colchón. El paraíso de nuevo, vaya inversión de las cosas.

La camioneta nos había dejado en el cruce de un camino donde sólo un cartel nos dio sombra hasta que se fue haciendo el mediodía y el sol nos atosigó de modo implacable. Estábamos en medio de la nada, a la salida de Piedra del Águila, en Neuquén. Horas parados en la ruta, sentados en la ruta, acostados en la ruta. Horas aburridos, sedientos, desesperados, tranquilos, ansiosos, melancólicos, leves, felices.

Segundo tema de contexto:




Cuando el atardecer comenzaba a caer y parecía que nos íbamos a quedar a vivir allí, el Scania -nuevísimo- paró varios metros más adelante. Demoramos unos segundos en confirmar que paraba por nosotros, que nos invitaba a subir, y corrimos: corrimos como pudimos, desbaratados, contentos, aliviados, hasta llegar a la puerta abierta de ese monstruo inmenso, imponente, con un hombre adentro que nos miraba con tono severo.

El Polaco -así se nos presentó- era un tipo de unos cuarenta años, alto, parco, con unos ojos de un claro impresionante, quizás más en contraste por su piel curtida en días, semanas de ruta. Nos presentamos brevemente, casi no nos miró y arrancó.
No era raro que los camioneros nos dijeran -y por eso no nos sorprendimos al escucharlo- "voy hasta acá nomás", hasta el pueblo más cercano, para tener la posibilidad de medir, evaluar si podríamos ser buenos compañeros de ruta los restantes 1200 km a no más de 80 km por hora, y en ocasiones a mucho menos. Ya habíamos andado la ruta bastante, ya sabíamos de algunos códigos que como todos en la vida tiene sus  instrumentos, sus preconceptos, sus sobreentendidos, sus normas no escritas.
Y agregó: -por lo menos allá pueden parar y tomar algo, ya es un pueblo.
Mucho no hubiéramos podido hacer nosotros, que estábamos como se dice "a la buena de Dios", viendo cómo llegábamos, así sea arrastrándonos, hasta el depto de Once que alquilaba Fernando. Si el Polaco iba a Baires, tenía que llevarnos. Pero cómo laburarlo, si parecía inexpugnable.
Durante eternos 15 minutos, después de la presentación, ninguno de los tres emitió sonido alguno.
Él sólo fijaba sus ojos en la ruta, achinándolos, parecían destilar brillo propio. No nos miraba, no nos hablaba, sólo conducía concentrado. Quizás tenía conciencia de su poder y lo disfrutaba, quizás no le importábamos mucho, o quizás, podía ser, nos estuviera midiendo en silencio.
Destruyó sin compasión nuestros dos intentos (los del flaco, en realidad, yo sólo persistía en mi mudez) de conversar sobre el clima  y el estado de las rutas, asintiendo levemente y sin dar pie para seguir, y comenzamos a sentirnos levemente decepcionados, desesperanzados, cuando vimos, yo creo que los tres al mismo tiempo, al costado de la ruta, una cuadrilla de policía controlando el tránsito.

-La yuta, -dijo casi por reflejo el flaco, y la cara del Polaco pareció contraerse. A ninguno nos gusta la policía, eso es parte del folclore. Pero el Polaco se puso exageradamente tenso, comenzó a sudar, y fue tan notoria su incomodidad que me asusté. Recuerdo haber pensado algo así como: "cagamos, ahora resulta que éste viene trayendo merca o contrabando y quedamos pegados como dos boludos". Estaba segura de que el flaco, que lo miraba consternado, pensaba lo mismo.
Tan violenta fue la situación que hizo casi inevitable la pregunta de mi compañero: -Polaco, ¿está todo bien? -mientras el camión se acercaba cada vez más hasta que estuvimos seguros de que no iban a pararnos, se mantuvo serio, casi pálido.

-Sí, sí, está todo bien, -dijo, mientras los dejábamos atrás, y suspiró aliviado. -Pensé que el cobani nos iba a parar.

El silencio a continuación pareció todavía más largo y yo demoré en entender por qué. No terminaba de saber qué le pasaba al flaco, ni había escuchado nunca -aunque podía deducir su significado- la palabra cobani.
Aguantó dos, tres minutos, pero yo conocía a Fernando, no se iba a quedar callado.
-¿Cobani? -preguntó. Y la pregunta sonó rara, porque ya hacía unos minutos que habían resonado las palabras del Polaco. Siguió otro silencio, y el Polaco por primera vez desvió su mirada de la ruta, giró su cabeza hacia el flaco y escuchó serio, como si supiera lo que venía, su siguiente frase:
-Eso es léxico tumbero, che.
El último gesto que pensé presenciar fue la sonrisa canchera pero cómplice del Polaco, como si recién se percatara de nuestra presencia, o al menos, como si recién pudiera pensar en disfrutarla.
-¿Y vos cómo sabés?, retrucó, acentuando el "vos" y achinando todavía más los ojos.

Yo hablo como testigo y cuento esto muchos años después. Quizás algunos detalles se me borren de la mente, quizás recomponga hoy algunos gestos del Polaco a mi gusto, quizás complete con exclamaciones de Fernando que probablemente no haya hecho, pero esas sutilezas no alterarán los hechos.

Sé que fue poco tiempo. Un minuto, dos. O unos segundos, o la diferencia entre el día y la noche. La eterna variación de los tiempos, la eterna variación de sus instrumentos de medición. Ese espacio antes del convencimiento de que el otro podía ser un depositario natural de nuestra confianza, aunque haya sido segundos antes (y lo será probablemente después de todo esto) un perfecto desconocido.

-Estuve chupado, -dijo. Y agregó, unos segundos después:
-Los milicos.

Y se quedó mirándolo. Los dos nos quedamos mirándolo. El Polaco parpadeó, abrió apenas los ojos, serio, y dijo a su vez:

-Yo estuve sopre. Maté a un botón.

El viaje de días de regreso a Buenos Aires lo recuerdo como uno de los más extraordinarios que hice en mi vida, con un Polaco cambiado, entusiasmado, serio y generoso, contándonos los pormenores de una historia policial increíble invitándonos a comer a nosotros, famélicos como estábamos, en los mejores paradores de la ruta, y tomándonos todo el tiempo del mundo para volver. Dormimos en hoteles, en la ruta, en la carpa, programamos otros viajes, achacos, negocios de transporte. Fuimos amigos entrañables durante un tiempo mínimo.

Será para contar en otro momento esa increíble histora que nos contó, la de cómo mató sin querer a un policía que resultó ser el marido de una mujer con la que él, ignorante, salía. De cómo el tipo se le acercó furioso en la calle, después de seguirlos, cegado de celos y con su arma reglamentaria en la mano gritándole: -Te voy a matar, hijo de puta, -y de cómo el Polaco, un tipo tranquilo, hasta ese momento chofer de larga distancia de ómnibus, asustadísimo, adelantándose inevitablemente a su furia y golpeándolo con un gancho desde abajo, lo hizo caer y golpear la cabeza, fatalmente, contra el cordón de la vereda.

Será para contar, también, la de los años de su juventud pasados en la cárcel, homicidio culposo pero homicidio al fin e imperdonable homicidio por ser un servidor de la seguridad pública por más que haya sido un loco machista hijo de puta y golpeador. También lo aprendido y conocido durante todos esos años, sus nuevos proyectos, tan distintos a aquellos que pensara antes de que todo se diera vuelta en su vida. Su historia increíble de cómo fue el perfecto chofer del achaco a un banco, persuadido por sus nuevos amigos de la cárcel, y de cómo con el botín, bastante tiempo después, se compró el camión con el que, lo más libre posible, llevaba y traía distintas mercaderías a lo largo y ancho del país. Alguien diestro con la pluma podría escribir una novela, de haber conocido al Polaco y a su historia.

Será quizás para nunca contar la historia de cómo me confesó su amor unos días más tarde, antes de volver a la ruta, avergonzado y valiente, hermoso, diciéndome cómo desde la primera vez que me vio (a mí, que en todo ese viaje sólo había sido una simple espectadora), le había movido el piso, el cuerpo y el alma y de cómo me dijo, triste, que ese era el motivo por el que nunca más nos íbamos a ver.
Por el que nunca más nos vimos.