19 marzo 2010

Tontas e inocuas revanchas

Me encanta cuando los dos perrazos se presienten, se olfatean, se escuchan y se buscan hasta trenzarse en una lucha encarnizada. No que se peleen -de hecho la mayor parte de las veces no se pelean- aunque de todos modos allá ellos si quieren hacerlo, dejemos fluir a la naturaleza. Lo que me encanta es que en esta pacifícima placita frente a la cual habito, en una arruga del culo de la ciudad de Buenos Aires, cuando dos perrazos se presienten, se olfatean, se escuchan y se buscan, sus amos, sus dueños, se desesperan, se ponen a gritarles, a ordenarles frenéticamente que se queden quietos y se asustan.
Me encanta la cara de estos boludos tratando de frenar a sus inmensos perros, ya ladrantes, con órdenes tan firmes, cortas y tan en alemán que cualquier reminiscencia del Tercer Reich sería hasta obvia.
-¡¡Ramsés!! ¡¡¡sit!!!!
-¡¡¡Guau!!!
Me mata que los perros ni se enteren.
Adoro, por sobre todo, que si van a interrumpir mi tranquila tarde, que si van a interrumpirme unos pensamientos mansos, divertidos, trémulos o intensos, esos señores tengan su merecido y se asusten se enojen se avergüencen e inventen explicaciones para salir del mal rato.
Me encanta que los perros los miren como quien ve llover y tironeen de su correa, ahora hacia el lado opuesto, gruñiendo, babeando, arrastrando a sus avergonzados dueños y dejándome de nuevo en esta paz.

12 marzo 2010

Gambetas

Raras épocas para los que nacimos en los sesentas, estas épocas. Y en estos lares, como si fuera poco. 
Quizás porque tuvimos la posibilidad de vivir otras realidades bastante diferentes, quizás porque nos fueron dados a conocer mundos posibles que hoy son, sencillamente, impensables.
Pero que lo fueron muy rápidamente, como si nos hubieran hecho una gambeta para gritarnos burlonamente "ooooole" más tarde.
Distinto -no digo que más fácil- es haber nacido con el muro ya caído, con el SIDA existiendo, derrotada la utopía, decretado el fin de la historia. O con una -mala- democracia garantizada.
Nuestra generación bien podría ser recordada como la generación de los amagues, te la muestro, te la doy... te la saco y te jodiste (algo habremos hecho): crecimos con la dictadura y maduramos con la certeza de su final inminente, sin haber hecho nada por merecer ni la una ni el otro. Los vimos pasar, aberramos de ellos, los gozamos, y creímos que con la democracia se comía, se curaba y se educaba. Óle.
En los primeros ochenta, cuando la política formaba parte de la vida cotidiana, ganar la calle fue la respuesta inmediata, espontánea, frente a tantas calles vacías durante años (recuerdo que en el 83 si te ponías a cantar "se va a acabar" con cinco amigos al ratito había que cortar la calle por la cantidad de gente que se sumaba). La calle, la universidad, el barrio, todo estaba cargado de política. Democracia era una palabra muy significativa, tenía un sentido compartido por muchos, quizás como "mérito" propio de la dictadura, como si aquél notemetás de la dictadura hubiera tenido su antítesis en un fugaz metámonos que duró hasta que nos comimos el sapito color verde oliva de nuevo. Óle.
(Ay, Alfonso).
Nos alcanzó el tiempo un poquito para ver de qué se trataba: la participación popular, el juzgamiento de los milicos, parecía venirse una era. Y quizás sí se haya venido, qué se yo.
Los futuros historiadores oficiales vernáculos tomarán seguramente los años ochenta como un hito, el antes y el después que marcaría rotundamente el fin de siglo en estas coordenadas (similar a la significación que tuvo a nivel internacional la caída del muro pero localito, vio, pobretón). El invento -buen invento- del siglo corto de Hobsbawm podría traducirse así en su versión tercermundista y sociomercaditológica: Si tomamos en cuenta la vida institucional del país,  podemos decir que en la Argentina el siglo XX corto va desde los años treinta, cuando el primer golpe de Estado a un gobierno constitucional -y donde los milicos se dieron cuenta cuán fácil era hacerse con el poder- hasta 1985, en que los procesos políticos en toda la región comienzan, si no consolidarse, a establecerse, ocluyendo -al menos en principio- la posibilidad de nuevos golpes de Estado.
Un siglo cortititito, bah. Pero bueno, puede ser una mirada. De última, si por algo estará marcada mi generación, es por el hito de la vuelta a la democracia (La revista Humo(r) de los ochenta definía dictadura como un período de gobierno ocasionalmente interrumpido por elecciones, así estábamos).
Ahora sí, esta democracia parecía poner fin al siglo infame (ma qué década).
El Juicio a las Juntas fue otro hito en ese camino. Los máximos responsables iban a ser juzgados.
Me emociona, siempre y mucho -y la ví tantas veces- la escena de la lectura del alegato, del ahora tan borracho Strassera : "Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad..." 
El aplauso que crecía desde tímido hasta emocionado. El desborde incontrolado, los abrazos, las lágrimas.  Ver las caras impertérritas de los victimarios mientras la gente les gritaba, sus miradas pretendidamente amenazadoras pero inevitablamente humilladas. 
Cómo no comerse el amague.
Por las mismas épocas, para colmo, nos comimos la gambeta con el sexo libre, también, hasta que alguien empezó a murmurar cierta cosa acerca de una rara enfermedad, o sea que ya no fue el único problema acordarse de "la pastillita del martes" sino que se ponía pesadito... sobrevinieron desconfianza y miedo, enemigos declaradísimos del goce.
Hay acontecimientos sociales, políticos, económicos. Hay cuestiones culturales, personales, hay más allás cósmicos y magias, hay incidencias y coincidencias. Las cosas son lo que son porque se conjugan de determinada manera en determinado momento. Y a nuestra generación le tocó la de haber saboreado una posibilidad.
Tan poco, parece, y es tanto...

03 marzo 2010

Por suerte ya pasó (post-editado)

Porque casi casi que iban a decir que en este país también hay violencia de género, encima: ¿no será mucho?
Por una bestia que quema a la jermu, van a decir que es una sociedad machista y blablabla. Ése, y Monzón ponele, que pobrecito al final la terminó pagando.
Porque si vas a otros países ahí sí hay violencia contra las mujeres, por algo está lleno de carteles pegados en las calles y hay marchas en contra de la violencia contra las mujeres, pero por un caso o dos que pasan acá no vamos a estar gastando dinero público en campañas.



"Romanticismo" (Santa Rosa, Argentina)
Porque si vamos al caso tampoco nos pueden decir que seamos racistas, che. Con esos negros tan lindos que hay por la avenida Corrientes, ahora cada vez hay más.... debe ser que se pasan la voz, viste, uno le escribe una carta y le dice, "venite que en Baires se pasa bien, acá nos adoran porque vendemos bijou"


Y tampoco se puede decir seriamente que haya xenofobia, viejo, si los cantitos en la cancha son re simpáticos, só bolita só paragua  lavate el culo con aguarrás, no puede tener nada de malo eso, es chistoso nomás, tampoco hay que exagerar.

[-Disculpame ¿cómo dijiste? pregunté consternada, dos veces a la mujer, docente de primaria de escuela pública bonaerense ella, que hacía un curso de capacitación. "Bolitas, dije. Pero cariñosamente"]

Y tampoco vamos a andar midiendo las cosas según lo que se canta en la cancha, che. Porque en eso sí que somos democráticos. Si no só bolita, só paragua, o sos puto, o sos judío.

No jodamos, si somos bárbaros los argentinos. Somos bárbaros.

Clarín, 24 de enero de 1980 (del blog de la Comisión por la Memoria del Chaco)

02 marzo 2010

Las noches y los días

La noche se hará día, esas cuestiones del ciclo natural.
Entonces
Mi vecino adolescente se da cuenta -o le alguien le dice, y yo agradeceré de ser así a quien lo haga- que nunca, nunca, jamás de los jamases, podrá tocar bien la batería, porque carece de un sentido que no siempre, pero sí en este caso, es esencial para sobrevivir: el del ritmo. De día, para seguir en tema, la hermosa placita de enfrente de casa suspira alegre y silente cuando los ensayos de las murgas -por fin- terminan, y yo no tengo que volver a defenderme ante H. porque me gusta más la murga uruguaya, aunque a la de acá, claro, le reconozco el esfuerzo.  
De día también, y no de noche, sé lo que hay que hacer. Buendiaunoveinticinco, seguir con el libro, bajar antes del bondi porque Corrientes de nuevo, buen día, buen día y a esto ya te pedí que le pusieras fecha y la reunión la hacemos un poco más tarde, no hay problema, no? 
También ocurre de día el punto justo del agua para el mate, comprar jabón en polvo, pensar en la semana.
Que si tengo trabajo, plata, pareja, hijos, proyectos, publicaciones, esas menudencias aparecen de día.
Cuando llego a casa sola o acompañada de día, mis vecinos me saludan con una amplia sonrisa.
(Matilda y Clarita no tienen preferencias).
De día se disipan las dudas de la noche, que vuelve, la muy puta
Entonces
Que adónde va mi vida, que esta edad rara, que si habrá vuelta atrás de alguna cosa. El ruido del cartonero revolviendo la basura acontece de noche. Los gatos que cogen a unos metros de mi ventana, las cosas vitales acontecen de noche.
Cuando despuntó el vicio, sin dudas, tuvo que ser de noche y de noche es más fácil desaparecer o ser desaparecido. 
Y de noche no importa si es que tengo trabajo, si la ropa está arriba o cuán corta es la vida porque de noche, extrañamente, sabemos que es mentira lo que pasa de día. O mejor, de noche sorprendemos nuestras hipocresías.
De noche 
Cuando llego a casa sola o acompañada, mis vecinos saludan con amplia suspicacia.
Quizás, confundida entre la oscuridad y el silencio se agazape cómoda la conciencia de género de la noche, esa loba devoradora de certezas, y sólo importe que estamos sin destinos, no nuestros muertos recientes y nuestros futuros muertos, sino esas incertezas: los miedos, los deseos, sabernos vulnerables.
La puta de la noche.












07 febrero 2010

Cortitos del Ecuador

Daría como una especia de vergüenza andar teniendo que preguntar todo, si ellos no respondieran con esa sonrisa amable y esa naturalidad: que Correa lleva tres años justito, que le había ganado a Noboa que es el dueño de las 40 empresas más importantes del Ecuador, que el Cotopaxi es el que tiene nieve, aunque ahora menos y que vale la pena acercarse, que no existen los volcanes inactivos sino que a veces son perezosos, que coexisten 14 nacionalidades indígenas, como 20 pueblos quichuas y poblaciones afroecuatorianas.

(el Cotopaxi)
Otras cosas se ven sin necesidad de preguntar mucho. Que los otavalos se dedican a los textiles y que los sábados todo el pueblo es una fiesta increíble de colores y música y que cuando les "pichincheás", como dicen los brasucas te sonríen y te preguntan: "¿usted cuánto ofrece?"


(la feria de Otavalo)
Que en medio de la ciudad de Cuenca, de cerca de 350 mil habitantes, pase un río claro, transparente, que es así porque es respetado como toda la pachamama.
Que hay gente en la calle, trabajo informal o semi informal, pobreza. Que hay más indios que blancos ocupando esos lugares.
(kiosco en la calle, en Quito)
Algunas otras se intuyen. Como acá pero más, que la derecha se irrite tanto, se enfurezca, mienta con desenfado, pareciera ser una señal de que Correa no es solamente -como ellos sostienen- un charlatán, sino que en algún lugar deben sentirse amenazados. Cada sábado, Correa va a distintos pueblos del Ecuador, y ofrece su informe semanal durante dos horas (al mejor estilo Correa, chicanenando, bromeando, lo cual irrita todavía más) contando cada reunión y acto de gobierno. Cada ministerio y dependencia pública tiene la obligación de informar sobre sus actos también. La derecha ladra, Sancho, que habla demasiado y que favorece la burocracia estatal. Los burócratas, por su parte, lo odian porque los puso a trabajar. Se intuye que tiene apoyo popular aunque los medios intenten reflejar lo contrario, se veía el día del "Comicio" en Ambato, cuando sólo bastaba mirar alrededor, y bastaba leer los diarios al otro día. 
 (Correa en el acto, tenía que poner esa foto)
Que tiene carisma, se ve en la foto. 
Se intuye también que no es fácil, que hay cuestionamientos, que hay errores. Que hay críticas destructivas por izquierda o por derecha, pero también de las otras, que cuestionan sin dejar de apoyar y apuestan al cambio.
Se intuye que son tan longevos porque tienen un clima espectacular, las mejores frutas, una humildad que es parte de su cultura, un paraíso diversísimo en un espacio tan chiquito. Nunca ví tanta gente tan anciana y tan bien como ví en Ecuador (sí, sí, no soy muy viajada, pero de todo lo que ví....).

(mercado público, Cuenca)
Se intuye también, que hay hoy un contexto internacional distinto, otras identidades en juego, que los movimientos sociales que antes no tenían voz ni participación alguna en la política hoy debaten, discuten la política, disputan su representatividad, imprimen un sello distinto a un juego político que siempre había estado en manos de las oligarquías más recalcitrantes (y siendo así entonces bienvenidos los errores si traen posibilidades enmendatorias).
Cuánto.

02 febrero 2010

Poner en contexto

A veces me despierto en modo “autoayuda” o “Bucay”,  o ese estilo. Se me ocurre pensar que suspendemos lo importante por lo urgente, y que lo urgente suele ser sólo urgente y raramente importante. Que desperdiciamos preciados minutos en pensar en el aumento del 8% de las prepagas, y nos enojamos horriblemente (yo me enojo horriblemente) porque pasaron 15 minutos y el puto 124 todavía no llega o que el calor agobiante seguirá y entonces otro asado el sábado como el del viernes pasado mejor no, y qué hago con la nerca que le encargué a Carlitos.
El paso de pensar qué cosa es una boludez y qué cosa no lo es, cuando se presenta, no es tan directo, porque una por ejemplo tiende desde a pensar que se merece tener un Split si labura 10 horas por día, para llegar a casa y por lo menos dormir fresquita, hasta hacer todo lo posible porque los hijos crezcan sanos, fuertes, inteligentes y solidarios.
Pero puesto en contexto, si nos ponemos a pensar, todo es una reverenda pelotudez. No porque no me merezca un Split (si Dios se ocupara de esas menudencias, sabría que me lo merezco -cuestión que de todos modos de nada me serviría), mucho menos porque mi niña no deba crecer bien, sino porque estamos educados, habituados, inmersos, diría empantanados, en una perspectiva individual y egoísta, donde nos creemos que antes que nada somos nosotros, nuestro laburo, nuestra familia, nuestros amigos y todo lo que tiene que ver con nosotros.
Si ese nosotros no fuera tan impúdicamente restringido, podríamos pensar en sociedades mejores. El problema es que ese nosotros es tan chiquito (no solamente para la aborrecible clase media de la cual reniego –como reniego tantas veces de ser argentina y poco puedo hacer por modificarlo- sino para por lo menos nuestra cultura “accidental y cretina” como le gustaba decir a Augusto Conte –no el sociólogo positivista sino un dirigente de la ¿desaparecida también ella? Democracia Cristiana en los ochenta, quien tanto hizo por la lucha de los organismos de derechos humanos en la Argentina) que ni sirve para un nosotros. El afichito del “tú y yo” con el ocaso de fondo, dejémoslo para los tontos y los enamorados. Tú y yo estaremos poco tiempo en esta puta tierra, y poco habremos hecho para mejorar la vida de los otros. Eso sí, capaz que ahorrando me compro el Split.
Si ese nosotros no fuera tan impúdicamente restringido, y si fuéramos –es lo que pienso cuando me despierto en ese modo “autoayuda”, que por algo se llamará autoayuda y estará de moda, y no la “ayuda al prójimo” o el “servicio a la comunidad” cuyo monopolio, como el de la violencia legítima, lo tiene la yuta yuta yuta- un poquito más humildes, pensaríamos que  los “trapitos” (término violentamente despectivo) no la pasan nada bien y es un horror que encima haya que castigarlos porque son feos, sucios y malos. Y no consentir que se nos diga con total impunidad que hay que ver si realmente lo hacen para susbistir (claro, algunos seguro lo hacen por hobbie, ¿no? O para joderles la vida a la burguesía, de pura conciencia social que tienen, o porque es el último grito de la moda) O nos pondríamos en el lugar del tipo que "nos estorba la puerta de entrada a la oficina" porque –impertinente él- quiere vender sus chucherías y no escucharíamos en silencio decir "qué molesto este tipo" a gente de moral respetable para la mayoría.
Pensaríamos que las cosas como están así no están nada bien. Por lo menos eso pensaríamos, si cada tanto lográramos poner en contexto y no fuera una mañana, o un atisbo de entender la realidad, o de caridad cristiana, sino un ver las cosas con ojos de humano, ir en contra de lo que se dice, no callarse, no admitir que haya gente "autorizada" para decir cualquier barbaridad en contra de cualquiera, porque "primero estoy yo, y mi familia y mis amigos". Bah.