-El marido de Cecilia, Edgardo, te habla. Ya me había sobresaltado el ruido del teléfono, y ahora esa voz, una frase de alguien que dice "marido". Tardé eternos segundos en colocar cada fragmento de pasado en mi memoria, Marido, Edgardo, Cecilia, esa voz, encajar esas cosas juntas diez años atrás, o quince (¿quince?) un laburo compartido, bien compartido y divertido, Cecilia, no éramos muy amigos pero por esas épocas solíamos juntarnos más. Amistades de laburo, toda una categoría efímera de amistad. Nunca había vuelto a verlos. Además, Ellos Vivían En Provincia.
-¿Cómo anda la familia? lanzó.
No me dio tiempo a pensar (¡¡¿¿cómo anda la familia??!!). Sobre el eco de mi inevitable "bien gracias" arremetió con una extraña verborragia donde cada tanto podía distinguir la palabra "Dios", que nos bendecía y eso era lo más importante a lo que yo -que no terminaba de reaccionar- sólo decía qué bueno, qué lindo intercalando con múltiples mirá vos, con la voz como si me hubiera clavado una pastilla de Roiphnol.
-Mirá, te estoy llamando porque Ceci está por cumplir cuarenta años.
Tengo que pensar algo coherente, esto es igualito que cuando me llama mi prima la pánfila. Debo setearme en modo persona normal, rápido, rápido.
-Ay, ¿cuarenta? ¡qué chiquita!- (¿pero qué me tomé? ¿cómo puedo ser tan idiota?)
-Sí, sí, bueno, ella no sabe nada...
-Ah, ¿en serio? ¿No sabe que cumple cuarenta?
(Ay, si alguien vio mis neuronas, por favor...)
-No, jajaja, lo que no sabe es que entre las amigas le están preparando una fiesta sorpresa.
Fiesta sorpresa. Para gente como yo que aborrece tanto las fiestas como las sorpresas (una amarga, sí), una fiesta sorpresa puede serme tan grata como el sonido del despertador un lunes a la mañana, o un dolor de oídos, no sé, algo feo. Pero ésta, además -no terminaba de comprender cómo- incluía a Dios. Y a cincuenta (sí, habló de cincuenta) personas que yo no conocía, entre los que iba a haber muchos niños de todos los colores y tonalidades de chillidos. Una fiesta, qué lindo.
-A mediodía la pensamos hacer, ojalá que haya sol, porque después a la tarde va a ir cayendo la familia, que son un montón también, igual mirá que es continuado, eh? la gente se va a la hora que se quiere ir, nosotros gracias a Dios, y eso es importantísimo, tenemos las puertas abiertas, completaba el Egar y cada frase me alejaba inexorablemente de la posibilidad de ir.
Durante eternos minutos me habló de su familia y de Dios y yo intentaba explicarle que no iba a poder ir ese día justo al mediodía de ese día a esa hora justo en ese lugar, resulta que los sábados no puedo porque la enana, porque justo tenía que estar justo a esa hora y no creo que y vos llamame cuando llegues a la estación de Adrogué.Anotá mi teléfono.
-¿Adrogué?
Repetí sin anotar cada número que él decía y erré por un dígito -sólo uno- a la hora de darle el mío.
Probablemente no vuelva a verlos y está bien que así sea. Dios sabe que está bien.

